KATE
KATE
E stá diluviando. Día tras día, llovizna o llueve a mares o bien cae un torrente constante y monótono.
El cielo está siempre gris, los parques no son más que charcos de agua estancada y las carreteras están inundadas de varios centímetros de agua.
Los carruajes empapan a los transeúntes, que se escabullen a toda prisa, calados e irritados.
Kate siente que ese tiempo la está volviendo loca, allí atrapada en casa.
Mira por la ventana y ve los contornos borrosos de los árboles, preguntándose qué comerá la gente en el primer día de matrimonio.
—Estás entornando los ojos, Katie —le dice su madre, que se ha detenido en el vano de la puerta, cargando con un montón de libros.
—Qué va. —Siente un destello de irritación que trata de ignorar—. O no lo pretendía, al menos.
—¿No te planteas llevar gafas ahora que vas a casarte?
—No. Menos aún ahora que voy a casarme —contesta Kate con entusiasmo—. Ya paro de entornar los ojos.
—Muy bien. Pronto dejará de llover, Kate.
—Ya lo sé.
Kate se imagina en el día de su boda, arrastrando el bajo del vestido por el barro, con los rizos empapados pegados a la cara y el ramo desintegrándose y cayendo en un charco en el exterior de la iglesia. Todo resbaladizo y mojado. No puede quedar más lluvia en el cielo, piensa. Es imposible.
—Qué buen tiempo hace…, si eres un pato, claro —bromea su padre sin falta a la hora de cenar, arqueando una ceja.
E incluso a Kate le cuesta esbozar una sonrisa.
Charles le manda listas de lo que ha comprado para la casa.
Kate las estudia con detenimiento mientras se imagina la mesa de madera de cerezo, la cómoda de caoba, y le responde: «¿Te has acordado del cazo de la leche, para la cocinita?
Mi madre dice que también debes acordarte de comprar un juego de decantadores.
¿Te has acordado de la plancha para mis cuellos y vestidos?
». Y después la arruga y la tira a la papelera porque teme sonar demasiado exigente.
Arde en deseos de estar con él, agarrada de su brazo, decidiendo qué comprar, pero no hay tiempo.
El carruaje siempre está ocupado transportando a gente de aquí para allá a causa de la lluvia, y su madre siempre está intentando coser cosas para su ajuar, enfadándose y pinchándose el dedo con la aguja.
Solo sale una vez; toma el ómnibus y recorre las calles empapadas bajo el enorme paraguas que le sobra a su padre. Va en busca de una cofia de encaje como las que ha visto en la revista Women’s Fashions , una prenda que las mujeres casadas llevan en casa.
La dependienta, que le recuerda a un pastel, brillante, redonda y con hoyuelos, saca varias cofias y las dispone sobre la superficie de cristal del mostrador.
Kate escoge una, se la prueba y sostiene en alto el espejo.
Tiene rosas rosadas diminutas entretejidas en la tela de encaje para que parezca que están posadas sobre el pelo.
Es perfecta. La mujer la envuelve con delicadeza en un papel azul claro y la mete en una caja, y Kate se la lleva a casa pegada al cuerpo bajo la capa, como si fuera algo mágico.
A Charles le han publicado sus textos en dos pequeños y elegantes tomos verdes.
Llegó un día a la puerta de entrada, hizo una reverencia exagerada y ridícula y dijo: «Boz, a su servicio», y sacó a Kate a la tarde gris para bailar como un loco con ella mientras sostenía los libros en alto por encima de la cabeza.
Kate se sintió increíblemente joven, viva y atontada de felicidad, y dio brincos para alcanzar los libros, cuyos verde esmeralda y dorado resplandeciente contrastaban con el cielo invernal, mientras las hojas se sacudían con la brisa.
Por las tardes, cuando no está Charles, se tumba bocarriba en la cama y acaricia con los dedos las palabras familiares, el título grabado en el lomo de ambos tomos: Escenas de la vida en Londres por Boz .
Vuelve a estar en la celda de los condenados de la prisión de Newgate, con sus paredes desnudas y su devocionario.
Su melancólico amanecer. Charles ya le ha hablado y le ha escrito sobre ello.
Se lo ha descrito mientras paseaban juntos.
Lleva a sus lectores a lugares a los que no pueden ir.
Pero ella, Kate, siempre habrá estado allí primero.
Ahora está escribiendo algo nuevo. Pickwick .
Las partes que Kate ha leído son graciosas, una gran broma afectuosa sobre el mundo.
Charles le dice a Georgy que va a ponerle el nombre de su gato a un personaje, y ella lo mira encandilada.
A veces, cuando salen a bailar o a visitar a amigos, Kate intenta imaginar lo que ve Boz, lo que garabateará su pluma en las páginas más tarde.
Intenta averiguar dónde reside el humor.
Pero solo puede revolotear alrededor de su mundo, tratando de captarlo.
Sus palabras son estruendosas, pesadas e imprecisas, mientras que las de Charles hacen acrobacias ágiles.
Sus hermanos se burlan de ella, Mary dice que no es muy avispada y su madre le dice que es torpe.
Su padre le pide que le haga el té, o que le zurza los calcetines, o que toque algo relajante al piano, y se ríe con los demás cuando se tropieza con el gato o confunde a Fred con Charles y está a punto de lanzarse a sus brazos sin querer.
Pero cuando Charles la ve, se le iluminan los ojos, como si Kate se encontrase más allá de los personajes que danzan por sus páginas y estuviese, de alguna manera, en el interior del lugar desde el que él mira.
Está dentro de su círculo, al tanto de la broma, en lugar de ser el hazmerreír. Y pronto vivirá allí.
El tono de sus cartas ha cambiado. Ahora son más urgentes, menos juguetonas. Suena como un hombre, como un marido, debería sonar, o eso piensa Kate, dándole vueltas al anillo con óvalos de color azul cielo en el dedo. Recordando lo que sintió al besarlo.
«Espero que no te retrases».
Cinco palabritas que le provocan una descarga de emoción.
—Qué exigente es —dice Mary, sentada en la cama con las piernas cruzadas y con la carta en la mano—. No sé si me gusta.
Pero a Kate, en secreto, sí que le gusta.
Cuando una persona se muestra exigente es que quiere algo, y que ha de obtenerlo.
Y Charles la quiere a ella. No se lo podría decir jamás a Mary, pero le gusta su vigor, el modo en que la somete, y cada vez más a medida que Kate se vuelve indiscutiblemente suya.
Tal vez Mary se ría, piensa, pero así es como se supone que debe ser el matrimonio .
Y eso es justo lo que quiere.
Un cielo plomizo. El sol se abre paso con timidez, vacilante, como si acabara de recuperarse de una larga enfermedad.
Kate avanza sobre las frías baldosas de la iglesia y se mira los pies, con sus zapatitos verdes.
Más adelante, al final del pasillo, está la silueta borrosa de Charles.
La está esperando y, aunque su contorno esté difuminado, esboza una sonrisa, de eso Kate está segura.
Quiere verla, sentir la calidez familiar y el peso de su sonrisa, pero está demasiado lejos, y Kate está intentando no entornar los ojos, de modo que baja la vista al ramillete, con sus pequeños capullos de damasco compactos y sus ramitas de mirto entremezcladas con el verde.
Lo está aferrando con tanta fuerza que teme partir los tallos.
Comienza a sonar el órgano, una sinfonía confusa que atraviesa el aire frío, y Kate se apoya en el brazo de su padre mientras caminan juntos hacia el altar.
Conforme Kate se acerca, ve que Charles va tomando forma, que se aparta el pelo de la cara con ese gesto que conoce tan bien.
La música cesa de golpe y las notas se tropiezan unas con otras. Y allí están los dos, cara a cara. Charles la toma de la mano, y la de él está limpia, sin manchas de tinta, y Kate no recuerda haberla visto nunca así. Casi no parece suya.
En casa, el banquete de bodas espera su regreso.
El pastel glaseado, con dos corazones y una flecha hechos de azúcar de cebada.
Las flores naranjas en delicados jarrones, los dulces en los platos de porcelana.
El baúl de Kate en el vestíbulo, con los tocados en cajas envueltas en papel marrón.
Todo está a la espera de ese intercambio de promesas.
Kate lo mira desde debajo de la cofia blanca y se pregunta cómo es posible que un momento pueda ser demasiado grande para contenerse a sí mismo; que esté cambiando todo y, a la vez, nada.
Charles le guiña. Durante un segundo recuerda el momento en que su madre dijo que era vulgar, pero trata de ignorarlo.
Le devuelve la sonrisa a Charles, y el párroco, con el cabello lacio peinado hacia un lado por protocolo, comienza a pronunciar su discurso cantarín.
Es un cántico de lo más suave, nada que ver con el de los predicadores furiosos de la infancia de Kate en Edimburgo, sino más bien un agradable balbuceo que acompaña la ceremonia matrimonial.
No hay silencio piadoso. A su madre no se le ha pasado aún la obstinada tos invernal, y la mitad de los votos quedan ahogados tras ella.
Georgy, con su mejor tocado, pregunta en un susurro agudo cuándo van a poder irse a casa a cenar, por si los bollos se enfrían.
Y de pronto, en medio de la calma, vuelve a sonar el estrépito del órgano y, antes de que se pueda dar cuenta de lo que ha ocurrido, Kate está recorriendo con Charles el pasillo de la iglesia de nuevo, atravesando las altas puertas y saliendo a los adoquines, rodeados de los escasos invitados, y de repente ya es una esposa, hasta la muerte.
Su carne, su vida, se ha fusionado con la de Charles.
Se ha llevado a cabo una transformación.
Es un milagro, o se supone que debe serlo.
Kate ha cambiado para siempre. Y aun así, de algún modo, el suelo que pisa sigue firme, el chico que reparte los periódicos sigue chillando en alguna parte, en la calle de al lado, y Kate sigue teniendo un poco de frío ante la brisa de abril.
Charles se sienta a su lado en la cama, que chirría bajo su peso. Kate siente la rigidez de las sábanas nuevas y le llega el olor de las rosas secas que ha metido su madre entre los pliegues del camisón antes de irse.
Fuera, el viento de Kent agita las ventanas de la pequeña cabaña en la que están celebrando la luna de miel.
La lluvia está empezando a tamborilear los cristales.
La cabaña es de madera, blanca, con dos plantas y un jardín trasero, solo lo bastante grande como para colgar la colada.
Han viajado hasta allí en la diligencia, apretujados con los demás viajeros, que les lanzaban guiños cómplices y le daban palmadas en el muslo a Charles durante el trayecto de dos horas.
Allí fue donde Charles pasó la infancia, antes de que la sombra de la deuda se extendiera sobre su familia.
Es algo sobre lo que apenas habla, ni siquiera ahora.
Ni siquiera con ella. Kate tan solo ve destellos de ello en los labios fruncidos de Charles, en su rigidez.
Sabe que no debe preguntarle al respecto.
Pero allí, en ese lugar sagrado de una época pasada, Charles le mostrará su infancia, se la llevará del brazo a ver el cauce fangoso del arroyo poco profundo junto al que pasaron durante el viaje.
Kate comprará rodaballo en la lonja y lo cocinará al fuego, tal y como le ha enseñado Ruth, abierto y frito con nata y ajo.
No tienen tiempo de ir a ver el mar en Broadstairs, el pueblo del que Charles le ha hablado, donde, según le ha contado, los burros vagan a sus anchas sobre los acantilados y crecen montones de flores amarillas en la arena.
Esos placeres van a tener que esperar, aunque Kate los ansía.
Solo tienen una semana, durante la vacancia judicial de Pascua.
Una semana antes de que comience de nuevo el frenesí y puedan enviar a Charles aquí o allá en cualquier momento, recorriéndose el país según los antojos de la prensa.
Antes de que el trabajo se lo arrebate de nuevo.
Pero esta noche la vela arde con una luz tenue y proyecta sombras que danzan por toda la habitacioncita. El vestido que Kate se ha puesto para viajar está colgado del respaldo de la silla. Los zapatos de Charles, delante de la chimenea, juntos y ordenados.
Charles acaricia con delicadeza el edredón y luego acerca la mano al muslo de Kate, enterrado bajo la pesada tela del camisón.
Kate casi quiere detenerla, quiere posar la mano sobre la suya y pararla para que no llegue el momento.
Siente un deseo repentino e inexplicable de seguridad.
Cuando recobra el aliento se recuesta, y la cama vuelve a chirriar, y los dos se ríen mientras Charles hace una mueca en la oscuridad.
Ahora Charles se está acercando de verdad, tirando de ella hacia él, y Kate le permite meter la mano con suavidad por debajo del camisón para que la pose sobre su piel.
Le sorprende lo desnudo que siente el muslo en la zona en la que se le ha subido la ropa, con la mano de Charles cálida e inmóvil sobre él.
Siente su boca en los labios, el roce de la barba incipiente en la mejilla, y ahí está otra vez esa sensación de magnetismo, de atracción.
Se deja llevar por ella mientras siente cómo surge entre los dos una especie de calor.
Ahora sabe cómo puede sentirse cerca de él. Ahora lo entiende. Ahora tiene una forma de salvar la distancia entre ellos, de adentrarse en el mundo de Charles y hacer que él se adentre en el suyo. Allí, en la oscuridad, él es completa y absolutamente suyo. Está eufórica.