La señora Dickens ANNE #2
30%

ANNE #2

Es extraño cómo, una vez que se ha descartado la verdad y has contado tu primera mentira, comienza a tejerse algo que parece casi tan sincero como la verdad. Y, si no tienes cuidado, no tardarás en olvidar qué es cierto y qué no.

—¿Está usted acostumbrada a lidiar con niños, señorita Brown?

—Soy la mayor de ocho, señor.

En cierto modo es verdad.

—Ah, ¿sí? Bueno, pues entonces no se hable más.

Podría decirse que está usted incluso sobrecualificada.

—Levanta el bastón y señala con él el hotel blanco, a lo lejos—.

Venga al Albion mañana a las dos en punto.

No, a la una. Mi mujer acordará las condiciones con usted, si todo es del agrado de las dos.

Solo será para el resto del verano. Como aya; supongo que así se podría llamar el puesto. ¿Cree que le vendría bien algo así?

—Sí, señor —digo al instante—. Muy bien, señor.

—De acuerdo. Venga mañana, entonces.

Tras agitar el bastón, se pone en marcha hacia el hotel, caminando deprisa. El perro se queda en su sitio, olisqueando el poste de una valla. No entiendo por qué no lo sigue.

—Su perro, señor —le digo, insegura.

—¡No es mío! —grita por encima del hombro, sin girarse.

Me quedo allí plantada durante un momento, embriagada por el triunfo y el alivio. El perro, liberado de su hechizo, sale trotando hacia la playa. Lo veo bajar por el sendero pedregoso, deteniéndose de vez en cuando para levantar la pata sobre la hierba.

El trabajo aún no es mío, me recuerdo. Solo es una posibilidad. Pero, aun así, me tiemblan las manos.

Me siento en el muro y pienso en que he tenido al señor Dickens delante de mí, con el extremo dorado del bastón brillando al sol, tan cerca que podría haber alargado el brazo y tocarlo.

Pienso en su actitud juguetona, su ingenio, esa despreocupación ante su riqueza.

Nunca he estado tan cerca de un hombre así.

De una vida así, en la que todo resplandece y nunca falta de nada.

La idea me atrae como un imán, a pesar de haberme pasado la mañana sentada con los demás en la fría iglesia oyendo un sermón sobre los peligros de la fama y del oro.

Sobre la vanidad, y que nunca trae nada bueno.

Dadme una oportunidad, pienso. Solo una oportunidad, y la aprovecharé. Lo deseo con tantas ansias que me martillea el corazón. Y, para conseguirlo, solo tengo que adaptarme al molde en el que quieren que encaje.

Al día siguiente me froto la cara con jabón carbólico hasta dejármela casi en carne viva y las uñas rojas. Me pellizco las mejillas con toda la fuerza que puedo para darles cierta apariencia de salud. No quiero que la sombra de mi historia los asuste y les arrebate la felicidad.

Me detengo en el pasillo y respiro hondo.

Si no le caes bien a la señora Dickens, no hay mucho que puedas hacer, Anne Brown, me digo a mí misma.

Pienso en las palabras de mi padre: que seré una mala madre.

Que no se me dan bien los niños. Pero estos niños se me van a dar bien, me digo. Cueste lo que cueste.

Llamo a la puerta con determinación y me sorprende ver que se abre casi de inmediato y aparece el señor Dickens, con un paraguas en una mano y un bastón en la otra. Parece que va a salir. ¿Habré llegado en un mal momento?

—Señorita Brown.

—Buenas tardes, señor.

Me mira rápido de arriba abajo, con una mirada penetrante, y me preocupa haber cambiado de algún modo, o no ser como él recordaba, y que me rechace de inmediato.

—¿Va a perseguirme por Kent de nuevo, como ayer?

—No, señor.

—Bueno, pues entonces pase, pase, no hace falta que se quede ahí plantada.

El señor Dickens se aparta y se pega contra la pared con brusquedad, y yo paso por delante de él y entro en las salas de techos bajos.

Están muy bien cuidadas y ordenadas. De inmediato me transmiten la agradable sensación de seguridad de un hogar, aunque este sitio no tenga nada que ver con los hogares que he conocido.

Hay una carta en la mesa pendiente de envío, con unos garabatos delicados en el sobre y la tinta aún fresca.

Mantas de playa todavía con arena bien dobladas en una cesta.

Una maceta con flores recién cortadas del jardín. Olor a madera, a humo.

La señora Dickens está sentada en un sillón verde, junto a la ventana.

Ahora veo lo abultada que tiene la barriga, tanto que parece estar aplastándole el cuerpecito menudo contra el sillón, como si no fuera a poder levantarse por más que lo intentase.

Tiene a una bebé con el pelo rubio y fino en el regazo, y a los pies hay un niñito de unos dos años, quizá, jugando con unas piezas de construcción.

Al ver a su padre, lanza las piezas por los aires y sale corriendo por la habitación con los brazos extendidos, a punto de tropezarse con el faldón.

—Papá.

El señor Dickens lo recoge y lo lanza al aire, tan alto que temo que se golpee la cabeza contra el yeso.

—Hola, Snodge.

Vuelve a bajar al niño al suelo y el pequeño se queda de pie, tambaleante, antes de volver a tirarle de la chaqueta, con la cara colorada.

—Quiero caballito.

—Estoy muy ocupado, hijo. Pero ha venido la señorita Brown a jugar contigo. Es un caballito excepcional, ¿no es cierto, señorita Brown?

Estoy demasiado desconcertada como para responder, pero de todos modos al chico no le interesan mis aptitudes en ese sentido, y vuelve a tirar de la chaqueta de su padre.

—Papá, caballito.

—Ya está bien —dice con una firmeza que me hace levantar la vista.

Pero, si había algo de ira en su voz, se desvanece tan rápido como ha llegado, y ahora se está apartando el pelo oscuro de la frente, como si intentara alisárselo.

—Kate, esta es la señorita Brown. Señorita Brown, esta es mi esposa.

La saludo con un movimiento de la cabeza que espero que sea adecuado.

—Hola, señorita Brown —me dice la señora Dickens.

Habla con una voz suave, con un ligero deje escocés, pero nada que ver con los escoceses de rostros colorados de las obras de teatro, que resoplan y jadean y le gritan al público.

Y entonces me sonríe, y la calidez de su sonrisa me da ganas de llorar como una niña pequeña.

Es como si hubiera estado conteniendo el mar tras un muro de hielo, y un solo soplo de su amabilidad amenazara con derretirlo y crear un agujero en él.

Me veo obligada a apartar la vista para recobrar la compostura.

—La señorita Brown es experta en bebés —dice el señor Dickens—. Es perfecta para ayudarte, ¿no te parece, Kate?

—Encantada de conocerla, señorita Brown.

La señora Dickens vuelve a sonreír y se aparta los rizos con una mano pequeñita y rolliza. Lleva una sortija azul en el dedo. Sus uñas son como caracolas pálidas. Me llevo las mías, cortas y rotas, a la espalda para ocultarlas.

—A la señora Dickens —dice su marido— la acosan los niños a todas horas. No puede ni moverse por su culpa, y hay que rescatarla de ellos.

Me mira con las cejas arqueadas, como si me estuviera retando a llevarle la contraria. No tengo intención de hacer tal cosa, aunque en secreto me parece que le gusta exagerar, y me encantaría decírselo.

—Sí, señor.

—Fantástico. Nos vamos a llevar muy bien.

Nos está diciendo algo que él ya ha decidido por su cuenta, de modo que repito:

—Sí, señor.

—Bien, bueno, os dejo.

Me estudia una vez más y luego se despide de mí con un enérgico movimiento de la cabeza, y de su mujer con otro, y se dirige al vestíbulo distraído antes de darse la vuelta.

—Voy a dar un paseo, Kate. Volveré a la hora de cenar.

—De acuerdo, querido —responde ella—. Parece que va a…

Pero él ya se ha ido al vestíbulo y está gritando, sin mirar atrás:

—¡Estoy preparado! ¡Adiosito, Snodge!

—Osito —responde como puede el niño.

La puerta se cierra de golpe tras el señor Dickens, y con él se va todo el aire de la habitación. Yo me quedo ahí plantada, insegura, en esa quietud repentina.

La señora Dickens cambia a la niña de postura en el regazo para dejarla de cara a mí. Tiene la sombra de una pequeña papada bajo la barbilla.

—Seguro que mi marido ya te lo ha explicado todo. Con lo que necesito ayuda es con los niños. Alguien que los bañe, que los vista. Que se los lleve a la playa por las tardes para que pueda descansar un poco.

—Sí, señora.

—Mamá juega —dice el pequeño, dándole palmaditas en la pierna.

—Ahora no, Charley. Construye una torre con eso. —Le da un golpe a las piezas con una mano, como para animarlo, y luego vuelve a mirarme—. ¿Tienes hermanos o hermanas, Anne?

—Sí, señora.

Martha, jadeando y asfixiándose contra mi hombro. Thomas, con los ojos amarillentos y saltones como lámparas en la oscuridad. El olor a sudor y a caca por todas partes.

—Qué bien. ¿Viven en Broadstairs?

—Están en Londres, señora. Pero uno de mis hermanos, Jem, está aquí conmigo.

—¿Y tus padres?

—En Londres también.

Por la ventana veo las nubes que se acercan sobre el mar. A lo lejos hay un barquito tratando de llegar a la orilla antes de que comience a llover, y lo observo con atención, intentando guiarlo con los ojos para que vuelva a casa a salvo.

—Caballito —dice el niño—. Haz de caballito ahora.

—No puedo hacer de caballito, Charley, porque estoy hablando con la señorita Brown. No debes interrumpirnos.

—Papá hace de caballito.

—Papá ha salido a pasear. Venga, ven a sentarte en mis rodillas como un niño grande.

Deja a la bebé a un lado y el niño se sube a su regazo y le agarra la cara con las manos a modo de protesta, supongo, por la ausencia de caballos disponibles. La señora Dickens se quita los deditos de su hijo de la boca, uno a uno.

—A Charley le gusta agarrar —dice en un tono amable—. Charles lo llama la Gran Langosta. Lo cual es muy apropiado porque, cuando intentas que te suelte, se pone todo colorado.

—Hola, Charley —le digo.

El niño deja de intentar meterle los dedos a su madre en la boca de nuevo y los dos nos quedamos mirándonos.

—¿Quién eres?

—Soy Anne.

—¿Qué haces aquí?

—He venido para cuidaros.

—Mamá cuida.

—Sí, tu mamá también te cuida.