ANNE #4
Me llevo a Charley a la orilla, con Mamie apoyada en la cadera, y buscamos plumas para hacer una bandera.
Cuando regresamos, los demás están hablando de América.
De lo mucho que admiran allí los libros de Charles, y de que hay interés por que haga una gira.
La señora Dickens parece quedarse callada cuando se saca el t ema.
América, pienso. Menuda idea. Cruzar el mar hacia Dios sabe dónde, poniendo en peligro la vida y la integridad física. Menuda aventura.
El señor Dickens agarra un palo y lo tira para un perro que sale disparado tras él, lanzando arena por los aires. Y luego me mira.
—¿A ti te gustaría viajar por el mundo, Anne? —me pregunta tranquilamente—. ¿O eres más de quedarte en casa, como mi Kate?
La señora Dickens parece dolida durante un segundo. No se me ocurre qué responder a la pregunta, salvo que nunca he tenido el lujo de planteármelo siquiera. Que es algo que me queda tan lejos como el rey de España, y que permitirme pensar en esos asuntos no puede traer nada bueno.
—¿Y a dónde iba a viajar? —digo, pero al momento me arrepiento, ya que al señor Dickens se le ilumina la cara ante la pregunta.
—¡Eso! ¿A dónde te gustaría viajar? Si tuvieras el mundo entero a tu disposición y fueras libre de ir a donde quisieras.
Todos me miran, entretenidos. Me entra el pánico y me suda la nuca. La verdad es que no me sé el nombre de ningún sitio. Siento como si estuviera ante un acantilado y fuera a caerme en el enorme agujero de mi propia ignorancia.
Así que tan solo digo:
—He oído que el mundo es casi todo igual, vayas a donde vayas.
Me sale más brusco de lo que pretendía. Charles estalla en carcajadas.
—No hay nadie como Anne —le dice al grupo— para bajarle los humos al mundo.
Agarra otro palo, aún riéndose, y lo lanza con fuerza.
No hay nadie como Anne, dice, como si fuera su igual.
Formo parte de ello, pienso. De la pantomima.
Estoy con ellos en el escenario, interpretando mi papel.
Atrapando a Charley cuando intenta escaparse y riéndome mientras le da patadas a la arena con las piernecitas blancas.
Si estuviera ahora en lo alto del acantilado y mirara hacia abajo, me vería a mí misma en la escena.
Charley se me sube a la espalda y me alejo hacia las rocas a cuatro patas, relinchando como un caballo, y en ese momento estoy segura de que veo un rostro entre las rocas.
Se rumorea que siguen viniendo contrabandistas a la bahía.
A veces me los imagino arrastrando barriles por la arena húmeda por la noche.
Trato de ignorar ese pensamiento. Esta vida tan cómoda me está volviendo asustadiza.
Pero, cuando miro de nuevo, estoy convencida de que hay una cara.
Una cara pálida, acechando tras las rocas.
Miro más de cerca y entorno los ojos para ver mejor.
Y entonces me doy cuenta de que es Jem. Observándonos.
Me invade el terror. Desesperada por ahuyentarlo, pienso en cómo puedo indicarle que se vaya y vuelva a casa sin llamar la atención.
No puedo permitir que esté aquí, no puedo dejar que le vean la cara y la ropa, mugrientas por la falta de atención, por todas las horas que he tenido que dejarlo solo en la cocina inmunda de mi tía.
No puedo permitir que vean su mirada atormentada, o peor aún, que se vuelva loco, como le pasa a veces cuando regreso a casa del trabajo, cuando me muerde y me da patadas y grita las palabras soeces que solía decir nuestro padre antes de calmarse de nuevo.
Me quedaría sin trabajo al instante. Lo estoy haciendo por Jem, me digo entonces. Por los dos.
—Arre, caballito —dice Charley, dándome golpecitos en el hombro con el puño.
Me giro hacia el mar, dando la vuelta a cuatro patas, tratando de no mirar hacia las rocas ni pensar en Jem merodeando por allí.
—¡Arre, arre, arre!
—¡Snodge, paciencia! —grita el señor Dickens desde lejos.
—Más rápido, caballito, por favor —chilla Charley, y yo relincho una y otra vez mientras me raspo las rodillas con la arena a través de las finas medias de lana. No me atrevo a girarme, no me atrevo a mirar atrás, por si el señor Charles, tan perspicaz como siempre, sigue la dirección de mi mirada.
Cuando reúno el valor necesario para volver a mirar, Jem ya se ha ido.
Animada por el alivio, me bajo a Charley de la espalda y lo dejo tumbado sobre la arena caliente.
Y luego le hago cosquillas hasta que sus aullidos de gozo se alzan, estridentes, y dispersan mis preocupaciones y mi enfermizo sentimiento de culpa por la brisa salada del mar.
Me agarro bien el chal mientras camino con cuidado por el sendero resbaladizo y arenoso, salpicado de las hierbas y flores silvestres que tanto me han empezado a gustar.
El señor Dickens y su hermano han organizado un baile en el embarcadero inclinado que se adentra en el agua.
Han permitido que los niños también asistan, y yo he de supervisarlos y, aunque se está haciendo tarde, estamos bajando juntos por el sinuoso camino desde el hotel, en lo alto del acantilado.
Charley va agarrado a mi mano; la señora Dickens, aferrada a la barandilla para no caerse; y Mamie, en brazos del señor Dickens, como un premio que ha ganado en la feria.
Se está levantando viento desde el mar mientras el sol comienza a ponerse. Charley me tira del brazo. Tiene un nuevo muñeco, una marioneta de un soldado con un uniforme rojo, ojos azules y un bigote negro, tupido y brillante pintado.
—Mira mi soldadito, Annie.
—Es muy elegante —le digo—. ¡Ten cuidado de que no se le vuele el sombrero!
La bandera del embarcadero ondea con brusquedad al viento mientras recorremos la estrecha franja del muelle hacia la fiesta y, bajo nosotros, las olas rompen contra los muros a ambos lados.
Pienso que apenas nos separa nada del mar embravecido. Que estamos bailando, riéndonos y bromeando justo encima de él, como si su violencia no nos fuera a arrastrar en cuestión de segundos si nos cayésemos de pronto.
Hay un hombre tocando el acordeón, uno del pueblo a quien suelo ver en la iglesia, todo arreglado y formal y con la camisa abotonada hasta arriba, pero que ahora se la ha desabrochado y está sentado, remangado, moviéndose al ritmo chirriante del instrumento.
Dejo en el muro la cerveza de jengibre y el bote de galletas de mantequilla para los niños, y me pregunto si más tarde encontraré la manera de llevarle algo a Jem sin que parezca que estoy robando.
Todo el grupo está bailando y saltando por el embarcadero, unos dando vueltas en los brazos de otros y girando a toda velocidad.
Fred pasa por delante de mí deprisa, haciéndole muecas a Mamie, que chupetea su galleta y estalla en gorjeos ante los adultos y sus locuras cuando pasan corriendo y la saludan con la mano.
La señora Dickens, que tiene el vientre demasiado abultado como para bailar, está de pie, dando palmas.
Charley da saltos sin moverse del sitio, y yo casi empiezo a sentir que me llama también la música, y repiqueteo el suelo con el pie bajo las faldas.
Todo el mundo está embriagado por la música y la cerveza y el viento y el sol poniente, como miel sobre la arena.
Sentada cerca del grupo, pero un poco apartada, hay una chica a la que llaman señorita Christian, dibujando.
Siempre está haciendo bocetos en su pequeño cuaderno, plasmando todas las fiestas.
Sus dibujos me parecen muy realistas. Tiene un don para captar los detalles de la gente, como la inclinación de la cabeza o la forma de la barbilla.
Veo al señor Dickens estudiándola mientras la chica dibuja con la cabeza ladeada.
—¡Tenemos a Rembrandt entre nosotros! —grita en su dirección.
La chica sonríe, pero no dice nada. El señor Dickens se aparta de quienes bailan y se acerca a donde está sentada ella.
—Oh, noble genio, deje el pincel y baile conmigo.
La señora Dickens los mira y luego aparta la vista, todavía sonriendo como para demostrar que no le importa en absoluto. Hoy el señor Dickens está descontrolado, pienso, como una cometa al viento.
La señorita Christian niega con la cabeza.
—¡Se lo exijo! —grita, y la chica se ríe, insegura, y luego deja el bloc y se pone en pie.
Es bastante tímida, y se sonroja mientras se aproxima a él, vacilante.
Con un movimiento rápido, el señor Dickens la agarra y se la acerca para adoptar una postura de baile, agarrándola de la cintura, con la cara demasiado cerca de la suya.
La chica se ríe e intenta apartarse, pero la tiene inmovilizada, y no puede separarse sin forcejear.
—Ay, ya está bien —le dice, y noto que se está poniendo nerviosa—. ¡Señor Dickens, pare!
—Charles. —La señora Dickens lo llama desde el otro lado del embarcadero, aunque el viento amortigua su voz—. Deja que la pobre chica siga dibujando.
Pero, antes de que me dé cuenta de lo que está ocurriendo, el señor Dickens se está moviendo, tirando de la señorita Christian deprisa, corriendo con ella por la pendiente hacia el mar.
Al final hay un poste alto, como dos veces el señor Dickens, cuya base azota el agua, y, cuando llega hasta allí, empuja a la chica contra él para que no pueda rodearlo y liberarse, sino que se quede atrapada, con los pies en el mar agitado.
La mayor parte del grupo sigue bailando; algunos, ensimismados, no se han dado cuenta de lo que ocurre, pero veo a la señora Dickens moverse con pesadez hacia ellos por el embarcadero, con una mano en el vientre.
—¡Charles! —grita con una voz débil que acarrea el viento—. ¡Charles!
Sin pararme a pensar, tomo a Charley de la mano y los sigo deprisa, aunque no tengo ni idea de qué demonios voy a hacer cuando llegue.
Conforme me acerco, veo que la chica se está retorciendo como un animal que intenta escapar de una trampa, y oigo al señor Dickens, cuya voz resuena como si estuviera interpretando un papel en el escenario.
—¡No se resista, pobre pajarillo!