La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

¿Se está imaginando los susurros tras las manos, las miradas furtivas que le lanzan?

Quiere gritar que ella es feliz. Que son felices.

Se inclina hacia Charles, sonriente, pero él está girado hacia Mary, que está diciéndole algo al oído.

Ve que a Charles se le arruga el rostro de la risa, y la expresión pícara de Mary, la alegría por su propio poder en los ojos.

Juntos, su marido y su hermana son como dos niños que comparten bromitas.

Kate se pregunta, de pronto, cuándo fue la última vez que hizo reír a Charles.

Si lo ha conseguido alguna vez. O si siempre es ella la que se ríe.

Puede hacerlo sonreír, puede hacer que la desee, puede enorgullecerlo, puede hacer que se muestre cariñoso o emotivo, puede darle un hijo, pero no puede hacerlo reír.

Es cierto. La aguda siempre ha sido Mary.

Sabe ser afilada, como su madre, pero blande su arma con delicadeza. Kate siempre ha sido la hoja roma.

Está encantada de tener a Mary con ellos, de que haga reír a Charles, para que ella pueda pasar tranquilamente a un segundo plano, que es donde le gusta estar, compartiendo la diversión que crean ellos dos con sus planes y sus juegos, e intentando, en la medida de lo posible, contribuir con los suyos.

Solo a veces siente algo más. Una punzada.

Mary es suya, se dice. Siempre lo ha sido.

De vuelta a casa, en el carruaje, le agarra la mano a su hermana.

—Estás helada.

—Un poco.

—¿Quieres que vayamos de compras mañana?

—Sí, vale.

—Conozco una nueva sombrerería en la que venden sombreros con plumas.

Mary sonríe en la oscuridad del carruaje y apoya la cabeza en el asiento blando.

—Me encantaría tener uno.

—Mary, no tienes buen aspecto —interviene Charles—. Te estamos agotando al ir tan a menudo al cine y a conciertos. A veces se me olvida lo joven que eres.

—Estoy perfectamente —responde Mary—. Es solo que estoy cansada. Tu obra no tendría que haber sido tan graciosa, Charlie. Me has dejado agotada de tanto reírme.

Cuando llegan al vestíbulo oscuro de casa, en Doughty Street, y Charles sacude el paraguas para secarlo, ya es casi la una.

Kate se quita el tocado y luego se lo quita a su hermana.

Es cierto que, a la luz de la lámpara de aceite, Mary parece tener mala cara.

Tal vez Charles tenga razón. Solo tiene diecisiete años, aún es casi una niña.

A veces se les olvida. Kate depende de ella de un modo que quizá no sea conveniente.

Y él también. Charles se quita la capa y la cuelga en el perchero.

—Creo que será mejor que me acueste —dice Mary.

—Estás agotada —contesta Charles—. Descansa, Mary. Kate te subirá un poco de té.

—No, no te molestes, Katie. Voy a dormir directamente.

—Mañana quiero leerte un poco más de mi Oliver —le dice Charles—. Después de almorzar, tal vez.

—Ay, sí, por favor —responde Mary—. Me encanta.

—A mí me asusta —dice Kate—. Apenas puedo respirar mientras lees. Ahora subo a darle un beso al bebé.

El reloj del vestíbulo da la una. Mary vacila en el primer escalón.

—Bueno, buenas noches.

—Que duermas bien.

La silueta menuda de Mary desaparece. Kate ve a su marido seguirla con los ojos mientras se aleja. Deja el bolso en la mesa del vestíbulo, se quita la capa y la deja junto a la de Mary, en los ganchos de detrás de la puerta.

Todos los criados se han acostado ya. La casa está en silencio.

Charles está inclinado sobre el cajón, guardando las fichas con las que les permitían entrar al teatro.

Kate se acerca y lo agarra de la mano, se la detiene en pleno movimiento, y hace amago de besarlo.

Pero Charles se aparta, inseguro. Ya habían acordado que no lo harían mientras Kate estuviera embarazada.

Pero en ese momento Kate quiere que centre toda su atención en ella.

Quiere reforzar la felicidad de ambos, sentirla en el tacto de Charles.

Tal vez no pueda hacerlo reír, pero hay cosas que solo ella puede hacer.

Puede calmarlo, sosegarlo, llevarle la fría palma de la mano a la frente.

Puede hacerlo entrar en calor, y alimentarlo, y alimentar su deseo.

Puede comunicarse con él en ese lenguaje secreto que comparten, en el que solo ella puede hablarle.

Charles la observa en la penumbra, contempla su figura. Y luego apaga la lámpara de aceite y vuelve a empujar el cajón de la mesita para cerrarlo. Se acerca a Kate y ella permite que le suba las faldas por las piernas en el vestíbulo oscuro y la empuje contra las capas colgadas en la pared.

Kate se despierta en la oscuridad más absoluta. Un estruendo en el piso de abajo. Fred, piensa, adormilada. No, Fred no está en casa. Mary sí. Están en la nueva casa. Mary está en la habitación contigua, en su cuartito. Charley está en el cuarto de los niños.

Se incorpora. Algo va mal, está segura. Charles está roncando suavemente a su lado.

Le lleva una mano al pecho y la posa allí con delicadeza, sintiendo su ascenso y su descenso, pero Charles no se inmuta.

Podría despertarlo, pero le cuesta mucho dormir, y Kate ni siquiera está segura de haber oído algo.

Lo más probable es que sean los basureros, que han venido a recoger los desechos de debajo de la casa.

O alguien del servicio, que no puede dormir.

No hay ni una pizca de luz; las cortinas del dormitorio están bien cerradas para que no entre corriente. Kate se levanta, atraviesa el cuarto a tientas, en dirección a la puerta, y casi se tropieza con la tina. Se toca el vientre y nota al bebé agitándose.

En el pasillo hay una figura blanca y borrosa.

—¿Quién anda ahí? —pregunta Kate casi sin voz, aún ronca por haber estado durmiendo—. ¿Quién anda ahí?

—Soy yo.

No es más que Mary, con el camisón y la bata. Kate exhala.

—Mary, ¿no puedes dormir?

—Me cuesta… Me cuesta respirar.

Se apoya contra el marco de la puerta con la mano, tambaleante.

Kate se acerca a ella todo lo rápido que se atreve a oscuras y le quita la vela apagada que lleva en la mano.

—No pasa nada —le dice—. No pasa nada.

Agarra a su hermana del brazo, se la lleva al salón, que está vacío, y la acompaña al sillón que hay junto a la chimenea. Bajo el resplandor de la ventana, tiene el rostro completamente blanco. Y unas ojeras violáceas.

—Siéntate —le pide Kate—. Siéntate aquí un momento. Me da a mí que te hemos dejado agotada.

—No.

—Que sí. Voy a traerte algo. Un vaso de agua. Espera.

—No, no me dejes aquí sola. En un segundo me recupero.

Permanecen allí durante un rato, en silencio, mientras Mary, en el sillón, inhala y exhala con dificultad, deprisa, y Kate se queda agachada a su lado.

La luz de la luna ilumina de un modo extraño los objetos de la habitación y acentúa su novedad.

Destaca cosas que se pasan por alto a la luz del día.

El brillo del barniz del tocador, el borde de una copa de oporto.

Al otro lado de la ventana, los árboles están completamente inmóviles, como el decorado de un teatro.

—Ya estoy bien, creo.

Mary esboza una sonrisa repentina, sin aliento, que se convierte en una risa ahogada.

—Menos mal.

Kate también se ríe por el alivio. Su voz suena fuerte en el silencio de la habitación.

—No podía… Apenas podía respirar —dice Mary.

—Ya. Supongo que habrás tenido una pesadilla.

—Sí.

—Y te ha dado un soponcio.

Es lo que solía decir su padre, y de algún modo resulta reconfortante.

—Sí, eso parece.

—¿Seguro que no quieres que te traiga un poco de agua?

—No, no. Siento haberte despertado.

—No te preocupes, no pasa nada —le asegura Kate y le da un beso en la frente fría—. Puedes despertarme siempre que lo necesites. A mí y a Charles.

—Gracias.

—¿Te acompaño a la cama?

Kate la agarra de la mano para ayudarla a levantarse y está a punto de chillar en la oscuridad. Mary tiene las manos hinchadas, todos los dedos gruesos y abultados, con un tono morado. Se las suelta, sorprendida, y le caen de nuevo a los costados, flácidas.

—Mary. Tus manos.

—Ya lo sé.

—¿Cuándo se te han puesto así?

—Pensaba que se… que se me pasaría solo —responde Mary—. Se me ponen así a veces, por la noche. Pero luego… se me pasa.

Se le ha vuelto a agitar la respiración, se le acelera como un carro descontrolado bajando una colina, y de pronto la acompaña un ruido áspero, casi como un chirrido.

—Siéntate otra vez, siéntate. Tenemos que llamar a un médico. Respira más despacio.

—No puedo… No puedo… No…

Vuelve a sentar a su hermana y le sostiene la cara con las manos.

—Respira. Eso es. Despacio. Inhala y exhala.

Se fija, con un sobresalto, en que se le está poniendo morada la piel de alrededor de los labios, de un color tan intenso como una mancha de bayas.

—Mary. —Kate articula la palabra, pero no emite ningún sonido—. Mary.

No, no, no, piensa. Todo estaba empezando a estar bien de nuevo.

—El corazón —está diciendo Mary—. El corazón.

—¿Qué pasa? ¿Dónde? ¿Qué quieres decir?

Kate le lleva una mano sudorosa al cuello para comprobarle el pulso. Le late desbocado. No mantiene un ritmo constante, sino que se le acelera, se agita y luego se detiene durante unos segundos. Kate retira la mano.

—Quédate aquí. No te muevas.

Kate se tambalea hacia las escaleras con las piernas temblorosas, tratando de ir a por Charles, pero él ya está bajando las escaleras, diciendo algo, preguntándole qué está pasando.

Kate no habla, pero lo lleva hasta Mary, que se ha desplomado hacia un lado en la silla y respira como si tuviera un metal chirriante en el pecho. El tono morado se le sigue extendiendo por la cara y forma vetas sobre la carne.

—No puede… —La voz de Kate no tiene ninguna fuerza—. No puede…