La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

Mary lleva al bebé en brazos, envuelto en mantas, como un paquete.

Mientras la diligencia traquetea en dirección a la costa, Kate apoya la cabeza en el hombro de su marido y deja que el movimiento de las ruedas la adormezca.

Cuando se despierta, ya es por la tarde y el sol se está ocultando tras los campos.

A lo lejos, el ancho Támesis se extiende hacia las marismas y más allá.

Los pescadores están recogiendo los espadines.

La cabañita, donde vivieron esos días tan perfectos, sigue allí, junto a la carretera, pequeña, limpia y ordenada, como si la hubiera estado esperando todo este tiempo.

Cuando bajan del carruaje, entre los gritos de los hombres sobre el equipaje y los caballos, Charles extiende una mano para ayudarla y le lleva la otra a la parte baja de la espalda, tal y como hizo casi un año atrás.

—Señora Dickens —le dice, y percibe una suavidad en su voz que llevaba tiempo sin oír.

Las cintas del tocado de Mary ondean al viento.

—Así que aquí es a donde os escapasteis en vuestra luna de miel.

—Sí.

Kate inspira el aire fresco de Kent.

Charley se agita en los brazos de Mary y deja escapar un lloriqueo quejumbroso.

—Shhh, Charley —le dice Mary—. Venga, vamos a ver la cabaña y tu camita.

Kate la ve llevarse el bebé al hombro, le ve la espaldita redonda mientras apoya la cabeza contra el cuerpo de su hermana.

El viento le azota la manta de punto y le desprende una esquina, y Kate extiende la mano por instinto y se la vuelve a remeter.

Ve que Mary se da cuenta del gesto y le lanza una mirada rápida a Charles.

Charles se adelanta con las bolsas y, con un chirrido, abre de par en par la puerta blanca de madera de la cabaña que da a la habitación silenciosa.

Es todo tal y como Kate lo recordaba. Sencillo y reconfortante.

Sigue oliendo a jabón. La vajilla los espera en el armarito.

Las paredes parecen albergar aún algo de su antigua felicidad, como si todo lo que ocurrió allí hubiera penetrado en ellas y las hubiera transformado de alguna manera.

Mary entra con Charley y se lo pasa a Kate, que lo sujeta mientras siente que sus deditos se aferran a su chal.

Lo nota más robusto y pesa más de lo que recordaba.

Charles se marcha escaleras arriba con las bolsas, rápido e inquieto como siempre, y las deja a las dos allí de pie, juntas, Kate con el bebé en los brazos, y la nodriza aún en el vano de la puerta, vacilante.

—Qué casita tan ideal —dice Mary con una voz alegre.

Es tarde, ya ha pasado la hora de cenar.

Por la habitación se extienden sombras alargadas.

Kate siente las garras del hambre por primera vez desde hace semanas.

No tiene ni idea de qué van a comer. Pero Mary enciende una vela y la deja a un lado, y Kate ve que de alguna manera ellos, Mary y Charles, se han encargado de que les dejaran comida.

En la superficie de madera de la cocina los espera un cuenco con pescado.

Espadines. Kate está segura de que son frescos, de que los han pescado ese mismo día.

También hay patatas. Dos limones. Una porción de mantequilla blanda.

Espárragos frescos y firmes. Una cebolla.

Kate se queda ahí mirando la comida, sin saber qué hacer.

—Espero que puedas ocuparte tú de todo eso, Katie —dice Mary mientras se lleva a Charley de sus brazos con soltura y se sienta a la mesa, acariciándole la coronilla—. Charles está ya harto de mis intentos de cocinar. ¿Por qué huele tan bien tu hijo?

Kate oye a Charles arrastrando los muebles en el piso de arriba, colocándolos a su gusto.

Mary la está observando desde la silla.

—Por favor, cocina tú, Katie. Ya lavaré yo todo luego.

Kate quiere irse al piso de arriba, meterse en la cama y no salir jamás.

—Por favor, Katie.

Kate saca el cuchillo. Se acerca una tabla de madera de roble. Toma aire.

En un movimiento cuidadoso corta la cebolla a lo largo y le llega su olor dulce y penetrante. Mary finge no estar observándola desde la silla.

Al principio le tiemblan las manos mientras las pasa de un ingrediente a otro. La carne fresca del pescado. La mantequilla que se desliza por la sartén. Luego se va sintiendo más segura. Tanteando el terreno. Recordando quién era.

La nodriza se aloja en la misma calle, un poco más abajo, y Mary ha alquilado una habitación en una casa de allí cerca.

Cuando el tiempo lo permite, Kate se sienta en una silla en el jardín, enterrada bajo las mantas.

Deja al bebé tumbado en un edredón delante de ella, dándole pataditas al cielo.

Por primera vez en semanas, Kate no quiere llorar al verlo.

Mary le trae cosas de la casa, tazas de té o fruta que encuentra en el pequeño mercado de Gravesend.

Kate va reviviendo poco a poco, como si estuviera entrando en calor, recuperando el color de las mejillas.

El aire salobre se adentra en ella y dispersa su tristeza con su bravura.

Cocina todos los días: huevos con beicon y tostadas con mantequilla para desayunar, relucientes, y pescado fresco para cenar.

Apio, judías, cebolla y coles del huerto de la casita.

Prepara el haggis tal y como le ha enseñado su madre, con nuez moscada y cilantro y cocinándolo a fuego lento en caldo.

Cuando Charles vuelve a casa de sus paseos y lo saborea, Kate recuerda lo que se siente al alimentarlo.