La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

–I ntenta darle el pecho, Katie.

Su madre cruza el dormitorio y recoge al bebé. Kate está tumbada, apoyada sobre unos cojines, agotada y conmocionada, con una taza de té en las manos temblorosas.

Está anocheciendo, y la penumbra se extiende por la habitación y proyecta nuevas sombras en los rincones familiares. De algún modo, ahora el pequeño dormitorio parece distinto. Pero es que el mundo ha dado un giro dramático. Nada ha salido como ella esperaba.

Ha sido una noche de dar vueltas de un lado a otro, de sudar y de gimotear, de ver cómo se abría paso por el cielo el amanecer con la cabeza apoyada contra el cristal helado de la ventana, mientras su cuerpo trataba de dividirse en dos.

Un día de murmullos en el pasillo, de idas y venidas más allá de su cama, en los lugares en los que el mundo no se había detenido.

Kate no estaba preparada para eso, para que se le escurriera el autocontrol como el agua y se quedara sumida en su propia oscuridad.

Su cautela, su moderación, su alegría; lo había protegido todo con recelo.

Ahora intenta recuperarlas, pero no sabe por dónde empezar.

Kate se lleva al bebé al pecho y le pega la naricita al pezón, tal y como le han enseñado.

—Así —le dice su madre—. Eso es.

Pero los labios del bebé, que no dejan de buscar con desesperación, no se aferran al pezón.

—Más abajo, Kate.

Pone al bebé en una postura distinta contra el pecho y siente cómo le succiona la piel con la boquita, tanteando a ciegas.

—No puedo —dice Kate—. No…, no se engancha al pezón.

Lo cambia de postura de nuevo.

—Deja que pruebe por sí mismo. Déjalo ahí. Ahí.

Un dolor abrasador como el fuego. Y luego nada. El bebé se separa y deja escapar un ruidito de insatisfacción por el fracaso.

—Quizás es que los dos estáis demasiado cansados —sugiere su madre.

—No. Ya… Ya lo teníamos, estoy segura. Espera…

Kate lo intenta de nuevo, pero el bebé, inquieto, gira la carita de un lado a otro como si quisiera librarse de la difícil tarea.

—Será mejor que ahora duermas, Kate, y ya lo intentaremos de nuevo cuando te despiertes —le dice su madre con firmeza. Y con la sombra de un ceño fruncido—. Voy a atizar el fuego para que se caliente un poco la habitación.

Le quita el bebé de los brazos a Kate con delicadeza.

Kate se recuesta, intranquila. Piensa que la culpa es de su torpeza. Debe de ser eso. Siempre ha sido su maldición. Nunca le sale nada bien; todo parece resistírsele. Y ahora su propio bebé también. Decide intentar sacarse la idea de la cabeza.

Su madre se mueve de un lado a otro en silencio, apagando las velas y avivando el fuego. Y luego cierra la puerta tras ella y se lleva al bebé, envuelto en telas blancas, al salón para que lo admiren de nuevo, hablen de él y lo celebren mientras se comen la cena que ha quemado Mary.

Ya han entrado a verla, claro, tanto Charles como Mary, y la madre de Charles, y su hermana Fanny, después de que hubieran lavado a Kate, le hubieran puesto un camisón nuevo y hubieran tratado de ocultar su palidez.

Todo lo que rodea a Kate y al bebé está limpio, huele a fresco y es blanco, como para alejarlos lo máximo posible de la sangre y del caos de su reciente separación.

Charles ha brindado por su hijo y heredero, le ha puesto un apodo extravagante, le ha dado un beso a Kate y le ha dicho que es un «milagro».

Mary ha observado detenidamente al bebé y ha afirmado que es precioso, pero que está un poco arrugado.

La madre de Charles no ha dejado de repetir lo mucho que se parece a su hijo.

Todos se han comportado como era de esperar.

Bajo las mantas, Kate se recorre el vientre con las manos, vacilante, y durante un breve instante toca el desastre de entre las piernas, aún doloridas, por donde la sangre sigue brotando y manchando los pliegues del algodón.

Recordatorios de la nueva y terrorífica capacidad de su cuerpo para subyugarla de maneras que nunca antes había imaginado. Para convertirla en una marioneta.

Piensa en el bebé, retorciéndose, pegado a su pecho. Su boquita hambrienta. Su frustración. A oscuras, cierra los ojos para ahuyentar la duda. Mañana irá mejor, cuando deje de ser una sombra de sí misma. Cuando regrese la normalidad, con la luz del día, y le devuelva el color.

Cuando Charles vuelve a casa del trabajo, entra en el dormitorio para tumbarse con Kate en la cama, con su hijo entre ellos.

Los padres de Charles están de visita, han ido a ver al bebé, y ahora mismo están sentados con la madre de Kate, manteniendo una conversación que llega amortiguada.

Kate oye sus voces, educadas y cautelosas.

Antes de que se marchen, el padre de Charles volverá a pedirle dinero a su hijo, de eso Kate está segura.

Es imposible que haya venido solo a ver a su nieto.

Encontrará la manera de aprovecharse del éxito del que ahora disfruta su hijo, de esquivar la desesperación económica que parece acecharlo constantemente.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta Charles en voz baja.

—Muy bien.

Siente la mentira ligera en la lengua; se escapa con facilidad de su boca.

Los dos bajan la vista al bebé, que está dándole puñetazos al aire con esos movimientos espasmódicos tan graciosos suyos, con el pañal bien ajustado alrededor de la barriguita. Charles extiende el brazo y le agarra la manita.

—Quiero que Charley tenga una mejor infancia que la mía —dice con cierta tensión en la voz, como si tuviera un nudo en la garganta.

—Y la tendrá —responde Kate—. Por supuesto que la tendrá.

Charles la mira con unos ojos acuosos y luego baja la vista al bebé, que está dando pataditas, bocarriba.

—No me gusta hablar de esa época.

Kate posa la mano sobre los finos vellos del brazo de Charles, que tiene la camisa remangada. Siente como si se le fuera a partir el corazón de ternura.

—Charley es muy afortunado —le dice en voz baja— por tener un padre tan bueno y trabajador.

—Tendrá todo lo que necesite para abrirse paso en el mundo.

Lo dice como si estuviera intentando convencerse a sí mismo.

—Claro que sí.

Charles está escribiendo un libro sobre un niño pequeño. Un niño maltratado y pobre. Les ha leído algunos fragmentos a Mary y a ella, cuando ha tenido tiempo. Cuando Charles escribe sobre la crueldad, a Kate le da ganas de llorar.

—Y, por supuesto, tiene una madre perfecta. —Charles se separa y le hace cosquillas al bebé en los pies—. En ese aspecto es uno de los niños más afortunados de Inglaterra.

Kate no puede contarle que esa mañana ya ha intentado darle el pecho a su hijo cuatro veces y ha fracasado en todas las ocasiones.

Que las mujeres se están empezando a preocupar.

Así que tan solo le sonríe, y Charles les da un beso a cada uno y se marcha con su copa de jerez para enfrentarse a sus padres.

Kate baja la vista a la carita de su bebé, aún a medio formar, fruncida contra la vida, esperando a suavizarse en el futuro, y se maravilla ante la masculinidad de su cuerpecito.

Es una especie de milagro que haya creado algo tan diferente de sí misma.

Es suyo, debe criarlo, cuidar de él para que crezca. Pero no puede hacerlo.

No entiende qué es lo que está haciendo mal.

Al parecer el bebé y ella no logran entenderse; sus cuerpos, que hasta hace nada estaban conectados, eran uno, parecen piezas de un puzle que no encajan.

Lo han intentado todo: de una postura y de otra, tumbados y sentados, tratando de tomarlos por sorpresa a ambos, o de analizar cada intrincado momento del proceso para comprender dónde está el problema, pero el bebé sigue sin engordar.

Kate no deja de pensar en los cuadros que ha visto, cargados de óleo, de madonas pálidas amamantando a sus pequeños reyes.

Pezones rosáceos, pechos redondos. Querubines regordetes colgados de ellos, desafiando la gravedad, con el halo flotando.

Y recuerda también a su madre, en calma, con uno de los mellizos mamando estrepitosamente mientras ella estaba recostada, leyendo Blackwood’s Magazine o algún libro viejo y desgastado de Austen.

A veces incluso se quedaba dormida, con el bebé al lado, aún mamando, y el libro abierto y abandonado.

Desesperada, levanta al bebé para intentarlo de nuevo y, una vez más, se retuerce y se resbala sobre el pezón húmedo de su madre.

Sale disparado un arco de leche que le empapa la cara y le salpica en el ojito oscuro y el fino vello de la ceja.

El pequeño toma aire y luego abre la boca para dejar escapar un aullido de frustración.

Kate se lo lleva al hombro y le da unas palmaditas para calmarlo.

Está furioso conmigo, piensa con una ligera sorpresa.

Es la única emoción que no puede soportar, que la destroza.

Con solo seis días de vida, su bebé ya está furioso con ella.

—Charley —le dice, aún probando cómo suena el nombre—. Charley, no te enfades.

El bebé se agita contra ella y le da golpes con el pequeño puño apretado en el cuello.

Kate oye a su suegro fuera, en el salón, quejándose con una voz débil y avergonzada, y a Charles, paciente, dirigiéndose al escritorio y acordando una cantidad.

—Yo nunca he tenido ningún problema —oye que dice su madre a través de las delgadísimas puertas de la sala de estar—. No sé por qué le está costando tanto a Kate.

—A lo mejor solo necesita un poco más de tiempo —dice Mary.

—¿Podríamos, tal vez —oye Kate decir a su marido a la hora de cenar, con la voz entrecortada por una exasperación que apenas logra contener—, volver a poner los cubiertos en su sitio?

A Kate le encantaría levantarse y tomar el control, poner orden en la cocina, pero nadie le permite levantarse de la cama. Piensa en el prolapso uterino y junta las piernas con fuerza.