ANNE
ANNE
J em está a mi lado, delante del mar, con la mirada apagada. Escuchamos juntos el rugido de las olas bajo nosotros, en la negrura, y vemos el reflejo fragmentado de la luz de la luna en la superficie del agua.
Hemos tardado más de lo que pensaba en llegar hasta aquí andando.
Me muero de hambre. Jem debe de estar igual de hambriento, ya que solo hemos comido los dos pequeños cucuruchos de boquerones fritos que he comprado por el camino.
Pero no sería muy apropiado que llegáramos en plena noche y nos pusiéramos a aporrear la puerta.
De modo que nos sentamos donde estamos, al borde del acantilado.
—¿Cuánto tiempo vamos a tener que esperar aquí? —me pregunta Jem.
—Hasta que salga el sol.
—¿Y cuánto falta para eso?
—No lo sé. No soy un reloj —contesto, y seguimos esperando.
Jem está aún aferrado a mí, sujetándome el brazo con la mano como una tenaza. No me suelta y, cuando intento liberarme de sus deditos, se queja tanto que paro de intentarlo y lo dejo en paz.
Nunca antes había visto el mar. Ahora apenas logro distinguirlo; solo sé que parece un monstruo, con un poder propio, y entiendo que los hombres lo teman.
Nos quedamos allí sentados observándolo durante unas dos o tres horas, mientras Jem se queda dormido pegado a mi cuerpo y luego se despierta sobresaltado.
Cuando la luz se extiende sobre los acantilados, me pongo en pie. Tengo las faldas, ya de por sí sucias y con manchas, húmedas por la hierba mojada. Me las sacudo y, juntos, Jem y yo ponemos rumbo al pueblo despacio.
Logro encontrar la casa de mi tía a base de preguntar.
Broadstairs es un sitio bastante pequeño, con un único hotel y una o dos tabernas.
Es un pueblo de pescadores, más que nada.
No tengo ni idea de cómo voy a encontrar trabajo aquí.
Debe de haber alguna granja cerca. El hombre con cara de sueño al que le pregunto nos mira de arriba abajo a Jem y a mí, y reparo entonces en lo mugrientos que estamos.
Pero no hay nada que podamos hacer. Nos acercamos a la casita; Jem va arrastrando los pies, y un frío repentino se apodera de mi estómago.
—Ponte recto, Jem. Que se te vea buena actitud —le digo, aunque no tengo claro cómo nos va a ayudar una buena postura en todo esto.
La casita es baja y se la ve destartalada, con arbustos de rododendros medio muertos apoyados contra un muro en ruinas. Me transmite una sensación desagradable, pero logro reunir el valor suficiente para llamar con fuerza a la puerta.
Una mujer achaparrada, con el pelo asomando de una cofia que parece sucia, abre unos centímetros la puerta y nos mira a través de la rendija.
—¿Sí?
—¿Tía Nelly?
—¿Quiénes sois?
—Yo soy Annie, y este es Jem. Somos los hijos de tu hermana Gert.
La mujer abre la puerta y se queda ahí plantada, mirándonos, con todo el rostro fruncido.
—Pero ¿qué estáis haciendo aquí?
—No sabía… No sabía a dónde ir.
Mira a nuestra espalda, a la luz del alba, con curiosidad.
—¿Y dónde está Gert?
—Está muerta —contesto, y siento que Jem me aprieta el brazo con los dedos más aún.
—¿Muerta?
—Sí.
Nuestra tía permanece en silencio durante un momento con un rostro inexpresivo.
—Será mejor que entréis —dice, y se aparta para dejarnos pasar a la cocina, con su hedor a grasa y las ollas sin lavar—. Sentaos —dice. Obedezco, y Jem sigue agarrado a mí como si fuera un salvavidas—. Gert, muerta… ¿De verdad? ¿Estás segura?
—Sí —respondo—. Lo siento.
Me observa casi como si no se lo creyera. Yo me quedo ahí sentada, devolviéndole la mirada, intentando no aguantar la respiración. Tratando de ver algo, algo de la amabilidad de mi madre en los ojillos de esta mujer.
—Te pareces a ella —me dice al final.
Por algún motivo, esa idea me da ganas de llorar.
Mi tía se pone una mano en la cadera y ladea la cabeza.
—¿Y vuestro padre dónde está?
—También ha muerto. Como todos los demás.
—¿Cómo?
Parece que la palabra se le atraganta, y me pregunto si no solo estará asombrada, sino también conmovida.
—Se produjo un incendio —digo con cautela—. Uno enorme. Y solo logramos escapar Jem y yo. Las vacas están muertas. No queda nada. Y no sabía a dónde podíamos ir. Pensaba que…
—¿Qué pensabas?
—Que tú podrías ayudarnos. —Apenas puedo mirarla a los ojos de lo desesperada que estoy por que no nos rechace—. Que tal vez podríamos quedarnos aquí durante un tiempo, mientras encuentro trabajo y hallo la forma de… de apañárnoslas.
—¿Quedaros aquí?
—Así es.
—¿Y dónde diablos se supone que voy a meteros?
—En cualquier parte. Podemos dormir donde sea, hasta que consigamos arreglárnoslas.
—Ay, por el amor de Dios. Gert muerta…
Mi tía se sienta, agotada, y se apoya la cabeza en las manos. Luego vuelve a mirarme.
—Fue horrible —digo, y me salen las palabras con un hilo de voz, pero de todos modos ella no quiere oírlas.
—Apestáis. Los dos.
Baja la vista con repulsión hacia la mancha oscura del pantalón de Jem, de cuando se lo mojó durante el viaje.
—Lo lavaré todo. Ni os enteraréis de que estamos aquí.
—Vais a tener que dormir en la cocina. No hay dormitorios para vosotros.
Oigo pasos pesados en el vestíbulo, y entonces entra un hombre, agachando la cabeza para no darse con el dintel bajo de la puerta. Es corpulento, con una densa barba oscura y unos ojos tan hundidos que parecen desaparecer en su rostro. Se detiene.
—¿Quiénes son estos? —pregunta.
—Gert ha muerto.
—¿Que ha muerto? ¿Cómo?
—Un incendio. —Mi tía nos mira, dubitativa de pronto—. Necesitan un sitio donde quedarse durante un tiempo. Son sus hijos.
—No se irán a quedar aquí, ¿no?
El hombre se pasa las manos por la cara, aterrado ante la idea.
—Había pensado que se podían quedar solo durante un tiempo. No tienen ningún otro sitio al que ir.
El hombre, mi tío, estudia a Jem.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
Jem baja la vista al suelo.
—¿Es mudo o qué?
Mi tío me mira, con sospecha.
—Está cansado —respondo al instante—. Y su madre ha muerto. Yo me llamo Anne, y este es Jem.
El hombre se gira y va a por una taza del estante que hay sobre el fregadero de la cocina.
—El chico no me va a servir de nada. Es demasiado pequeño.
—Bueno, ella sí que me puede ayudar a mí. Anne.
—Claro. Haré lo que sea.
—Me ayudarás en la cocina. ¿Entendido?
—Sí.
Mi tío se vuelve hacia ella con el rostro arrugado por la incredulidad.
—Nelly, no nos los podemos quedar. Aquí no hay sitio para obras de caridad.
Odio a los hombres así, pienso con una emoción tan intensa que me quema la garganta, y durante un momento de locura quiero que nos echen.
Preferiría que nos muriésemos los dos en la calle a tener que aguantar a ese hombre, sus pisotones, su intimidación.
Preferiría morir de hambre. Pero, claro, en realidad no lo preferiría, de modo que no digo nada, y tan solo espero.
—Los voy a acoger por mi hermana. Por Gert —dice, y me mira—. Pero solo durante el verano.
O sea que tenemos el verano. Por ahora, con eso tendrá que bastar. Le estrujo la mano a Jem por debajo de la mesa. Por ahora, será más que suficiente, pienso. Y después, de algún modo, nos sacaré de aquí.
Cuando llega la noche ya he limpiado la cocina entera de arriba abajo para demostrarle a mi tía lo útil que puedo serle.
Mis tíos se llevan la única vela de sebo que les queda al piso de arriba, y yo me siento con Jem delante del fuego agonizante.
El suelo de la cocina huele a la grasa quemada de la que no he conseguido deshacerme.
En el rincón, veo dos trampas para ratas de mimbre.
Sigo teniendo tanta hambre que durante un momento me planteo comerme el queso de las trampas, incluso a riesgo de que me atrapen los dedos.
Pero luego pienso en que nunca me han gustado las ratas, y no me hace ninguna gracia la idea de que se le suba una a Jem en plena noche y lo despierte, y en lo que mis tíos nos harían si mi hermano gritase.
Acerco a mi hermano a mí con cuidado para que pueda apoyar la cabeza sobre mi brazo, y me recuesto contra la piedra tosca de la pared de la casa.
—Annie.
—Duérmete.
—Annie.
—¿Qué?
Vuelvo a cambiar de postura en el suelo, intentando no golpearme el codo con las losetas.
—No me gusta este sitio.
—Ya está bien de ingratitud. Nos han acogido cuando no tenían por qué hacerlo, y debemos estarles muy agradecidos, ¿me entiendes?
—Quiero ir con mamá.
—Pues no puede ser.
—¡Quiero ir con mamá!
Cada vez chilla más, y más me vale detener la rabieta antes de que se convierta en algo que no voy a poder parar.
Lo agarro del brazo con fuerza.
—No puedes ir con ella y lo sabes. Ahora cállate y escúchame. No puedes contarle a nadie lo que les ha pasado a mamá y a los demás. Lo de la fiebre. ¿Me entiendes? Es un secreto. Se creerán que se lo vamos a contagiar, ¿comprendes? Se asustarán de nosotros.
—No diré nada —responde, y noto que lo he asustado—. No se lo contaré a nadie.
—Tienes que decir que han muerto en un incendio.
—De acuerdo.
—Y no puedes decir nada sobre papá.
Un movimiento en el rincón. Una rata. Me quedo inmóvil para que Jem no se dé cuenta.
—Y ahora duérmete y deja ya de compadecerte —le digo en una voz baja y tensa, y Jem se queda callado, apretujado contra mi cuerpo, como si fuera a desvanecerse si se separase de mí.
Me quedo tumbada a oscuras, sintiendo cómo se alza y me envuelve una ola de desesperanza, como el negro mar brillante rompiendo contra las rocas mientras estábamos en lo alto del acantilado.
¿Cómo voy a seguir adelante con Jem a mi lado?
¿Cómo voy a poder hacer nada? Y entonces pienso en mi padre.
En que no volvió la vista hacia nosotros mientras abría la puerta y nos abandonaba.
Lo mataría si volviera a verlo. Lo mataría con mis propias manos.
Aprieto el puño y me obligo a contener la ira, ya que esa clase de pensamientos no le hacen bien a nadie.
Le doy vueltas a todo, tratando de urdir un plan.
Podría intentar encontrar a alguien con quien casarme, si no me pongo muy exigente.
Soy joven, aunque no demasiado atractiva.
Aun así, la idea me pone enferma. No pienso casarme nunca, me digo.
Jamás. No voy a ser tan necia como para atarme a un hombre y tener que seguirlo a todas partes, como hizo mi madre, y tener que acatar sus órdenes y darle hijos cuando a él le dé la gana, hasta que se canse y nos abandone a todos.
Voy a mantenerme alejada de la gente y, de alguna manera, conseguiré salir adelante, pase lo que pase.
Al fin y al cabo, hasta ahora lo he logrado.
—¿Acaso no estamos vivos? —le digo al silencio.
La rata, que estaba bordeando la pared para esquivar la trampa, se detiene durante un segundo, como para reflexionar.
Las dos estamos vivas, pienso, contra todo pronóstico.
La rata permanece inmóvil durante un momento, con unos ojillos resplandecientes.
Y luego sale pitando hacia la puerta y desaparece de mi vista.