ANNE #3
Bajo la vista al suelo, donde está la bebé, rolliza y con unos ojos grandes y un gorrito para el sol, y me devuelve la mirada y emite unos ruiditos propios de los bebés.
—Hola, Mary —le digo.
Algo le cruza el rostro a la señora Dickens, una especie de sombra, y me pregunto, aterrada, si habré dicho algo malo.
—La llamamos Mamie. Mary era mi hermana, que falleció, de modo que ella es Mamie.
La vergüenza me abrasa.
—Lo siento mucho, señora.
—Por favor, no pongas esa cara de preocupación. Evidentemente no podías saberlo. —Baja la mano y le acaricia la espalda a su hija—. Mamie es una niña muy tranquila y tierna —dice—. Charles la llama Mild Glo’ster, como el queso. No se enfada nunca.
O sea que es como tú, pienso. Y de pronto no puedo evitar imaginármelas como dos quesos tiernos y de sabor suave, uno más grande y otro más pequeño.
Y es en ese momento, supongo, cuando reparo por primera vez en el poder de la mente del señor Dickens.
A nadie se le da tan bien como a él meterte una idea graciosa en la cabeza y lograr que arraigue.
Una vez que he visto el mundo a través de sus ojos, ya no puedo verlo tal y como es, sino que todo parece más cómico, y más trágico, de lo que lo era a través de los míos.
El queso pequeñito está gateando hacia la ventana con el trasero levantado y envuelto en grandes volantes. Encuentra el sonajero, que se había caído y había aterrizado bajo una silla, y se sienta para mordisquearlo.
La señora Dickens mira a su bebé, y luego a mí, y me doy cuenta de lo despacio que mueve los ojos siempre, como si nunca tuviera prisa y recorriera el mundo con la mirada a su ritmo aletargado.
—El señor Dickens es bastante… quisquilloso. Respecto a cómo se han de hacer las cosas.
—Entendido, señora.
—Son sus normas las que debes acatar, en todos los asuntos. Ya te ayudaré yo a aprender cómo le gustan las cosas.
¿Hay algo tras sus palabras? ¿Cierto nerviosismo? Pero el señor Dickens es un escritor famoso, un señor importante y magnífico. Es normal que sea exigente.
—Por supuesto, señora.
—Entonces nos llevaremos de maravilla. —Vuelve a sonreír—. Ven mañana a las nueve y empezaremos, si te viene bien.
—Sí, señora.
Se me acelera tanto el corazón que sale disparado y me deja a mí atrás.
Un trabajo. Un trabajo que me permitirá adentrarme en el mundo de esta familia, un mundo de abundancia, de casas cálidas donde la gente te habla como si importases.
De niños satisfechos y rollizos, y bastones con puntas de oro que reflejan el sol, y de risas espontáneas, como si la vida fuera algo fácil y agradable.
Quiero pellizcarme, pero no me atrevo, por si acaso se me escapa de las manos toda la buena suerte al llevar a cabo ese movimiento.
—Perfecto, entonces —dice la señora Dickens—. Estaré en casa para ayudarte a familiarizarte con los niños.
Asiento, me inclino hacia delante en una reverencia torpe y le doy las gracias. Y luego vuelvo a salir a la tarde oscura y miro el cielo, cargado con la promesa de la lluvia, y mientras me alejo del edificio amplio y blanco me doy cuenta de que ya añoro la comodidad de su interior.
No sé cómo desempeñar el trabajo de una criada.
Solo he visto destellos de otras sirvientas en el pueblo, con la cabeza gacha y con gorra, corriendo de aquí para allá en busca de cosas, o de criados montados en lo alto de los carruajes con el rostro inexpresivo.
Lo único que sé es que ni siquiera se debe notar tu presencia, y que siempre debes decir que sí.
Y así es como empiezo, en esos primeros días junto a la costa, pero no tardo en comenzar a ver que el señor Dickens es distinto de los demás hombres.
De pronto te mira como si fueras lo más fascinante que ha visto en la vida y al momento te ignora como si te hubieras esfumado, ya seas un repartidor de periódico o el cura.
Es la persona con la actitud más volátil que he visto nunca. Me inquieta.
A medida que pasan las semanas, Broadstairs se va llenando de gente de Londres.
El señor Dickens ha terminado un libro que ha titulado Nicholas Nickleby (un nombre que oigo tan a menudo, y con tanta familiaridad, que casi podría ser uno de sus hijos), y por tanto al fin tiene tiempo para tomarse unas vacaciones.
Y allá donde vaya el señor Dickens debe llevarse a sus amigos, o eso me cuenta su mujer, ofreciéndome una de sus sonrisas amables.
Tiene una sonrisa curiosa, toda amabilidad, pero entretejida de algún modo con una suerte de sombra que parece originar algo que nadie más puede ver.
No logro entenderla del todo. Así es como sonreiría yo, si tuviera que sonreír a todas horas, después de que haya muerto todo el mundo.
Me fijo en que la señora Dickens siempre está presente, uniendo a todo el mundo, solventando los problemas antes de que ocurran siquiera, en un segundo plano, pasando desapercibida.
Y también veo que a veces desearía formar parte de la diversión.
En compañía, en ocasiones hace bromas espantosas.
Juegos de palabras, supongo que se llaman.
Es curioso, casi como si decidiera esforzarse por resultar graciosa y soltara la broma en un impulso y al final no le saliera bien.
Pero su marido es generoso y no permite que quede mal cuando están con gente.
Me doy cuenta de ello. Cuanto peor es la broma, más gruñe y se desternilla él, agarrándose el pelo, haciéndose el horrorizado, como si su mujer le estuviera haciendo daño con un humor tan horrible.
Veo que hace como si fueran un dúo cómico, como si estuvieran en el escenario, involucrándola e incluyéndola para suavizar la incomodidad del momento.
También está su hermano, un hombre castaño con cara de aturdido y una risa estridente, y un amigo artista y un actor, y otros hombres con bigote vestidos con ropa llamativa, y dos jovencitas risueñas que la verdad es que me parecen bastante ridículas.
Y todo son juegos y pícnics y diversión, y los días pasan deprisa y con alegría.
Algunas noches duermo en el suelo de la cocina con Jem, y otras en el hotel con los niños, para ocuparme de Mamie cuando se despierte.
No me gusta pensar en lo que ocurre cuando no estoy con Jem.
Pero tampoco me puedo permitir pensar en ello.
Así que solo juego con los niños y les doy baños calientes en los que meto primero el codo para comprobar el agua, tal y como me ha enseñado la señora Dickens, y les pongo sus camisones blancos y suaves y los acuesto, e intento ser invisible, y decir siempre que sí a todo.
Me aferro a esta nueva familia, a los cuerpos calientes de los pequeños y a la paz de su hogar, y no pienso en la sombra de temor que va en aumento a medida que transcurren los días de agosto, dejando paso a la incertidumbre.
Estamos en la playa y brilla el sol. Las mujeres tienen unas sombrillas clavadas en la arena para protegerse de su fulgor.
Están sentadas bajo ellas, en círculos de sombra, riéndose unas con otras y picoteando la amplia variedad de comida que hay dispuesta sobre la manta.
Tanta que casi se me anegan los ojos de lágrimas.
Ternera asada fría, jamón, lengua y pato a la parrilla.
Pasteles de ternera, hojaldres de fruta y un blacmange que se tambalea en una bandeja.
Las gaviotas merodean a nuestro alrededor, con sus rodillas temblorosas, esperando su oportunidad, y los otros pájaros más pequeños dan saltitos nerviosos entre ellas.
Intento no mirar la comida y mantenerme ocupada con los niños, sin levantar la vista.
Charley y yo construimos un castillo de arena: primero reunimos un montón y luego le damos forma con las manos.
El señor Dickens se acerca y le añade una caracola, y en ese momento me fijo en el anillo que lleva, una baratija bastante femenina, nada que ver con lo que cabría esperar de un caballero.
—Toma —dice—, una ventana para tu torre.
—Ventana, no —replica Charley, y la aparta.
—Viene bien tener una ventana para que el rey pueda ver el exterior —digo deprisa y vuelvo a colocar la caracola en su sitio y le doy unas palmaditas a la arena húmeda—. No puede haber un castillo sin ventanas, Charley. ¿Cómo va a ver el exterior el rey?
El señor Dickens sonríe, satisfecho.
—Exacto, señorita Brown. Los castillos han de tener ventanas.
La señora Dickens ha preparado langosta hervida que ha guardado en las cestas que usan para los pícnics, servida con unos panecillos.
—Prueba un poco, Anne —me ofrece.
De pronto todo el mundo me está mirando.
—¿No quieres probarla? —insiste y me sonríe, ofreciéndome un trozo.
Vacilante, lo acepto y muerdo la carne blanda, y saboreo la sal y el toque de limón. Sabe a Broadstairs. A frescura y a libertad.
—Está muy bueno, gracias —digo, porque tengo que decir algo, mientras siento que la mirada de todos los presentes me quema la cara.
La señora Dickens vuelve a recostarse, feliz, y se lleva un hojaldre de fruta a la boca, y la costra de azúcar le cae sobre el vestido como copos de nieve.
Reparo en que le gusta complacer a los demás.
Intento recordarlo y añadirlo al pequeño inventario que guardo en la cabeza, para poder complacerla yo más a ella.
Tengo uno para cada uno de ellos. No poner nada fuera de su sitio en la casa.
No dejar pasar ni el más mínimo indicio de enfermedad en los niños.
No adular a Charles, que prefiere la franqueza.
Creo que estoy empezando a entenderlos. O a entender cómo encajo yo con ellos.
Cómo ser lo que quieren que sea. Pero, para mi sorpresa, me parece que a los niños les caigo bien tal y como soy.
Se alegran cuando me ven y, de algún modo, me doy cuenta de que yo también me alegro de verlos.
Es muy distinto, supongo, cuidar de niños cuando no tienes frío ni hambre ni nada que hacer además de jugar. Empieza a resultarme casi divertido.