La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

En días como ese, en los que Charles se levanta pronto y la deja durmiendo en la cama caliente, le escribe una nota y la mete debajo de la almohada de Kate.

Un secreto maravilloso que ella lleva consigo todo el día.

«El camisón de algodón blanco». «El vestido de verano azul».

«El de terciopelo a cuadros». Cuando llegue a casa, ella lo estará esperando vestida tal y como le ha pedido.

Charles subirá las escaleras y se la encontrará allí, justo como él quiere.

«El lazo del pelo verde claro». «El tocado de encaje».

«La camisola de algodón». Kate estará tumbada en la cama, y él le levantará el vestido despacio, centímetro a centímetro, hasta desnudarla.

Kate mete la mano debajo de la almohada y se topa con el cuadradito de papel.

«La bata de brocado».

Y esa noche Kate se sentará a leer, bien envuelta en la bata, esperando el crujido de las escaleras bajo los pies de Charles, y se incorporará en cuanto lo oiga.

Cuando llega julio, en Furnival’s Inn ya hace un calor asfixiante.

Kate ve por la ventana a los muchachos que reparten el periódico holgazaneando bajo el arco en busca de sombra y a los vendedores de fruta abanicándose con trapos que arrancan de sus cajas.

Está metiendo la colada en bolsas para que se la lleven, aplastando las sábanas para que quepa todo.

Le duelen los brazos del esfuerzo, pero Hannah está lavando los platos del desayuno, y es miércoles, que es cuando la mujer con cara de cansancio viene a recoger la colada, y no hay nadie más que la pueda ayudar.

Entre las dos, Hannah y ella se encargan de limpiar los desechos, la suciedad y el hollín de la chimenea que parece impregnarlo todo.

La sombra de grasa que parece extenderse sin fin por la cocina.

Se ha cambiado la delicada cofia rosa por una más resistente ahora que no hay nadie alrededor que pueda verla. Estaba manchando el encaje de sudor.

Pickwick ha tenido mucho éxito, y todo el mundo quiere a Sam Weller, el personaje inventado por Charles, y por tanto su marido está siempre o bien escribiendo, y no quiere que nadie lo moleste, o bien fuera de casa.

A veces trae a invitados para los que Kate debe cocinar y a los que debe atender, pero se pasa la mayor parte del tiempo garabateando, con la cabeza gacha y la lengua asomando entre los labios por la concentración.

Kate lo ve recostarse de vez en cuando en la silla y murmurar algo para sí mismo.

Se le transforma el rostro mientras se adentra durante un momento en la personalidad de otro.

Luego se le relaja de nuevo, sumerge la pluma en la tinta y vuelve a deslizarla por el papel.

Kate sabe que no debe molestarlo. Se mantiene lejos, moviéndose con extremo cuidado escudriñando el entorno en busca de cosas con las que pueda tropezarse o chocar.

Calculando la distancia entre los objetos antes de cruzar la habitación tras él.

Cuando la llama para pedirle que le lleve el té, ella obedece y se lo deja sobre el escritorio, cerca de los papeles, con las manos temblorosas por el esfuerzo.

Pero, cuando llega, Charles ya se ha olvidado de que se lo había pedido y la mira como si no existiera.

Una mirada vacía, desconcertada. Pero, cuando Fred entra tambaleándose, intentando guardar silencio de un modo cómico y exagerado, Charles estalla.

Kate hace todo lo posible por reducir la distancia que separa a los hermanos; se apresura a advertir a Fred cuando lo oye acercarse, o encuentra la manera de que la ayude, de involucrarlo en alguna tarea, para que salga de casa por las mañanas.

Cuanto peor lo trata Charles, más parece perder el rumbo.

Y Kate no soporta lo rápido que se enfurece su marido.

La sobresalta, como el estallido de unos fuegos artificiales o un aporreo inesperado en la puerta.

Ya era consciente de su ira antes, claro, pero nunca la había tocado tan de cerca, ni había sido tan ineludible, ya que altera la paz que tanto le gusta mantener.

Y ahora esa paz es incluso más importante.

En su interior está creciendo un bebé, y es algo que Kate había esperado, algo por lo que había rezado, arrodillada junto a la mesita de noche, con Charles a su lado y los ojos cerrados con fuerza por la intensidad del deseo.

No quiere que el bebé note los destellos de tensión que le recorren las venas cuando alguien se enfada.

Quiere mantenerlo en su capullo, protegido.

Encargarse de que crezca con sumo cuidado, sin exponerlo a nada que pueda alterarlo.

—Te lo he traído todo —dice Mary, que está en la puerta, helada, rodeada de bolsas—. Incluso más de lo que tú sabes, por si se te acaba.

—Me alegro tanto de verte —dice Kate, y se da cuenta de que está llorando.

—Oye, no llores —le pide Mary—. Si he estado aquí al lado, en Brompton. —Y mete las bolsas dentro de casa—. ¿No está Charles para ayudarme con todo esto?

—Ha salido a pasear. Por ahora déjalas ahí, en el vestíbulo, y pasa, que tienes que entrar en calor.

—Mamá te manda besos, y dice que no salgas a no ser que sea necesario, porque hace un frío espantoso. —Mary se desata el tocado, se quita la capa y la cuelga en el perchero—. Qué acogedora tienes la casa. Eres un ama de casa perfecta, Kate. Mucho mejor que mamá. Lo tienes todo tan ordenado…

—Es por Charles —dice Kate sin pensar.

—¿Charles?

—Es muy exigente con ese tipo de cosas.

—Claro. Típico de él. Pero todo el mundo sabía que ibas a ser un ama de casa perfecta, de todos modos. Pero ¡mira el bebé!

Mary se queda contemplando el vientre de Kate con las manos en las caderas y la cabeza ladeada en ese ángulo tan familiar, como de pájaro.

—¡Tengo la barriga enorme! —dice Kate con pesar, medio riéndose.

—Es normal, supongo. —Mary deja la bufanda en la mesita—. ¿Cuánto rato va a estar Charles de paseo?

—No lo sé. Puede que horas.

—¿No te sientes sola?

—A veces —contesta Kate, y vuelve a sentir las lágrimas a punto de brotar—.

No, la verdad es que no. —Es feliz. Qué ridiculez.

Recoge la bufanda que ha soltado Mary y la deja en el armarito que hay junto a la puerta—.

Ya te enseñaré dónde dejar cada cosa para que no se moleste.

Pero ahora ven a sentarte y a charlar conmigo.

Mary se acomoda junto al fuego en el mejor sillón de Charles y Kate, al volver de la cocina, está a punto de decirle algo, pero al final tan solo deja la bandeja sobre la mesa y le ofrece una sonrisa a su hermana.

—El té.

—En realidad debería estar cuidando yo de ti, y no al revés —dice Mary mientras apoya los pies en el reposapiés.

—Por ahora no es necesario —responde Kate—. Yo soy la anfitriona, y estamos en mi casa.

Se oye un ruido a lo lejos, en el vestíbulo, y a Kate se le van los ojos hacia la puerta de manera instintiva. ¿Será Charles, que ha vuelto pronto? Pero todo está en silencio de nuevo. Debe de ser algún vecino.

Mary la está observando.

—¿Qué ocurre?

Kate sacude la cabeza, compungida.

—Kate, ¿qué te pasa?

—Nada , solo que… No es nada, en realidad, solo que ese es el sillón de Charles.

—¿Este? —Mary mira a su alrededor, sorprendida—. Pero Charles no está en casa.

—No, ya.

—¿Y te preocupa que me siente aquí?

—No, no, para nada.

—¿Le tienes miedo?

—¡No! ¡Por supuesto que no!

Kate sacude la cabeza, incrédula. ¿Tenerle miedo a Charles?

¿A su Charles, con lo divertido, ingenioso y juguetón que es?

Charles es su mundo. El centro de su hogar.

El sentido de su vida. Pero ¿que si teme decepcionarlo?

¿O no estar a la altura? ¿O el modo en que la mira cuando las cosas no están en su sitio?

Tal vez. Tal vez eso sí que le dé miedo.

—Cuéntame cómo va todo por casa —le pide Kate para cambiar de tema mientras se acomoda en su sillón—. ¿Cómo están los mellizos?

—Monísimos. Ya dicen un montón de palabras, pero todas mal. Se pasan el día entero hablando entre ellos y nadie entiende nada de lo que dicen.

—¿Y Georgy?

—Sigue siendo un incordio.

—No seas cruel.

—Está muy bien.

—¿Y los demás?

—Como siempre. En todos los sentidos. ¿Dónde está Fred, por cierto?

—Se ha ido al campo para que tengas más espacio.

—No es que yo sea muy grande, pero supongo que este sitio tampoco.

—Vamos a mudarnos. Cuando nazca el bebé. A una casa de verdad.

—Claro, ahora que Charles es tan famoso… La gente habla de él a todas horas, ¿sabes? Incluso en el ómnibus, no dejan de parlotear sobre Pickwick . Aunque no podemos decir nada porque a mamá le parece vulgar. Normal que ahora os podáis permitir una casa de verdad.

—Ahora sí que estás siendo vulgar.

Pero, a pesar de todo, la invade el orgullo.

—¿Habéis encontrado ya alguna casa?

—No, pero Charles está buscando, y habrá espacio para todo el mundo, para ti, para Fred, si quiere venir, y tendremos una niñera y una cocinera.

—¿Y qué harás tú durante todo el día, si vais a tener cocinera?

—No lo sé —responde Kate, y es cierto.

—Echo de menos tus bizcochos —comenta Mary mientras se bebe despacio el té—. Y tus tortitas. Te echo de menos a ti, en realidad.

—Gracias. Aunque ya veo que los bizcochos son lo primero.

—Por supuesto.

Mary señala el vientre de Kate con la cabeza.

—¿Cuánto queda?

—Un mes. Puede que un poco más.

—¿Y cómo es?

—Lo mejor del mundo.

—¿Tienes miedo?

Kate se lo piensa.

—Sí.

Permanecen allí sentadas mientras la habitación se va oscureciendo, y Kate se posa las manos en el vientre.

—¿Te quedan galletas de esas?

—¿Cuáles?

—Las de jengibre.

—No. Pero a lo mejor podemos hacerlas mañana, si quieres salir a por los ingredientes.

El fuego crepitante resulta reconfortante en esa tarde lúgubre. Kate recuesta la cabeza en el sillón y siente que el bebé se mueve en sus entrañas. De pronto se siente plena, como si pudiera dejar de esperar y exhalar por fin. Cierra los ojos.

Cuando la puerta se abre de golpe, se despierta con un sobresalto.