La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

—¡Está nevando! —está diciendo Charles, sacudiéndose la nieve del abrigo—. ¡Es la primera nevada del año!

Kate se pone en pie, desorientada, con el corazón en la boca.

—Charles.

Él se para en seco, asimilando la estampa.

—Anda, hola, Mary Hogarth. Pensaba que llegarías más tarde.

—Hola, Charles.

Charles mira a Mary, que está tendida en su sillón, con los pies apoyados en su reposapiés.

—Estás en mi mejor sillón.

—Eso me han dicho.

Kate abre la boca para decir que su hermana solo iba a sentarse allí un momento, mientras que Charles estuviera fuera, pero a Charles se le dibuja una sonrisa en la cara. Mary se la devuelve, y Kate se ríe también, presa de un alivio repentino.

—Voy a tener que andarme con cuidado cuando esté usted por aquí, señorita Mary.

—Así es, señor Dickens.

Y Charles se vuelve a reír.

—Bueno, te dejo disfrutándolo. Solo había entrado para buscar mi libreta. Volveré a la hora de cenar, Kate. ¿Te encuentras bien?

—De maravilla.

—Bien, bien. —Charles recoge la libreta de la mesa a toda prisa y la blande ante Mary con entusiasmo—. Cuando vuelva, espero encontrarte en mi escritorio terminando Oliver Twist .

—No me atrevería.

Charles alza las cejas fingiendo incredulidad, y luego levanta una mano, distraído.

—Bueno, hasta luego.

Y desaparece, dejando que la puerta se cierre de golpe tras él mientras se oyen sus pasos alejándose por el pasillo.

Durante un momento tan solo se oye el crepitar del fuego.

—A mí no me parece un hombre tan difícil de llevar —dice Mary al fin—. Tienes que ponerte firme, Katie. Pareces un conejillo asustado.

—Yo no soy tú, Mary. —Kate se sienta, ofendida—.

Le gustan las cosas… de una manera muy particular.

A Charles hay que… ablandarlo. Tengo que ser su bálsamo.

—Las palabras de su madre parecen de pronto carecer de autoridad.

Prueba de nuevo, con las suyas propias—.

Debo mantenerlo todo tal y como a él le gusta para que pueda dedicarse a escribir y… Y tú no eres su mujer. Es distinto.

—Bueno, pues ahora que estoy aquí, ya me pondré firme yo por ti. —Mary deja la taza de té sobre la mesita con un golpe sordo—. Eres demasiado dócil, pero, bueno, siempre lo has sido.

Kate sacude la cabeza, algo exasperada. Qué insolente es su hermana.

«Dócil» suena a algo que se diría de una vaca, o de un perro mimado.

Aunque, mientras se vuelven a sumir en ese silencio agradable, no puede evitar pensar que tal vez deba mostrarse más relajada, como ella.

Más alegre. Tal vez, si lograse hacer sonreír a Charles, como lo consigue su hermana, él no la despreciaría tanto.

Con Mary allí, todo es más apacible. Charles tolera cosas que no suele tolerar con Kate.

Mary, la más dura de las dos, parece ablandarlo de algún modo.

Si cuelga el abrigo en el gancho equivocado, Charles apenas parece darse cuenta, o lo cambia de sitio sin más mientras le cuenta algo que cree que la hará reír.

Kate ve que Charles le acerca una silla a su hermana, ve la vitalidad de su cuerpo mientras se sienta para hablarle de cómo le ha ido el día, y se pregunta, con una sensación de deslealtad que la deja helada, si es posible que sienta algo por ella.

Le cuesta encontrar las palabras para describirlo.

Algo más allá del cariño fraternal. Pero no.

Sacude la cabeza como si así pudiera descartar la idea.

Es imposible. Solo lo piensa porque el embarazo intensifica las emociones. Ha leído al respecto.

Es a Kate a quien desea, y es ese deseo, piensa ella, el que lo vuelve tan irritable.

Con Mary se puede relajar, mostrarse alegre, como un hermano.

Pero con Kate puede serlo todo, y ella lo seguirá amando con dulzura, sin cesar, obediente.

Vuelve a mirarlos a los dos, sentados a la mesa, y se fija en que Mary abre mucho los ojos, haciéndose la inocente, cuando gana uno de sus jueguecitos de palabras.

Es un afecto fraternal, está segura de ello.

Y a ella, a Kate, Charles la desea con pasión, incluso ahora, a pesar del bebé, ¿no es cierto?

Al principio seguía queriendo tocarla, y ella se había inquietado cuando acordaron que no debía hacerlo, según les había aconsejado el médico.

No quiere aflojar el hilo que los une. Y Kate se esfuerza el doble para cuidarlo de otras maneras: le masajea los hombros después de cenar o le prepara su desayuno favorito en la cocina.

Pero, ahora que se pasa tanto tiempo descansando, va a tener que soltar ese hilo también, va a tener que dejar de adaptarlo todo a las necesidades de Charles.

Y la inquietud se apodera de ella. Pero la idea de que algo vaya mal con el bebé es peor, peor que cualquier otra cosa.

Y, además, el bebé los unirá más aún. El bebé es otro hilo que los conectará.

Al principio, Kate solo sentía cierta curiosidad, mientras su cuerpo se estiraba y se transformaba por sí solo. Pero ahora, a medida que va quedando menos, el miedo empieza a cernirse sobre ella como una nube.

El cuerpo de su madre logra colarse en sus pensamientos con insistencia.

Los sonidos que había emitido cuando estaba recluida en el piso de arriba, en su dormitorio, dando a luz a los mellizos.

Casi inhumanos. Kate recuerda que toda la familia se había sentado en el salón, haciendo como que no los oían.

Mary tocando mal el piano para ahogarlos todo lo posible.

Sus hermanos mirándose los pies. Kate decide, con una firmeza que reserva para los asuntos más importantes, que no dejará escapar esos ruidos.

Que no va a hacer que Charles y Fred intercambien miradas de horror y lástima.

Toma precauciones; sigue los consejos médicos al pie de la letra, ansiosa.

Abre el folleto que le ha enviado su madre cuando Charles y Mary están otro cuarto, ocupados.

Recomienda confianza y alegría. A Kate la alegría se le da bien.

Pasa a la última página y contempla las imágenes, pero hace que le suden las palmas de las manos, y vuelve a cerrar el folleto a toda prisa.

Cuando va a verla el médico, Kate se convierte en la alegría y la confianza personificadas, incluso cuando el hombre saca su sobrecogedora colección de instrumentos de metal.

—Por experiencia, señora Dickens —dice mientras le extrae algo frío de debajo de las faldas—, le recomiendo que permanezca tumbada durante cuatro semanas una vez que nazca el bebé.

—¿Cuatro semanas?

Una eternidad. ¿Quién se ocupará de la casa?

—Como mínimo. Lo ideal es que le den de comer con una cuchara especial para inválidos durante las primeras dos semanas, para evitar incorporarse.

Ha oído hablar de esas cosas. Pero ¿de verdad es necesario?

Charles y Mary se reirían, y Kate no lo podría soportar.

Charles lo incluiría en uno de sus libros.

De ninguna manera puede permitirlo. Es imposible que a todas las mujeres les den de comer de ese modo después de dar a luz, ¿no? El mundo se iría al garete.

—Pero ¿y qué hay de las mujeres que no pueden permanecer tanto tiempo tumbadas? ¿Las mujeres que trabajan?

—Las preparan para ello —responde el médico de manera abrupta—. Durante generaciones. Y usted, señora Dickens, no está preparada.

Siente que el médico la observa, que se percata de su inseguridad.

—El autocontrol, la moderación y la cautela, señora Dickens, son las claves para un buen parto.

Kate ordena y archiva todas esas palabras mentalmente.

—Mi madre no tuvo que quedarse tumbada durante tanto tiempo, y tampoco tuvo que usar una… una cuchara especial —dice, vacilante.

—Entonces, su madre fue muy afortunada. —El médico se pone de pie, serio—. El prolapso uterino, señora Dickens, no es algo que se deba tomar a la ligera.

Kate no pretende tomárselo a la ligera. Cuando el médico desaparece para mantener una conversación en términos masculinos con Charles en el pasillo, Kate decide que va a esforzarse más por moderarse y controlarse.

Deja de leer sentada, obedece y se tumba cuando se lo ordenan, y se permite descansar por las tardes, mientras Mary y Charles hablan en voz baja en el salón.

Oye a Charles hablarle a Mary sobre personajes que ha visto durante sus paseos nocturnos, sobre destellos de pobreza, absurdidad o injusticia.

Kate los escucha e intenta distinguir las palabras.

Pero, cuanto más descansa, más sueño tiene, y no es capaz de mantenerse despierta para oírlas.

Se despierta cuando la casa se ha sumido en el silencio.

Le encantaría poder escuchar, pero su cuerpo, que cada día pesa más, parece arrastrarla y alejarla de la vida cotidiana en una inexorable marea.

Charles y Mary salen a buscar una nueva casa y, cuando vuelven, le cuentan a Kate sus experiencias, como si fueran un dúo cómico, y cuando Mary se ríe hace reír también a Charles.

Un día le llevan a casa una mesita de noche para guardar los accesorios de lactancia.

Está pintada de un tono azul cielo y tiene unos tiradores extraños y retorcidos en los cajones.

Lo han encontrado en una tienda de tesoros antiguos.

Mary le habla de las armaduras que se alzaban como fantasmas en los rincones de la tienda, y Charles imita al dependiente con el rostro consumido.

Kate está sentada, con los pies hinchados apoyados en el reposapiés, tratando de no sentir celos, preguntándose qué pasará ahí fuera, en el mundo.

Esperando, cada día, a que llegue la tormenta.