La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

Lenguado frito

K ate coloca el tenedorcito de plata en paralelo al cuchillo con precisión y endereza su mejor camino de mesa, con flores retorcidas en suaves espirales de seda. En tres horas llegarán los invitados a cenar.

Se sentarán por primera vez en su mesa de comedor, comerán la comida que ha preparado ella.

Estrenarán el nuevo juego de vasos, de los cuales por ahora solo han usado tres.

Ha planificado el menú y ha puesto las recetas por escrito.

Ha ensayado tres veces cada una, y ahora Charles palidece ante la idea de comer otro bocado de filete de ternera relleno y asado con peras.

Kate mira la lista.

Dejar reposar el vino

Dejar enfriar la gelatina de manzana

Untar los platos con mantequilla

Quitarles la piel a los filetes de lenguado y dejarlos a un lado

Llevan dos meses casados. Kate ya siente las habitaciones como suyas, el pequeño dormitorio y el comedor y el salón, conectados unos con otros por puertas.

La cocina y el sótano abajo, el pequeño trastero arriba.

Las chimeneas con paneles de madera, los sillones verde oscuro, los armarios llenos con la vajilla de la boda.

Una casita de juguete, pero es Charles quien lleva la voz cantante en el juego.

Es Charles quien decide en qué ángulos deben colocarse los muebles, dónde se deben colgar los abrigos y en qué orden, cómo se deben disponer los libros, y que el papel de escribir ha de colocarse en montones y las plumas han de estar siempre al lado.

Es Charles quien determina que no deben quedar residuos en la jabonera, que debe estar junto al vaso de agua en el lavabo y que las cortinas del dormitorio deben colgar de una manera determinada.

Incluso en Chalk, durante su luna de miel, Charles movió las cosas de sitio a su gusto en esos pequeños cuartitos inclinados, e incluso, para el asombro de Kate, arrastró la cama para que el cabecero señalara al norte, y le dijo que así era como había dormido él siempre.

De modo que ahora ella también duerme con la cabeza hacia el norte, obediente aunque perpleja.

A Kate le gustan sus instrucciones, a pesar de su extrañeza.

La envuelven como uno de sus abrigos, reconfortantes y cálidas, y gracias a ellas sabe qué está bien y qué está mal, qué lo hace feliz y qué lo irrita.

Resulta casi placentero mantenerlo todo a su gusto; es un jueguecito.

Pero, cuando a Kate se le olvida algo, el destello de desagrado que le cruza el rostro a Charles le provoca una ansiedad que la reconcome.

Cuando él sale a pasear y deambula por Londres durante horas, Kate va de una habitación a otra para comprobar que todo esté en su sitio.

Para recolocar todo lo que Fred ha cambiado de sitio con sus prisas perpetuas.

Para poner orden en la casita de muñecas, como la llama Mary.

El único sitio en el que puede respirar tranquila es en la cocina.

Allí, en el piso de abajo, siente que está en su lugar.

Hannah, la criada, es la única que aparece por allí cuatro mañanas a la semana, con ese rostro serio, pálido y rechoncho, y recibe las instrucciones de Kate con un «sí, señora» o un «no, señora», y después se va a toda prisa, con la capucha levantada, sale por la verja y desaparece en la ciudad.

Kate estudia la mesa y, nerviosa, les hace los últimos ajustes al cuidado ramillete de hojas verdes y a las velas, y luego descorcha el vino para decantarlo.

¿Habrá puesto la mesa demasiado pronto? Puede que el mantel se manche de hollín.

Pero, si lo hubiera dejado para más tarde, se habría puesto nerviosa.

Mejor estar preparada, piensa. La luz de las velas ocultará las manchas.

Dejará las ventanas cerradas, de todos modos, a pesar del calor.

Oye voces que provienen del vestíbulo; una de ellas, la de su marido.

Sorprendida, levanta la vista y ve que hay tres personas que han llegado varias horas antes de lo acordado, y aún le queda mucho por hacer.

Charles, su amigo Maclise y Fred están esparciendo sus pertenencias por el pasillo que se ha pasado la mañana limpiando.

—Katie. —Charles le da un beso y se deja caer en el sillón que tiene más cerca—. Maclise ha venido pronto para hacer unos bocetos para un retrato mío.

—Hola, Mac.

—Ah, la Amada —dice Maclise—, con su delantal y su cofia, ni más ni menos.

Así es como Charles la llama ahora; ya no le dice ni «ratoncito» ni «cerdita». Él es el Inimitable, como ha empezado a firmar, medio en broma, medio en serio. Y ella, la Amada. Un par de personajes sacados de una obra sobre la felicidad.

—No os esperaba tan pronto —dice Kate, con las manos en los cordones del delantal, vacilante.

—No te cambies de ropa por nosotros, Katie —contesta Charles—. ¿Podemos abrir una ventana o vamos a tener que morir asfixiados?

Kate se acerca a la ventana y la abre. Siempre puede poner el mantel de repuesto más tarde.

—Empieza a hacer calor fuera. —Maclise se desploma en el sofá y se tumba con las piernas cruzadas, abanicándose con un periódico—. ¿Qué es lo que huele tan bien?

—Filete de ternera relleno y asado con peras —responde Kate.

—Extraordinario. —Maclise se quita los zapatos y deja escapar un suspiro—. Qué envidia, Charlie. Boz no solo tiene a todo el pueblo rendido a sus pies, sino que además tiene en casa a la esposa más hermosa que se pasa el día preparando montones de comida deliciosa.

—Es un tesoro —responde Charles, que estira los brazos para agarrarla de la cintura y acercarla a él—. Vas a tener que casarte pronto, Mac, para poder probarlo por ti mismo.

—No sé dónde voy a poder encontrar una candidata tan perfecta.

—Voy a traeros a todos algo de beber —dice Kate—, para refrescaros antes de empezar a trabajar.

—No hay mucho peligro de que Fred haga tal cosa, no te preocupes —dice Charles.

Kate repara en el destello de acritud que hay tras la broma y ve que Fred se sonroja.

Prepara una bandeja con vasos de agua con hielo y se los lleva, y deja a Maclise sacando los lápices para hacer un primer boceto y a Charles acomodándose en el sillón, peinándose con la mano. Fred, que no tiene ningún plan, se escabulle al trastero, donde aún duerme en una cama plegable.

Kate debe ser el pegamento; lo ha decidido.

Va a lograr unir a los hermanos, va a enseñarle a Charles cómo ablandarse, y va a enseñarle a Fred su valía.

Creará un hogar, y hará que sea todo lo que ha empezado a entender que no fue la infancia de los hermanos: tranquila y fácil, reconfortante y segura.

Charles se está empezando a hacer famoso.

A tener éxito. De modo que va a necesitarla más aún.

Kate oye hablar de Pickwick, Winkle, Snodgrass y Tupman mientras hace cola en las tiendas o cuando socializa con la multitud en el exterior del teatro.

Cuando salen por la ciudad juntos, ve que las chicas le lanzan miradas, que lo admiran.

Charles disfruta de ello, como es natural; a veces les hace la pelota, les besa las manos o se pasa los dedos por el pelo con una especie de timidez pretenciosa.

Como haría cualquier hombre, se dice Kate mientras lo agarra del brazo con más fuerza.

Pero, aunque se percata, también lo disfruta en secreto; es el mundo respondiéndole, confirmándole lo acertada que fue la decisión de casarse con él.

Se enorgullece de su puesto en el mundo, a su lado.

Charles es el Inimitable. Pero ella, Kate, es la Amada.

Se pone manos a la obra al fresco de la cocina: unta de mantequilla los platos, pica el perejil y corta los limones en rodajas.

Desliza el cuchillo bajo las escamas del pescado, extrae con delicadeza las tiras de carne blanca y las deja en hielo, listas para la sartén.

Todo espera: el aceite a calentarse y chisporrotear, el ajo a dorarse, la sal a potenciar el sabor.

Todos los ingredientes desempeñan una función, pero ninguno sería nada sin los demás.

Cuando se despierta a la mañana siguiente en el dormitorio a oscuras, le retumba la cabeza. Tanto el reloj como la luz moteada que titila en la pared le anuncian que son más de las ocho. Se da la vuelta para abrazar a su marido, pero no está en la cama.

Kate se permite adentrarse en los recuerdos de la velada, el calor, el ruido y la risa.

Los elogios, no solo dedicados a él, por una vez, sino también a ella.

Cómo se habían maravillado los invitados de Charles, que procedían del mundo de los libros y la erudición, ante el frescor del lenguado al limón y ante el anillo de gelatina de manzana, que temblaba en su lecho de fruta.

Y ante la textura ideal de las peras escalfadas.

Cómo los había entretenido él con su ingenio.

Cómo se había sonrojado ella ante los cumplidos.

Kate debería levantarse también, abordar la tarea de limpiar los restos de la velada.

Ir a ver a su madre, quizá. Pero no; tan solo se vuelve a girar y se permite acomodarse en la hendidura de la suave almohada, donde ha estado durmiendo Charles y ahora hay un mechón de pelo.

Desearía poder pasar la mañana tumbada en el sofá mientras Charles escribe, viéndole recorrer la página con la mano, con su tinta azul, retorciendo el mundo a su antojo y convirtiendo a quienes lo habitan en sus propias creaciones.

Exagerándolos o distorsionándolos y resaltando sus peculiaridades.