La señora Dickens KATE #4
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KATE #4

—Has estado maravillosa todo el tiempo, ratoncito —le dice Charles—.

Maravillosa. —La acerca a él y le pasa el brazo por encima de los hombros.

Añade—: Sé que ha sido muy duro. Pero no te has quejado ni has sucumbido ante tus emociones, ni has dejado que te domine el dolor.

Eres una chica buena y sensata. Y hemos sufrido una pérdida enorme.

Kate mira la lluvia por la ventana. Nunca ha estado tan cansada.

Cuando llegan a Doughty Street, cruzan la puerta y entran en el vestíbulo, ya casi es de noche. Charles se quita el sombrero y el abrigo, y le quita la capa y el tocado a Kate, y lo cuelga todo. Luego pide que le traigan el té y empieza a dirigirse al salón.

—Ahora vuelvo —dice Kate y baja las estrechas escaleras que dan al sótano.

La criada se para en seco, con un paño húmedo en la mano, y abre la boca para hablar, pero Kate pasa de largo, entra en el pequeño cuarto de baño, cierra la puerta tras de sí y se apoya contra ella.

Es el único sitio de la casa al que sabe que no irá Charles. Se levanta las faldas. Tiene la ropa interior empapada de sangre. Se arrodilla sobre el suelo de piedra, agarrándose el vientre, y ve la mancha roja extenderse por la tela.

Podría llamar a Hannah, pero no quiere verle la cara de susto y desconcierto, ni lidiar con su juventud y su necedad; ni ocuparse de Charley, que le agarrará la cara con los deditos.

No quiere dar órdenes ni quiere que la lleven al dormitorio y la traten como a una inválida.

No quiere que llamen a un médico que le introducirá los dedos sin delicadeza y le oprimirá el vientre sensible como si fuera un trozo de carne.

Que le dirá que debe permanecer tumbada y tener cuidado.

Ni siquiera quiere estar con Charles, que le dirá lo buena que es, lo calmada, lo sensata y estoica.

Si grita, la despreciará. Charles está absorto en su propio sufrimiento, en su propia Mary, tan diferentes de los de ella.

No puede soportarlo. Tan solo quiere quedarse allí, en el suelo, perdiendo a su bebé en el silencio de esa habitación oculta, apretando los dientes para aguantar el horror.

Quiere dejar que todo se esparza en un rojo espeluznante sobre las baldosas.

Rozar la muerte sola, en privado, donde nadie pueda decirle cómo ha de sentirse.

Charley va vestido con su ropa de bautizo y le están saliendo los últimos dientes.

Tiene las mejillas tersas, rojas y brillantes como manzanas, casi como si fueran a abrirse con la presión de lo que sea que esté pasando ahí dentro.

Un hilo de baba cuelga del sonajero, tambaleante, mientras lo mordisquea con furia.

Han pasado siete meses desde que enterraron a Mary. Vuelve a ser diciembre, y pronto llegará la Navidad. El suelo del exterior de la iglesia es duro, rígido. Las barandillas están cubiertas de hielo.

Charles está a su lado, junto a la fuente, haciendo malabares con el bebé, que está tratando de liberarse de la tela de encaje para lanzarse a los brazos de su madre.

Kate sacude la cabeza, sonriente. Su hijo le profesa un amor apasionado, pegajoso, ilimitado.

Es a su mamá a quien quiere, siempre a su mamá.

Aunque Kate conserve aún el recuerdo de esos primeros días, que apaga los colores de la maternidad, el bebé no.

Pero hoy es su padre quien lo sostendrá, llorando, para pasarlo a las manos de Dios.

La prima de Kate va a ser la madrina, ahora que Mary no está para asumir ese papel.

Kate le sonríe en la penumbra de la iglesia, tratando de ocultar el dolor de su corazón.

Sobre ellos, ángeles de alabastro con bocas de bebé abiertas. Con unas alas cortas y pequeñas detrás. ¿Será Mary una de ellos ahora?

Su mente no deja de retroceder, de alejarse de lo que está ocurriendo y regresar al pasado. Así es el luto. Parece fragmentar el presente en mil recuerdos inesperados y no deseados.

Mary, un pajarito con el camisón, usando lo poco que queda de agua caliente, sacando la lengua y cerrando la puerta del baño.

Mary con la sartén para tortillas robada, corriendo hacia la cocina.

«La tenía Kate. Kate se la ha llevado a la casa de su amante.

Kate y el señor Dickens, sentados en un árbol…

». Y Kate persiguiéndola por el pasillo y agarrándola de la parte de atrás de la falda: «¡Devuélvemela, Mary Hogarth, devuélvemela! ».

Inhala con brusquedad y trata de recobrar la compostura.

Y el bebé que ha perdido. Otro angelillo de alabastro. Expulsado de su cuerpo.

Ahora lleva dentro otro bebé. Golpeándole las entrañas con esas extremidades insistentes y pequeñitas, ocupando los huecos que han dejado sus pérdidas, tratando de llenarlos de vida. Si es una niña, ahora se llamará Mary, no Katey, claro. La armonía, interrumpida.

En las cartas de bordes negros que ha enviado a sus parientes ha dicho las palabras que se esperan.

Las palabras que dice Charles. «Si existen los ángeles, Mary era una».

«Mi querida hermana está ahora en un lugar mejor».

Ha regresado con su creador, en un descanso eterno, demasiado buena para esta Tierra.

Mary con quince años, angulosa, junto a la verja. «¿Lo has besado, Katie? ¿Lo has besado?».

Las dos juntas, con sus camisones, una casi encima de la otra, con los codos pegados, escribiendo cartas conjuntas para sus primas y sus amigas, riéndose de las modas horribles y de los hombres pomposos.

Intentando sonar como heroínas de Austen, altivas y sabihondas.

«Es un ser deplorable y barrigudo». Y Kate tachándolo, diciendo que es demasiado cruel, y Mary enterrando la cara en la almohada para amortiguar las carcajadas y evitar que las regañen por el ruido.

Se le parte el corazón al recordar a esa Mary, su Mary, borrada por su posterior belleza y bondad. Con todos los bordes redondeados, como si se hubiera alejado demasiado de Kate y se hubiera desdibujado. Y Kate no podrá volver a acercarse por más que lo intente durante el resto de su vida.

A Charley se le cae el sonajero y aterriza con un estrépito en el suelo.

Charles hace alguna broma y todo el mundo se ríe, y cuando se agacha para recoger el juguete Kate ve el resplandor del anillo de Mary en su dedo.

En ese instante lo odia. Un destello de rabia, pura y chispeante como el aceite caliente en una sartén.

Una emoción desconocida. La desconcierta.

Asustada, desvía la mirada al pálido altar e intenta recitar una oración.

Se le pasa la sensación tan rápido como le ha llegado.

Charles la mira y le ofrece esa sonrisa tan familiar, la de siempre.

No es más que Charles, con sus altibajos. Charles, con sus emociones fuertes, que sacan las de ella. Le posa la mano en el brazo con delicadeza.

El párroco se humedece el dedo y pronuncia el nombre de Charley, pero de pronto Charles grita algo y la gente se ríe a su alrededor. «Boz». Kate, lenta para captar las bromas, como siempre, se da cuenta de que ha gritado «Boz».

El párroco alza la vista, sobresaltado, y mira a Charles.

—Charles Culliford Boz Dickens —anuncia Charles, riéndose.

Boz. Está por todas partes. Se adentra incluso aquí, en la calma de la iglesia, colándose entre los nombres que han elegido, alterando su formalidad.

Las risas de la multitud aumentan, con Fred a la cabeza.

Kate se une a ellas porque no se vería bien que permaneciese inexpresiva cuando ha de interpretar su papel.

No quiere que nadie piense que ella no se está divirtiendo también.

Que no es capaz de encontrarle la gracia a las cosas tan rápido como antes.

El párroco traza la húmeda cruz y determina así el destino de Charley, y Boz queda escrito a ojos de Dios, convertido en realidad.

Charles puede inventarse lo que sea, piensa Kate. Contar cualquier historia del modo que quiera. Solo él puede inventarse otra versión de sí mismo, y que la Iglesia la bendiga.

Extraña la capacidad de Mary de suavizar las cosas, de unir a Charles y a ella con su risa. De tener a Charles comiendo de la palma de su mano. Añora el muro de contención que Mary constituía entre ellos. Ahora han quedado desprotegidos, uno ante el otro. Y no parecen encajar como deberían.

Al bebé se le mete el agua por la nariz y la arruga, indeciso, antes de dejar escapar un breve lamento. Charles lo envuelve y lo zarandea como si fuera un paquete, pero el pequeño Charley alza la cara hacia el techo de la iglesia con un aullido, quejándose de su frente húmeda y su nuevo nombre.

Kate es afortunada, lo sabe.

Tiene un marido que la trata bien y es gracioso e inteligente. Una casa preciosa. Y el dinero suficiente, y un hijo, y otro bebé en camino. Aunque nada vuelva a ser lo que era, es suficiente. Más que suficiente.

Charles le rodea la cintura con el brazo y le susurra algo gracioso, y Kate sonríe, remendando la fisura de su perfección para los presentes, quienes les están devolviendo la sonrisa, vestidos con su ropa de domingo.