La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

De pronto todo está en movimiento: los sirvientes aparecen de la nada, la niñera está en lo alto de las escaleras, con el rostro iluminado por una vela titilante, y Charles se acerca a Mary a toda prisa, la agarra por los hombros e intenta hacer que respire, que se incorpore, y Mary se hunde más aún en el sillón, incapaz de mantener la cabeza en su sitio.

Kate ve que Charles le está diciendo algo, que le está gritando, pero no distingue las palabras.

En algún lugar del piso de arriba Charley está dando gritos, despierto por culpa del jaleo, y Kate no se puede mover, como si tuviera los pies pegados al suelo, no se puede separar de Mary, tendida en el sillón, con el cuerpo hinchado y flácido.

Con un esfuerzo colosal se obliga a moverse, a seguir las instrucciones que le están dando, a darlas ella también, a salir corriendo de un lado a otro de la casa, a por agua, a asegurarse de que llamen al médico adecuado, a por brandi, a despertar a la cocinera, que está dormitando en la cocina, y hacer que vuelva a avivar el fuego.

Lleva a cabo todas las tareas con movimientos mecánicos y, mientras tanto, el terror se le va expandiendo por el estómago, repugnante e inmenso.

Se acerca a la ventana para esperar al médico, mirando hacia abajo, hacia la calle.

No viene nadie. El reloj da las dos y, tras ella, en el sillón, el cuerpo de Mary comienza a convulsionar una y otra vez como si estuviera poseída.

Charles está agarrándola, sujetándola contra el sillón.

Kate intenta acercarse a su hermana, intenta rodearla con los brazos, pero Charles la aparta y Kate se choca, aturdida, contra la mesa.

—Aparta, Kate. Retírate. No la vas a poder ayudar.

No quiero ayudarla, quiere decir Kate. Quiero abrazarla. Quiero aferrarme a ella para que no me deje. La necesito. Pero no consigue mover la boca lo bastante rápido como para formular las palabras. No puede ver a Mary, tan solo partes de ella, una mano, un hombro, sacudiéndose en la oscuridad.

No se puede creer que nadie sea capaz de detener lo que está ocurriendo. No pueden hallar ninguna respuesta, algún modo de evitarlo; tan solo pueden quedarse mirando mientras todo se desarrolla. Kate vuelve a intentar acercarse, hacer algo.

—Ve a ver si viene el médico, por el amor de Dios, Kate.

Se retira de nuevo a la ventana y contempla la calle desierta, intentando con desesperación detectar algún movimiento entre toda la calma, pero nada.

Y entonces, al fin, cuando están a punto de dar las tres, una pequeña silueta encorvada con un maletín en la mano dobla la esquina a toda velocidad, a lo lejos.

No es más que un hombrecillo, piensa Kate sobresaltada conforme se acerca.

Solo eso. Un hombrecillo al que su mujer ha despertado en plena noche, con mal aliento y refunfuñando.

Recorre el pasillo deprisa y pasa por delante de Hannah, que le ha abierto la puerta al médico y ahora está pegada a la pared, aterrada, con la cara pálida como la luna.

El médico sigue a Kate en silencio por las escaleras hasta donde yace Mary, encogida, sin gemir ya.

Cuando Charles alza la vista, aliviado, las palabras salen en tropel de su boca en una explicación urgente y confusa de lo que ha ocurrido.

Pero Kate, inmóvil, ve el rostro del médico antes de que este atraviese la habitación, y su expresión de resignación parece arrebatarle de repente todo su valor y la deja en la puerta como un fantasma.

Las cortinas están cerradas ante la luz de la tarde. El cuerpo de su hermana, hinchado y amoratado, yace inmóvil bajo pliegues de seda rosa. A su alrededor, abandonados, hay tubos, bombas, vasos de agua, tapones y vasos medidores.

Charles está tumbado sobre ella, y solo se le ve la nuca revuelta.

Está muerta, se oye pensar Kate. Tienes que levantarte, quiere decirle a Charles. No te puedes quedar aquí.

Charles lleva allí, en la cama, desde el caos de la noche. Ha estado pegado a Mary, frotándole las manos y dándole sorbos de brandi de un vaso cuando Mary podía tomárselos. Hablándole como si fuera una niña.

Al recordarlo, Kate comienza a sudar. No podía mirar a su hermana pequeña, no podía ver lo que estaba ocurriendo.

Y ahora ahí yace, con la mirada perdida y sin respirar.

Kate intenta moverse sobre el satén resbaladizo del edredón para tomar a su hermana en sus brazos y tratar de sentir algo de lo que debería estar sintiendo, pero no hay espacio para ella en la cama.

De modo que retrocede y le da una palmadita en el brazo a Charles, ausente, contemplando los dibujos del armario que se entrelazan con las vetas de la madera.

—¿Cómo vamos a soportar esto? —está diciendo Charles—. ¿Qué vamos a hacer?

Kate no lo sabe. No le funciona el cerebro a la velocidad suficiente como para hallar una respuesta.

Su madre no ha estado allí. No ha podido llegar a tiempo.

Ahora la están reteniendo a la fuerza para evitar que entre en la habitación en la que se encuentra el cadáver.

Para que no corra hacia él, gritando. Kate la oye en el piso de abajo, las idas y venidas de su dolor, lejano, como si perteneciera a una desconocida.

Y a su padre sujetándola, protestando, tratando de razonar con ella.

Charles alarga el brazo, le quita el anillo a Mary, sacándoselo con delicadeza del dedo hinchado, y se lo pone en el suyo.

Kate se da cuenta, desde esa extraña distancia desde la que observa todo lo que está sucediendo, de que Charles está llorando.

Nunca antes lo ha visto llorar, con el rostro desfigurado de ese modo.

Charles la agarra de la mano y se la aprieta con fuerza.

Kate se sienta en el borde de la cama. Observa el pequeño anillo en el dedo de Charles y se pregunta, ausente, por qué se lo habrá quedado él, por qué no se lo ha dado a ella.

Lo único que puede sentir es el espacio que ocupaba Mary.

En el cementerio, las flores de cerezo algodonosas tiemblan en las ramas.

Está lloviznando. Los parientes le tocan el brazo y le dicen cuánto lo sienten, y Kate asiente y se oye hablar.

Un paro cardíaco, les ha dicho el médico.

Ahora Kate siente que, como respuesta, a ella también se le ha parado el corazón. Se le ha quedado frío como una piedra.

Se ve en el espejo, el rostro pálido y aturdido envuelto en crespón negro. El duelo personificado. Pero, aun así, no siente nada.

«Joven, preciosa y buena», esas son las palabras que han grabado en la tumba de Mary. Charles es quien ha elegido que las tallen en la piedra blanca. Los allegados se enjugan las lágrimas de los ojos.

Charles ha comprado la parcela del cementerio, ha elegido la lápida y la ha pagado.

Dice que, cuando muera, quiere que a él también lo entierren allí con ella, en Kensal Green.

Kate piensa, entumecida, en su familia, la de Charles.

En sus propios hijos, su esposa. ¿Los enterrarán a todos también con él? No hay espacio suficiente.

Fred, cerca de ella, se ajusta con torpeza el brazalete de luto. No parece él en absoluto. Ya no irrumpe en las habitaciones como un perro, enérgico y alborotado; ha perdido toda la alegría. Se limita a quedarse inmóvil, como un chico desgarbado, presa de la seriedad.

Kate alza la vista al cielo. No siente nada en absoluto.

A su alrededor sobresalen del suelo cruces y pilares de piedra: un mar de objetos extraños. Cada uno de ellos, una persona.

Se ocupa de Charley, lo acaricia mecánicamente mientras se lo pega al hombro.

Ayuda a Betsey con los bebés. Le busca un pañuelo limpio a su madre.

Escucha a Charles hablar con los allegados que le aprietan la mano.

Charles dice que han perdido a un ángel.

Que las últimas palabras de Mary fueron sobre él, que es su único consuelo.

Que Mary se cayó de espaldas a sus brazos por las escaleras mientras iba a la cama, y murió allí, abrazada a él. Sin preguntar por nadie más.

Kate no recuerda que dijera unas últimas palabras. Tal vez no las oyese. Pero Charles parece muy seguro, totalmente convencido de que Mary se las susurró a él. Y ahora todo está bajo agua, desde que vio a Mary en las escaleras. No confía en su memoria.

Por primera vez que Kate recuerde, Charles no ha podido trabajar.

No ha hecho más que sollozar, tumbado en la habitación de Mary.

Todo es «hemos», en plural. «Hemos sufrido una gran pérdida».

«Hemos perdido a una hermana». «Hemos perdido a nuestro ángel».

La infancia de Kate con Mary parece escapársele, absorbida y destruida en el torbellino del sufrimiento de Charles.

Más tarde, en Brompton, Kate va al piso de arriba para tratar de encontrarla.

Recorre el pasillo y se acerca al dormitorio de Mary.

La puerta está entreabierta. Mira el interior, la quietud absoluta de la habitación.

El cepillo de Mary, con pelos oscuros enredados en las cerdas.

Su osito de peluche sentado en la cama, rígido e inexpresivo.

Sus zapatos de baile, que aún mantienen la forma de su pie.

«Me aprietan —dice la voz de Mary—. Déjame probarme los tuyos».

Kate cierra la puerta y va al piso de abajo para ayudar a Ruth con los platos. Se agarra con cuidado a la barandilla mientras baja los escalones, ya que no termina de confiar en que esté en su propio cuerpo, ni en que las piernas le vayan a obedecer.

De camino a casa, en el carruaje, Charles le aprieta la mano, con el anillo de su hermana resplandeciente en el dedo.

Pero lo quiero yo , dice una voz en algún rincón de la mente de Kate, tan remoto que apenas distingue las palabras.

Quiero ponérmelo yo. ¿Por qué lo tienes tú? ¿Por qué se lo quitaste?