KATE #4
Aunque no puede alimentar a Charley, empieza, al menos, a conocerlo.
A permitirse posar la mirada sobre él, vacilante.
A no apartar la vista cuando vuelve a sus brazos con la leche de otra mujer burbujeando aún en los labios.
Empieza a sostenerlo, a sentir su peso contra su cuerpo.
A observarle el remolino del pelo, las arruguitas del cuello.
El modo en que extiende los brazos hacia los lados cuando se sobresalta, como un actor expresando sorpresa.
Por las mañanas, mientras Charles escribe, Kate y Mary se sientan juntas en el jardincito con un cuenco de manzanas y Charley entre ellas. Kate está tejiendo un nuevo gorro de ganchillo para el bebé, enrollándose el suave hilo azul en la mano. Ve a Mary acariciarle la barriguita a Charley.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunta Kate—. ¿Cómo sabías que en Chalk mejoraría?
Mary, al lado de Charley, sobre la manta, alza la vista hacia ella.
—Pues porque te conozco —responde, pegándose las rodillas al pecho y apoyando la barbilla sobre ellas.
Se inclina hacia delante y le hace una pedorreta al bebé en el cuello, que se vuelve loco de alegría. Kate pasa el hilo por arriba y por debajo una y otra vez, sosteniendo el gorrito contra el pecho, creando la forma redondeada de la cabeza de Charley con las manos.
Los tres van paseando hasta Gravesend para cenar, con Charley a cuestas, en una especie de arnés creado con un chal.
Encuentran una taberna y se sientan en el rincón, junto a la chimenea, con jarras de cerveza y un estofado salado que les sirven en cuencos desconchados.
Mary imita al dueño, que habla con una voz muy aguda y llama a Charles «señor Dickin», y Charles escupe el panecillo de la risa.
Kate vuelve a pensar en cuando su madre dijo que era vulgar, y luego se da cuenta de que ya no le importa.
Que quiere estar con los dos, con Mary y con él, que son suyos, con sus risas estridentes y desenfadadas y sus juegos confusos, y que, si están juntos, esas dos personas harán que siempre salga todo bien al final.
Puede que Charles no se dé cuenta, pero Mary sí, siempre.
Si recae. Si vuelve a sentir que se está sumiendo en esa tristeza extraña e inquietante.
Vale la pena, ¿no? Por tener un bebé. Un bebé suyo de verdad, que gorjea y le chupa el cuello con esa boquita suave y que huele a todo lo bueno del mundo, a vainas de vainilla y a tardes de verano y a galletas calentándose en el horno.
Solo necesita saber cómo recuperarse. O que Mary lo sepa por ella.
Pero, aun así, sigue habiendo un agujero.
Una herida que no ha terminado de sanarse con la brisa marina.
Kate no ha olvidado las palabras de Charles.
Lo frágil que ha sido su fe en ella. La ansiedad por no ser una buena madre moldea la alegría que le proporciona el bebé.
Ahora forma parte de la esencia de esa alegría.
Salen a pasear los dos solos, Charles y ella, y llegan hasta Gad’s Hill.
Kate lleva a Charley bien envuelto en el chal.
Hablan de temas triviales: de las verduras que estarán en temporada a principios de primavera, de la búsqueda de una nueva casa.
De las cartas que les manda Fred desde el campo y de que nunca se toma nada en serio.
Se detienen delante de la gran casa que Charles le enseñó cuando estuvieron de luna de miel, con la que tanto había soñado de niño, y la contemplan bajo la luz de la tarde lluviosa.
Charles posa la mano sobre la de Kate, apoyada en el muro. La está observando con cautela.
—Me alegro mucho de que estés mejor.
—Sí que lo estoy, y mucho.
—Te he echado de menos.
—Lo sé. Ya me vuelvo a sentir como siempre.
—Menos mal. Sabía que volverías. Mi pequeña Kate, tan sensata.
Charles alarga el brazo para recolocarle el gorrito al bebé, que se le había caído hacia delante y le tapaba los ojos.
Hay cosas de las que no se habla, piensa Kate. Traiciones que no puede verbalizar. Una tristeza abrumadora que la ha marcado por dentro y lo ha teñido todo. Incluso a Charles, con su mirada tierna y sus palabras cariñosas.
—Estaba preocupado por ti —le dice ahora.
—Ya no hay por qué preocuparse.
Kate esboza una sonrisa radiante.
—Así me gusta.
Charles contempla el pálido círculo de la rotonda que tienen delante, con los árboles aún chorreando por la lluvia. Dos gorriones picotean la hierba con timidez.
Kate siente el impulso repentino de tenderle la mano a través de la sombra de la distancia que los separa.
—Me sentía… No sé cómo me sentía —dice—. Pero no me encontraba bien.
—Pero ahora estás mejor.
Habla con una firmeza en la voz que requiere que se le dé la razón.
—Sí.
—Mary es un ángel.
—Y tanto.
—¿Podría quedarse con nosotros? Si tus padres pueden prescindir de ella. ¿Podría?
Kate siente las lágrimas brotar y parpadea para contenerlas.
—¿Quedarse a vivir con nosotros?
—¿Por qué no? Tendremos espacio en Doughty Street. Puede ayudarnos con Charley, y ser nuestra hermana.
Kate vacila durante un segundo ante sus palabras. ¿«Ser nuestra hermana»? Es que es mi hermana, piensa. Ya es mi hermana. Pero la alegría se impone ante ese pensamiento.
—Me encantaría —dice, y de repente no puede dejar de sonreír, y lo repite para que Charles esté completamente seguro de que lo dice en serio—. Ay, Charlie, me encantaría.
—Fantástico —dice Charles—. Le escribiré a tu padre.