La señora Dickens KATE
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KATE

KATE

– ¿ L o ves?

Kate entorna los ojos ante la luz del sol vespertino.

Llevan cuatro días casados.

No puede pensar en nada que no sea Charles.

Lo atraviesa, como el costurero que le dio él como regalo de boda, con su nombre en marfil atravesando las vetas.

Piensa en los secretos que se cuentan tumbados juntos bajo las sábanas.

En su cuerpo liberado de corsés, estructuras y rellenos, inhalando y exhalando en libertad al ritmo de la respiración de Charles.

En el olor de la piel de Charles, la curva de su hombro.

—¿Qué le parece, señora Dickens? —le pregunta Charles, poniéndole la mano en la parte baja de la espalda.

Kate vuelve a mirar.

Tras el grueso tronco del roble hay una casa de ladrillo rojo.

Amplia y hermosa, como una vieja dama majestuosa, piensa Kate.

Delante hay una pequeña rotonda y unos escalones que conducen a un porche de madera de color crema pálido.

La casa está rodeada de jardines por todos los lados; ahora están embarrados por la lluvia de la primavera, pero se extienden hacia las colinas de detrás, en tonos marrones y verdes difuminados y moteados.

—Cuando era niño —dice Charles, apoyando los codos en el muro empedrado—, mi padre solía traerme aquí de paseo.

Kate también se inclina hacia delante y agacha la cabeza bajo las ramas inclinadas para poder ver mejor la casa, para poder sentirse casi como el pequeño Charles mirándola. Lo ama tanto que desea viajar al pasado y querer también al niño que fue.

—Debía de tener unos cuatro o cinco años. No más. Y mi padre me preguntaba si me gustaba. La casa, digo. Y yo decía que claro, que me parecía la mejor casa que había visto jamás.

—Bueno, es que lo es.

Kate apoya la cabeza en el hombro de Charles y siente la tela fría de su levita en la mejilla.

—Después averigüé que se llama Gad’s Hill Place. Y recuerdo en particular que mi padre me dijo que, cuando fuera mayor, si era perseverante y me esforzaba, tal vez también pudiera tener yo una casa así. Me dijo que, si de verdad trabajaba duro, tal vez pudiera tener esta misma.

Kate contempla la casa. Su fachada grande y sólida.

Ya se imagina a ellos allí: Charles trabajando delante del ventanal y ella sentada a la mesa de madera de la cocina, con los alimentos del huerto amontonados en cestas, recién cosechados.

Los niños jugando en el césped en verano. Amigos que vienen de visita.

—¿Nos imaginas ahí, Kate?

—Sí.

—¿A que nos puedes ver tan bien como si nos hubiera dibujado Phiz?

Tú, mi querido pastelito, mi esposa, te sentarás sobre una manta, bajo ese árbol, y Charley sembrará el caos de una forma u otra, y tendremos la casa llena de perros que ladrarán, y beberemos cerveza de Kent y pensaremos en lo afortunados que somos.

Kate se deja llevar por la visión de Charles, por su romanticismo. Por la manera en que logra darles vida a los elementos de una historia, de modo que casi puedes verlos. La manera en que conoce el papel de Kate en esa historia mejor que ella misma.

—¿Volvemos a la cabaña?

—¿No quieres pasear?

—Creo que de pronto no me apetece pasear, señora Dickens.

Charles la agarra de la cintura y Kate se pega a él y permite que la bese con una fiereza que incluso un hombre que pasa por allí en un carro deja escapar un largo silbido grave.

Se separan, sobresaltados, y se ríen, y después recorren despacio la carretera hacia Chalk y dejan Gad’s Hill allí, robusta y majestuosa en la ladera, esperando su futuro.