KATE
KATE
Mantequilla maître d’hôtel
Poner medio kilo de mantequilla fresca en un plato,
el zumo de dos limones y dos cucharadas grandes de perejil picado,
media cucharadita de sal y la mitad de esa cantidad de pimienta.
Mezclar todo bien y guardar en un lugar fresco para su uso.
P or toda la casa resuenan los martilleos y los golpes y el ruido de los embalajes al abrirse y revelar espejos enormes para el vestíbulo o la repisa de la chimenea.
Charles no soporta el caos y el estruendo, de modo que escribe tres páginas de instrucciones complejas y detalladas, se las deja a Kate en el escritorio y se marcha a su club.
Kate está enamorada de su nueva casa. Le encanta todo sobre ella.
Quiere sumirse en ella. Huele a madera nueva, a barniz y a pintura.
Hay una gran puerta principal con unos escalones delante, barandillas de hierro forjado negro y un picaporte de latón.
Y un cuarto para los niños en la buhardilla, en una habitación con techo en pendiente y una ventanita alta para que no corran peligro.
Hay espacio para los criados, para cuando Fred vaya de visita, para pasar el rato con juegos en el salón después de cenar y para que Charles escriba sin que lo molesten.
En la primera planta hay un dormitorio para Mary, con una ventana que da al jardincito londinense bien cuidado, con sus macetas y sus arbustos aromáticos de romero y lavanda.
Y hay una cocina en la que se cuela la luz amarillenta por las tardes y lo baña todo con su cálido resplandor.
Con una amplia mesa de madera, un asador, un estante con sartenes, c omida envuelta en paños y ramilletes deshidratados de plantas aromáticas.
Están buscando a una cocinera, porque una no puede tener una casa así sin una cocinera.
Kate encontrará a alguien servicial. Al fin y al cabo, es su cocina.
Si quiere preparar unas tostadas de caballa o un postre experimental que no esté del todo hecho por dentro, puede hacerlo.
Claro que puede. Ya está planeando las cenas que va a celebrar, cenas para ocho o diez personas, no solo para cuatro o cinco, que se sentarán alrededor de su nueva mesa de caoba.
Gente del mundo literario y otros amigos inteligentes de Charles, y viejos amigos de la familia Hogarth.
Tal vez sus padres vayan de visita una tarde, y entonces ella podrá asombrarlos con recetas complejas, sirviéndoles mantequilla maître d’hôtel en lugar de la normal y añadiendo platos extravagantes: queso fundido, berros y ensaladas bañadas en un dulce aderezo español.
Tal vez eso la ayude a deshacerse de la etiqueta de «indolente» que aún, en secreto, le abrasa el alma.
Y, de todos modos, ya tiene bastante con lo que mantenerse ocupada fuera de la cocina por ahora, puesto que requiere bastante trabajo ordenar todo lo de la mudanza, dirigir a los hombres con las cajas, imprimir tarjetas que indiquen su nueva dirección e ir a comprar alfombras para el salón y una pantalla para la chimenea del comedor.
La casa le recuerda a un panal de abejas, con tanto movimiento constante, tanta agitación, tanto por instalar y crear y hacer.
Y, por supuesto, está embarazada de nuevo, así que tiene que descansar mucho.
Una Katey , piensa, a juego con su Charley.
Le gusta la costumbre de llamar a los hijos así.
La armonía. En el parto aún no piensa. Ya lo ha hecho una vez y logró recuperarse. Puede hacerlo de nuevo.
Ahora no para de llegar dinero, tan rápido como Charles pueda llenar la página de tinta, y permite que Kate lo gaste.
Charles deja por escrito los detalles de lo que hay que comprar, el color y la marca de las alfombras, el tipo de reloj que hace falta para el vestíbulo y la madera con la que debe estar fabricado…
Escribe cheques a su nombre con los que Kate puede pagar, como esposa suya que es.
Y ella se recorre Londres haciendo pedidos con su lista, meticulosamente precisa y deliberadamente austera.
Ha entendido que el dinero siempre conlleva ciertos riesgos, que siempre se topará con unos labios fruncidos si algo ha costado más de lo esperado.
Cuando el cordero lechal le sale demasiado caro, Charles se toma la mañana libre en el trabajo y se la lleva por la ciudad para mostrarle la carnicería que tiene los mejores precios.
La amenaza siempre está presente, al parecer, por muy alto que llegue Charles.
Está entretejida en su vida cotidiana. El miedo a la deuda les acaricia los pies como una corriente que amenaza con arrastrarlos si Charles deja de escribir durante un mero instante.
Además de esos libros que apenas es capaz de escribir lo bastante rápido como para cumplir el contrato, Charles ha escrito también una obra que van a representar en el teatro.
Es corta, una comedia, para antes de la función principal de la noche.
El pequeño trío, Charles, Mary y ella, van a verla, y Kate se recuerda a sí misma cuando era niña, con su mejor vestido de seda verde en el teatro, teniendo que rechazar a unos pretendientes con mentes lentas y ojos esperanzados.
¿Cómo se habría sentido si hubiera sabido entonces que se acabaría casando con este hombre, con la estrella de Londres, y que llegaría al teatro agarrada de su brazo?
La esposa del dramaturgo. Sabe que es pura vanidad, y que debería reprimirla cuanto antes, pero de tanto en tanto deja que sus ascuas resplandezcan en su interior, cálidas y gratificantes.
Deben centrarse en estas cosas, celebrarlas juntos, piensa Kate.
No dejar que la preocupación extienda su fina y perturbadora red sobre ellos.
Preocupación por los padres de Charles, que siempre amenazan con arrastrarlo al desprestigio.
Por lo enfadado que está él siempre, por la infancia que tan solo permite que Kate vea en pequeños destellos.
Por la hermana de Charles, siempre tan delicada.
Por los gastos, y por la facilidad con la que Charley se resfría, y por la mirada indecisa y perdida de Fred.
Kate quiere ignorarlo todo, apartarlo como quien barre el polvo de la cocina, y dejar solo los momentos en los que pueden ver y sentir lo bueno de la vida.
Mary, con sus bromas, su juventud, su alegría, se sitúa entre ellos y evita que a Charles y a ella les afecten los problemas del otro, y lo vuelve todo más fácil.
Kate lo sabe, y debe reprimir esos celos infundados.
Este año está haciendo una primavera fría, con chaparrones repentinos que salpican las aceras y luego dan paso a fuertes ráfagas de viento.
Mary se envuelve bien con la capa mientras se bajan del carruaje, y Charles le tiende la mano para ayudarla.
Kate los sigue, ajustándose los guantes, fingiendo no ver todas esas caras que se giran al pasar.
Se abren paso a través de la multitud reunida delante de la entrada.
Kate ya está más que acostumbrada a todo eso, a las miradas furtivas, a los saludos entusiastas esporádicos de alguien a quien no recuerdan.
Los enérgicos apretones de manos. El modo en que la gente le clava la mirada a Charles y a ella la ignora, como si no estuviera.
Empieza a entender la fama como una admiración unilateral, una historia de amor apasionada de la que una de las partes no es consciente.
En el interior del teatro ya hace calor y huele a cera derretida mientras se sientan en el palco. Kate se abanica y baja la vista al programa que tiene en el regazo.
Is She His Wife? Or, Something Singular!
Anuncian a Boz, el autor, entre montones de signos de exclamación.
Qué título tan curioso, piensa Kate. «¿Es su esposa?
». ¿Cómo puede dudarse de algo así? O lo es o no lo es.
Le echa un vistazo a su marido, orgulloso, y luego mira hacia delante, al teatro rebosante de vida y color.
Todo el mundo ha venido a dejarse entretener por Charles.
A oír sus palabras inteligentes. Es una obra sobre unos recién casados, según le ha contado él de pasada.
Y entonces, cuando empieza, Kate se da cuenta de que también es una obra sobre la desdicha.
Las disputas entre el señor y la señora Lovetown, sus desgracias, sus incompatibilidades y el rechazo mutuo, todo expuesto por su propio nuevo marido para que se ría todo el mundo.
El frío se le extiende por el cuerpo. Todo el mundo sabe que Charles se ha casado hace poco.
Que ella es su mujer. Ella sabe que Charles escribió la obra mucho antes de que se casaran.
Que no es su propio matrimonio el que se está representando en el escenario con insultos hirientes y frases sarcásticas.
Pero ¿cómo puede demostrarlo? ¿Cómo va a saberlo la gente?
La voz de Charles es la que habla por los dos en el escenario, ante las candilejas, y la gente puede interpretarlo como quiera.
A su alrededor cae una lluvia de bromas.
El público se ríe, y Charles también, y Mary, a su lado.
Kate cierra los ojos y piensa en lo extraña que es la risa.
En que asciende y desciende como una canción, gutural y animalesca.
En la multitud, que parece haberse convertido en una única criatura que responde al unísono.
Qué poder debe de tener Charles, piensa, para ser capaz de invocar a esa criatura de ese modo y hacerla cantar a su son.
Kate abre los ojos y mira los rostros difuminados de los actores y las actrices, con sus vestidos borrosos, y, cuando se asegura de que nadie la está mirando, entorna los ojos para verlos con más nitidez.