ANNE
ANNE
H e encontrado trabajo ordeñando vacas a las afueras del pueblo. Me pagan en leche, no en dinero, pero al menos es suficiente para poner fin a las quejas de mi tío por ahora.
La primera mañana, conforme la luz gris del amanecer se alza sobre el establo, pego la cara al costado caliente de la vaca.
Me resulta casi insoportable lo mucho que me recuerda a casa.
El olor a leche que desprende el animal.
Me inunda el cuerpo, de modo que no logro distinguir el presente del pasado, el olor de la tristeza, y me veo obligada a separar la cara y dejar la mente en blanco para recuperar el control.
Tan solo me permito pensar en el ritmo de las manos sobre sus ubres.
En la leche que cae en el cubo. En frotar y limpiar y taparle la boca con fuerza a Jem cada vez que se despierta por la noche gritando y noto el calor de su orina en la pierna.
Y todo lo demás lo aparto; vacío todo mi interior y solo existe mi exterior.
Pero el domingo por la mañana, cuando todos aún duermen, y Jem se ha despegado de mí y se ha dado la vuelta, salgo a hurtadillas de la cocina, cruzo la puerta trasera y bajo a la playa.
Cuando llego a la arena, el sol está justo saliendo, somnoliento y blanco, sobre el agua.
Hay montículos pálidos de roca por todas partes, como si el mar hubiera despojado a la playa de su carne y hubiera dejado sus huesos allí olvidados.
Me agacho para quitarme los zapatos y las medias de lana.
La sensación de la arena mojada bajo los pies me acelera la respiración.
Es una sensación a la que no estoy acostumbrada.
Bajo la vista al agua que se me acumula entre los dedos de los pies, tan gélida que me sobresalta, y me alegro de haber venido a Broadstairs.
Nunca he sido de las que creen que Dios tiene un plan que yo pueda entender, y menos teniendo en cuenta que ha muerto todo el mundo.
Pero contemplo las huellas recientes de las gaviotas sobre las ondulaciones de la arena.
La curva de la bahía. Las algas verdes flotantes que bordean la arena y el mar.
Y pienso en que todo este tiempo ha estado aquí este mundo sin que yo lo conociera, y en que más allá, al otro lado del mar, hay más mundo aún.
Y por primera vez, aunque no tenga motivos para ello, siento esperanza.