KATE #2
Dos semanas después del parto, el cuerpo de Kate empieza a dejar de producir leche.
Charley le mordisquea el pezón con frenesí, arqueando el cuerpo como un cerdito tieso.
Pero no sale nada. Kate se incorpora en la cama un día tras otro y Charley le retuerce los pezones sangrantes para un lado y para el otro, y luego se lo llevan y lo vuelven a traer y, cuando no la ve nadie, las lágrimas le recorren la cara.
Se bebe las incontables tazas de la amarga infusión de cardo bendito que le llevan e intenta aplacar la dolorosa sensación de angustia que le produce no poder hacer justo lo que debe hacer una madre.
—Cálmate, Kate —le dice su madre—. Que te estás dejando llevar por la autocompasión.
—Mamá —interviene Mary al instante—, sé buena con Katie. No es culpa suya.
—¿Puedo salir a tomar el aire?
—Tienes que quedarte aquí, ya lo sabes —le recuerda su madre—. Puede que te siente mal moverte. Debemos seguir los consejos del médico, sobre todo teniendo en cuenta que nada está yendo como debería.
Las palabras le duelen como moratones. Su madre se lleva la taza de Kate y la deja sobre el platillo.
—Vamos a tener que buscar a alguien —dice—. No podemos seguir así. Charley sufrirá las consecuencias.
—No, por favor. Por favor. Una nodriza podría traer enfermedades o… o cualquier cosa. Podría…
—Encontraremos a la candidata ideal.
—Charles ya ha ido a ver a una familia que tal vez tenga a alguien, Katie —le explica Mary—. Ha dicho que los bebés parecían robustos y saludables. Y la chica era agradable y los quería a todos. Ha dicho que lo tenía todo tan limpio que se podría comer en el suelo.
—No —insiste Kate—. Por favor, no.
—Tienes que parar, Katie, y dejar que alimenten a Charley —dice Mary, ansiosa—. Es necesario.
—Dejad que siga intentándolo un poco más. Por favor.
Su madre se gira con brusquedad desde la ventana.
—Kate, no has podido darle el pecho al bebé. Hay que pagar a alguien para que se encargue de ello o Charley no se desarrollará bien, o peor, morirá. A Charles no le hace ninguna gracia el fracaso ni el gasto que supone, pero, en cualquier caso, así son las cosas.
Se lleva al bebé de los brazos de Mary y sale del dormitorio, tensa y exasperada.
Kate permanece en la cama, inmóvil, mientras la embarga la angustia, una oleada de tristeza turbia y difusa. Siente que la delgada mano de Mary le agarra la suya.
—No me querrá.
La almohada ahoga las palabras.
—¿Quién?
Kate se refiere a los dos, pero dice:
—El bebé —responde entre sollozos desconsolados—. Si no le doy el pecho. No va a saber que… No sentirá que soy su madre.
Mary se sienta en el borde de la cama como un pajarillo.
—Pues claro que lo sabrá. —Le da unas palmaditas suaves a su hermana en el hombro—. No digas eso. Te querrá. Estoy segura.
En algún lugar, al final de un túnel, el bebé parece satisfecho al fin, dormido, embriagado por la leche, en los brazos de la nodriza, o pasando de su abuela a su padre y a su tía como un paquete.
Kate no es capaz de levantar la cabeza de la almohada para sostenerlo; no soporta mirar a la chica que está sentada en su lugar con el bebé colgado del pecho.
La chica tiene el rostro rosado. Es bajita.
Un poco rechoncha. No puede ser mucho mayor que Kate.
Se pregunta qué la habrá conducido hasta allí.
A llevarse al niño de otra mujer al pezón y alimentarlo.
¿Dinero? ¿Desesperación? La envidia la corroe, una emoción tan cruel que no puede reconocerla como propia.
Su madre le pregunta por qué llora mientras arma un alboroto en el palanganero, colocándolo todo en el orden equivocado, de modo que, cuando Charles vaya a la cama más tarde, tendrá los labios fruncidos y estará tenso.
¿Acaso no quiere que su bebé crezca bien?
¿No quiere que lo alimenten? ¿No se da cuenta de la suerte que tiene por que su marido pueda permitirse pagar a una nodriza?
Pero da igual lo que deba querer o pensar, porque sus lágrimas se niegan a escuchar.
No dejan de brotar, de recorrerle el rostro desesperadamente, de modo que ya no parecen conectadas a nada, sino que tan solo la empapan de tanto en tanto por voluntad propia.
Oye a Mary, su hilo de voz suplicante.
—Katie, por favor, levántate. Te vendría bien. Estoy segura. Por favor.
—No puedo.
—Pero es que estoy convencida de que te haría sentir mejor.
Su madre intenta que Kate espabile con una actitud tajante, exasperada, o con regañinas periódicas, como si fuera una niña que se niega a escuchar.
Sabe que debe contener las lágrimas, por Charles.
Teme que piense que es débil o, lo que es peor, una mala madre, pero al parecer no es capaz de recuperar el control.
Mary es la única que le permite llorar; le rodea los hombros con sus delgados brazos mientras jadea y le aparta el pelo húmedo de la cara.
—No pasa nada, Kate. No pasa nada. ¿Te preparo algo rico de comer?
Kate oye a su antiguo yo en la voz de Mary. La Kate que se ocupaba de Georgy, de Helen y de Mary cuando se encontraban mal, que jugaba a ser una madre.
Charles, con los ojos cansados, se sienta con ella por las tardes y la toma de las manos a oscuras.
—Come algo, ratoncito.
—No quiero.
—Es necesario.
Kate abre la boca, obediente, y nota la avena grumosa, espesa e insípida en la lengua hasta que se obliga a tragársela.
—Eso es —le dice Charles mientras deja la cuchara—. ¿No quieres sentarte, Kate?
Kate cierra los ojos y se desentiende del esfuerzo que supone hablar con él.
—Kate —insiste Charles—. ¿Te puedes incorporar, al menos?
Tras sus palabras se vislumbra la irritación.
Kate oye el chirrido de la silla cuando se levanta Charles.
—No puedo trabajar con esta preocupación constante, Kate. No entiendo por qué te cuesta tanto incorporarte un poco. Intentarlo al menos. Solo un poco. —Se aparta el pelo de la frente, nervioso—. Tengo fechas de entrega y contratos que no puedo cumplir.
Kate mueve la boca para articular unas palabras que brotan con dificultad.
—Quiero hacerlo.
Charles la mira desesperado.
—No basta con quererlo, Katie. ¡Tienes que hacerlo!
Kate aparta la cara, desconsolada.
—¡Es un asunto muy serio! ¡No voy a aceptar un «no» por respuesta!
A estas alturas ya está enfadado. Su madre y Mary permanecen en silencio en la habitación de al lado.
—¡El médico dice que estás bien! Que no tienes ningún problema físico. Tienes que levantarte antes de que termine la semana o lo consideraré una gran debilidad de carácter por tu parte. Consideraré que has fracasado como esposa. Que has fracasado como madre.
Con cada una de sus palabras, las partes de Kate que ya de por sí están fragmentadas y dispersas se alejan aún más unas de otras. Ahora parece que ya no importa si se levanta o no.
Charles se marcha a la sala de estar, rabioso, y cierra de un portazo tras él. A través de las puertas, Kate lo oye despotricar y dar vueltas de un lado a otro, y también las voces conciliadoras de su madre y de su hermana, y las quejas esporádicas del bebé.
—No puedo trabajar —está diciendo Charles—. ¿Cómo voy a trabajar con esta preocupación? ¿Por qué se niega a levantarse? Ha descansado durante cuatro semanas, por lo que ya está fuera de peligro, o eso dice el médico. Hemos hecho todo lo necesario. No corre ningún peligro físico, pero no se levanta.
—No puede, Charles. No se puede levantar —le explica Mary en una voz baja pero firme.
—¡Pero ha de hacerlo!
—Le pasa algo. Esto no es propio de Kate —insiste Mary—. No es propio de ella.
Y luego la voz de su madre, quejumbrosa.
—Siempre le ha costado moverse. Siempre ha sido lenta. Indolente, incluso.
—¡No digas eso de Kate!
—Mary, ¡tú aún eres una niña! ¡No sabes nada del mundo!
—¡Pero conozco a Kate!
—Debemos calmarnos —interviene Charles—. Hay que mantener la calma. Tantas emociones intensas no pueden ayudar a nadie.
Una pausa, larga e inquietante. Kate oye el tictac del reloj de la sala de estar a través de la pared.
—Mary, ¿tú qué opinas? —pregunta Charles, más relajado.
—Creo que deberíamos llevárnosla a algún sitio —oye que dice Mary en voz baja.
—¿De viaje?
—Sí. Para que se airee.
—Iremos a Chalk —decide Charles—. Escribiré para ver si podemos alquilar la cabaña durante un mes.
¿Querrías venir con nosotros, Mary, para cuidarla?
¿Podrías prescindir de ella, Georgina? Podemos ir a la cabaña, con el bebé, si no logro cumplir con algunas de mis responsabilidades antes de que acabe el mes.
—Por supuesto —dice su madre—. Mary debe ir con vosotros.
—Deja que se lo diga yo —pide Mary.
—Mañana por la mañana —dice Charles—. Déjala descansar por esta noche.
Kate cierra los ojos. Chalk. Su camita. La colada ondeando en el jardín. El aire. La casa majestuosa al borde de los campos, aún esperando a que ellos pasen a formar parte de su historia. La historia en la que todo el mundo es feliz y todo es tal y como debería.
Tras las cuatro semanas que ha pasado en cama, Kate se siente las piernas como dos palillos de cera mientras baja los escalones de Furnival’s Inn y sale a la luz del sol.
Repara en que, de algún modo, ya no es invierno, sino casi primavera, en que una estación ha dado paso sutilmente a la otra mientras ella estaba ausente.