La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

L os veo por primera vez en la playa.

Una larga franja de luz atraviesa el cielo, como si alguien lo hubiera rajado con un cuchillo.

Estoy volviendo de la granja, de las afueras del pueblo, con el cubo de leche rebosante.

Abajo está subiendo la marea. La franja de arena se está reduciendo y solo quedan unas pocas personas en ella. Hay un par de pescadores con la piel curtida inclinados sobre su red y cuatro pequeñas siluetas a lo lejos, tanto que apenas puedo distinguirlas.

Los niños no son más que dos manchas blancas en la playa.

Ella, una cabeza oscura brillante en el centro del círculo que forman las faldas rosas extendidas sobre la arena.

Él, en movimiento constante, dejándose caer de espaldas, levantándose de nuevo, sacudiéndose la arena del pelo como un perro mojado.

Sé de inmediato, por supuesto, que se trata de él.

Todo el pueblo está hablando de él, de su visita.

No se ha hablado de otra cosa, pero, a decir verdad, aquí no hay mucho de lo que hablar.

He oído sus historias alguna que otra vez, o a alguien contar una de sus bromas o imitar a uno de sus personajes ante las carcajadas de los demás, pero no estoy tan interesada en ellos por ese motivo, sino porque no puedo dejar de contemplar su felicidad, y de preguntarme a qué se deberá.

Dejo el cubo en el suelo y me acerco al borde del acantilado para mirarlos, donde las flores amarillas crecen de entre las rocas.

Durante un momento parece que la mujer se ha quedado dormida; se le cae la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla que han bajado a la playa, pero luego uno de los pequeños le tira del vestido y se despierta, le dice algo y se ríe.

Y luego el bebé empieza a gatear, y el otro niño también, y todos se abalanzan sobre el vestido de la mujer y tiran de él, suplicantes.

El viento arrastra sus gritos cómicos y los alza en ráfagas hasta donde me encuentro yo, con las manos metidas en el jersey de punto.

La marea no deja de subir, y empieza a alcanzar la zona donde los niños han dejado sus cosas amontonadas, pero están todos tan ensimismados que nadie se ha dado cuenta.

Casi quiero bajar y avisarles de que les va a llegar el agua a los zapatos, y reprenderlos por su descuido, pero no lo hago, claro.

Tan solo los observo desde mi sitio en el acantilado porque no me puedo ir.

La escena es como una pantomima representada en un teatro, y yo estoy en lo alto, en los asientos baratos, y no puedo dejar de mirar.

A lo mejor yo también sería así, me digo, si tuviera esa posibilidad.

Si tuviera una vida en la que todo es tan fácil. ¿Cómo no iba a serlo?

Debe de quedar una media hora para que el agua alcance las rocas. Los pescadores se han marchado, conscientes del peligro.

En la playa, las olas ya le llegan a los tobillos al señor Dickens, y han alcanzado la silla de su mujer, de modo que se levanta, se ríe, recoge a una de las manchas blancas en brazos y corre por la playa mientras le ondea el pelo al viento.

Yo vuelvo a agarrar el cubo y me dirijo a casa.

Cuando los veo de nuevo el domingo, en la iglesia, sus hijos están muy arreglados, con sus trajes de marineritos y el pelo repeinado y engominado, brillante como la melaza.

Por los susurros que se extienden por los bancos, parece como si el mismísimo arcángel Gabriel hubiera entrado por la puerta, y no un escritor de comedias.

Pienso en los dos momentos en los que los he observado sin que me vieran y me guardo bien ese secreto contra el pecho, como si de algún modo les hubiera robado una parte de ellos.

Los niños son preciosos y rollizos, y el vestido de seda de ella brilla a la luz del sol.

Y después, cuando salgo de la iglesia al aire cálido de la mañana y estoy esperando a que mi tía termine de soltarle su larga queja al cura, lo oigo.

Es solo un cotilleo que dice de pasada un marido a su mujer y me llega a mí.

Se comenta como si fuera algo insignificante. Como si no fuera a cambiarlo todo.

El escritor y su mujer están buscando a un aya.

A unos cinco metros de mí, el señor Dickens está charlando a la sombra de un árbol con su mujer, que tiene a la bebé en los brazos y al niño colgado de sus faldas.

Me late la sangre por las venas con tanta fuerza que puedo oírla.

Me paso las manos sudorosas por la falda, lista para dar un paso adelante, pero, antes de que me dé tiempo a reunir el valor necesario, el señor Dickens se ha alejado de ellos a toda prisa y desaparece al doblar la esquina.

Sin pararme a pensar en lo que hago, lo sigo.

Oigo a mi tía llamarme a mi espalda con voz de enfadada, con Jem a su lado, pero no me doy la vuelta.

Echo a correr, medio riéndome por lo ridículo que es todo esto.

Lo sigo deprisa por lo alto del acantilado, sorteando a los burros que están comiendo hierbas silvestres, intentando seguirle el ritmo.

Para ser tan pequeñito, es rápido. Empiezo a entender que no me va a resultar fácil alcanzarlo sin gritarle, lo cual no es la mejor manera de presentarte como aya, alguien que debe mostrarse humilde y sosegada, que debe pasar desapercibida, de modo que tan solo sigo yendo tras él, con la esperanza de que en algún momento se detenga para descansar.

Mientras avanzábamos, me fijo en los zapatos tan curiosos y llamativos que lleva, con punteras de charol que brillan entre la hierba.

Lleva un bastón con el extremo de oro y un chaleco de un amarillo vívido, por lo que parece estar siempre reflejando la luz del sol y lanzando pequeños destellos extraños y deslumbrantes mientras camina.

Cuando llevo siguiéndolo una hora, empiezo a sudar. Ya ni siquiera me atrevo a rendirme y darme la vuelta, porque no tengo ni idea de cómo llegar a casa a salvo.

Cuando llega al faro se detiene y mira el horizonte.

Más abajo, las olas rompen contra las rocas.

Su perro da brincos a su alrededor con la boca abierta de la emoción.

Empiezo a acercarme al fin, y estoy a punto de llegar hasta él, pero entonces se levanta y vuelve a caminar, y yo lo sigo, maldiciéndome.

Caminamos durante horas por los acantilados.

Tengo tanta sed que me noto la garganta seca.

Nunca he visto a nadie pasear durante tanto tiempo sin motivo.

Ya casi podría estar a medio camino de Londres, creo, y casi estoy enfadada con él, como si recorrer una distancia tan larga cuando no es necesario fuera un capricho que no debería darse.

Para cuando llegamos a Broadstairs, por la tarde, el sol se está poniendo tras la línea recta del mar.

Estoy tan cubierta de polvo y tan acalorada que estoy a punto de caerme al suelo.

Veo la amplia fachada blanca del hotel a lo lejos.

Dentro de nada el señor Dickens desaparecerá en el interior, y habré perdido la oportunidad de hablar con él.

Habré caminado todo este rato para nada, y él encontrará a alguna otra chica para contratarla.

No soporto la idea. Con un último esfuerzo repentino, acelero el paso para alcanzarlo cuando dobla la esquina.

—Disculpe, señor —casi grito.

Y él se gira, sorprendido. Durante un momento no sé qué cara va a poner. Si va a estallar o a adoptar una expresión infantil. Me mira deprisa de arriba abajo, asimilando mi cuerpo delgaducho y agotado.

—Mi tía me ha dicho que están buscando a una chica —le digo.

Por entonces mi forma de hablar era distinta.

No la había pulido a base de copiar y practicar, dándoles vueltas a los sonidos en la lengua hasta que se quedaban a vivir ahí.

En realidad nunca he creído que a los Dickens les importase mucho cómo hablara, pero después me empecé a relacionar tanto con gente de bien que se me fue pegando solo.

—Para ayudar con los niños y demás —añado deprisa, por si me ha malinterpretado.

Nos quedamos allí, a la sombra de los edificios, los dos sin aliento por la caminata frenética sobre los acantilados.

Es joven; debe de ser solo un poco mayor que yo.

Y de pronto siento casi como si fuera su igual: una idea peligrosa.

Aparto la mirada para aparentar humildad.

El perro lo observa con atención mientras merodea a su lado, como si esperara sus órdenes.

Cuánto lo quiere este animal, pienso. Y eso hace que me caiga mejor.

—¿De verdad me ha seguido hasta el fuerte y de vuelta? —me pregunta.

—Pues…, sí, señor.

—Pero ¿por qué no me ha dicho nada?

—No… No quería interrumpirlo, señor.

Deja escapar una carcajada breve y brusca como un disparo de pistola.

—¿Ha estado caminando durante cuatro horas para no interrumpirme?

—Sí, señor.

Me mira, encantado.

—¿Su nombre?

—Anne Brown, señor.

—Qué nombre tan apropiado, señorita Brown. Podría uno buscar por toda Inglaterra y no encontraría a nadie con un nombre tan increíblemente apropiado.

—Gracias, señor.

Ahora se está quedando conmigo. Burlándose de mí, como un hermano.

Como mi hermano Thomas, con el zapato aún partido en dos, intentando tirarme del taburete cuando nadie estaba mirando.

Por un momento me quedo paralizada, atrapada en el pasado, mientras el mundo se encoge a mi alrededor.

Con un esfuerzo, logro dejar atrás a mi estúpido hermano, que ha fallecido y no va a volver jamás, y regreso a esta tarde, con el señor Dickens apoyado en el bastón, observándome.

El perro hace sus necesidades en la hierba alta, a unos metros de nosotros.

—¿A qué se dedica su padre, señorita Brown?

—Es albañil, señor. En Londres.

—Muy bien. Una profesión noble. ¿Y no la necesita en casa?

—No, señor. Todo va muy… muy bien en Londres. Y mis hermanas también ayudan. Yo solo estoy aquí por… por la brisa marina.