La señora Dickens ANNE
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ANNE

ANNE

C uando era pequeña, antes de conocer a los Dickens, mi padre era lechero.

No sé a qué se dedica ahora, ni dónde está, ni si está vivo o muerto o si lo han enviado a las Américas, y tampoco me importa.

Pero por entonces se dedicaba a eso, y mi familia vivía en dos habitaciones y cuidaba de seis vacas, y le vendíamos en tazas de lata la leche que nos daban a la gente que esperaba fuera.

Por supuesto, cuando pienso en las majestuosas casas en las que he vivido desde entonces, no me parece que un lugar así pueda, de ninguna manera, llamarse «hogar».

Me he acostumbrado a una vida acomodada, a expresiones como «plumón», «biblioteca» y «cuarto del bebé».

A chifoniers , baúles y bordados. Pero en aquella época no conocía nada que no fuera estiércol, paja y hedor, palabras para referirse a cosas de las que no debía hablarse en compañía de gente refinada.

Por entonces era una criaturilla escuálida, y no muy femenina que digamos.

No me agradaba demasiado cuidar de bebés, ni sus aullidos, ni que lanzasen comida por todas partes y de algún modo aterrizase tanto en tu pelo como en el suyo a la vez.

Pero, como la mayor de ocho hermanos, eso era lo único que había a mi alrededor.

De niña no podía ordeñar una vaca sin tener a un bebé en el regazo o sin que uno de los niños tirase algún cubo y me tocase a mí volver a colocarlo, o sin que uno de mis hermanos tropezase en lo más llano con su propio faldón y armase un jaleo tremendo.

—Vas a ser una pésima madre, Annie Brown. ¿Es que no puedes vigilar a ese niño ni un momento y quitármelo de en medio? —solía decirme mi padre.

Pero eso no era lo que quería yo.

—Pobre del hombre que elija a Annie.

—Tampoco pienso elegir yo a ninguno, de todos modos. Ni aunque supliquen.

—Con esa cara, ni que fueras a poder elegir —replicaba él con la velocidad de un rayo.

Y mis hermanos resoplaban de la risa y yo me ponía colorada como una baya y sostenía a la pequeña Bessie en brazos, y le daba una cuchara para que la mordisqueara y que así se callaran todos.

No he pensado en ella, en ese bebé, en veinte años. En su cuerpecito, que se quedó rígido y amarillento en mis brazos, con la piel aún perlada de sudor.

Es curioso lo rápido que te vuelve todo, cuando se lo permites.

Si respiro hondo y abro la cortina tras la que he ocultado el pasado, y viajas en el tiempo conmigo, como el viejo señor Scrooge y el fantasma, aún puedo verme como era entonces.

O, al menos, la versión de mí misma que era por entonces, puesto que el tiempo me ha cambiado como la marea cambia la orilla: siempre igual y siempre diferente.

Y, en cierto modo, no concibo que esta versión de mí tenga algo que ver con aquella.

Estoy sentada en un taburete de ordeñar a la luz del amanecer, con las faldas recogidas por encima de las rodillas para no mancharme con la paja húmeda. Hay una fila de cubos vacíos pegados a la pared, esperando a que los llene de nuevo.

Tengo dieciocho años, y no conozco nada más allá de mi propia mente.

Puedo ver a mi madre delante del fuego de la cocina a través de la abertura que hay en la pared que une el establo con nuestra casa.

Con unos brazos como alambres y una mano en el hueso protuberante de la cadera.

Con el pelo oscuro recogido en un moño, con mechones sueltos que le bajan por el cuello.

La pequeña Bessie está a sus pies, llorando.

Lleva dos días llorando y nadie sabe por qué.

Veo también a mi hermano Thomas sentado, apoyado contra la pared.

Tiene el zapato en la mano, partido en dos, y las lágrimas le abrasan los ojos, y veo a mi padre tratando de unir los pedazos cosiéndolos, porque la escuela para niños pobres no deja que entre nadie sin zapatos.

Yo solo pude aprender a leer porque era la mayor, claro.

Mis hermanas pequeñas no aprendieron a leer ni una palabra, porque nunca podíamos tener once pares de zapatos a la vez.

Matthew, Ivy, Martha y Stanley están sentados en taburetes a mi lado, tirando de las ubres de las otras vacas en la fila en movimiento.

Jem, el más pequeño, aparte de Bessie, trae otro cubo vacío de la parte delantera de la casa y lo coloca junto a la pared con un golpe metálico.

Jem es patizambo, y todo el mundo se ríe de él por eso, salvo yo, que no le veo la gracia.

El hedor agrio a leche flota en el aire y se mezcla con el olor a excrementos y al de los cuerpos calientes de los animales que se empujan y se retuercen, con las orejas rodeadas de moscas.

Se te pega a la ropa, y al pelo, y es imposible deshacerse de él.

Te despiertas con él, te vas a dormir con él y comes con él.

Así son las cosas en nuestra familia, y más te vale no quejarte, porque las vacas son las que nos mantienen vivos.

No me gusta verlas ahí, como estaban ese último día.

Ese último día de trabajo, de discusiones y de consuelo mutuo, de comidas, de enfados y de cocinar. El último día de preocuparse por zapatos que no se abrochan bien, o por lo que se siente al ser objeto de burlas, o por el motivo por el que llora la niña.

Si hubiéramos sabido que era el último día, supongo que nos habríamos comportado de un modo distinto unos con otros.

Quizá nos habríamos puesto emotivos, nos habríamos despedido o dado instrucciones a los que se quedaban atrás, lo cual es más útil que la emotividad, como bien sé.

Quizá mi madre me habría dejado algo, alguna manera de comunicarse tras su muerte, de mostrarme cómo lidiar con la situación o qué hacer, para que no me sintiera tan sola y tan asustada después. Pero ya es demasiado tarde para eso.

Al principio tan solo es una enfermedad.

Nos acecha con sigilo y sutileza. Un mareo momentáneo.

Un retortijón en el estómago. Calor en la frente.

Después, Thomas se dobla sobre sí mismo.

Ivy deja escapar sonidos agudos de miedo desde su cama.

Es una enfermedad que no se cura, sino que tan solo va en aumento, se apodera de uno, luego de otro y de otro más, y yo me veo indefensa ante ella; su marea me arrastra. No puedo detenerla.

Mi madre, tumbada bocarriba, huesuda y resistente, quejándose y sudando bajo la manta.

Martha retorciéndose, amarilla, sobre el colchón.

Los demás, una maraña de extremidades en sábanas empapadas. Y los ruidos que hacen no son muy distintos de los de las arcadas y los gruñidos de las vacas en el establo.

Mi padre, Jem y yo somos los únicos intactos.

Me siento en el taburete y mezo a la pequeña en los brazos, hacia delante y hacia atrás, deprisa, como si pudiera evitar que sienta algo si la mantengo en movimiento.

Como si pudiera aliviar el sufrimiento que le destroza el cuerpecito.

Siento como si estuviera en un sueño. Pero no logro despertarme sacudiéndome ni dándome pellizcos, y veo que los demás están igual.

Jem está sentado en el catre con las rodillas encogidas y un paño húmedo en la mano.

No llora ni arma ningún escándalo, sino que lo va pasando en silencio de uno a otro, de uno a otro, con el rostro inexpresivo.

El tiempo se ha detenido dentro de nuestras cuatro paredes, y la única unidad de medida que tenemos es quién está sucumbiendo, y cuánto tardan en dejar de aferrarse a la vida.

La casa se llena de muerte. Se sume en ella.

Los rostros cambian. Los ruidos cesan. El silencio se asienta.

Las vacas yacen unas sobre otras, desplomadas, en la penumbra del establo.

Y todos están inmóviles: mi madre, mis hermanas y mis hermanos.

Lo que nos ha atacado, sea lo que sea, les ha arrebatado la vida.

Unos hombres con la cara cubierta con un paño grueso se llevan sus cadáveres.

Thomas, con el zapato aún partido en dos.

Martha, arrastrando el cabello rubio por la mugre del suelo, y Mathew, y Stanley, y también Ivy, tan menuda y ligera que no hace falta más que un hombre para cargar con ella.

La levanta con una delicadeza que no me gusta ver.

Y nosotros esperamos, mi padre, Jem y yo. Nos observamos, cautelosos, en busca de algún indicio. Un ojo lloroso. Una mejilla encendida. Los tres permanecemos tan callados como podemos.

Al día siguiente, cuando ya se han marchado todos, mi padre se levanta y empuja la amplia puerta para abrirla; durante un momento me ciega la luz del sol, y mi padre desaparece tras ella.

Lo llamo a gritos, pero no regresa.

Lo maldigo. Lo llamo «maldito cabrón asqueroso», le digo que lo castigará Dios, y le doy un puñetazo a la pared. Y entonces rompo a llorar. Un llanto espantoso, salvaje. Y durante todo el rato Jem está ahí sentado, sin pronunciar palabra.

Al principio no me quiero mover. Quiero quedarme en el catre, hecha un ovillo, y esperar a la muerte. Pero la muerte no me quiere. No va a venir.

Me levanto temblando y bajo la vista a Jem, que está sentado contra la pared, abrazándose las rodillas.

Me mira con esos ojillos tan curiosos suyos.

—¿Quién va a ser el próximo en morir?

—Ninguno de nosotros, Jem. No seas zoquete. —Se me rompe la voz con cada palabra de no usarla—. Ni tú ni yo vamos a morir. Tú no vas a morir, y yo tampoco.

—¿Por qué?

—Porque Dios no lo quiere.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Me dejo caer a su lado, de modo que los dos nos quedamos sentados con la espalda apoyada en la pared del establo.

Tal vez dé igual, pienso. Las vacas, de las que dependíamos para ganarnos la vida, están muertas. Si mi padre se hubiera quedado, se lo habrían llevado a Marshalsea, y a nosotros con él, y no habríamos salido de allí jamás.

Tengo que pensar.

Sé que tenemos una tía. La hermana de mi madre.

Vive en la costa; nunca he estado allí, pero sí he oído el nombre del lugar: Broadstairs.

«Broadstairs, donde vive Nelly», solía decir mi madre.

«Cómo me gustaría ir a Broadstairs, donde vive Nelly —decía—.

¿Sabéis que allí los burros deambulan en libertad por los acantilados?

». Y luego sacudía la cabeza ante la idea y volvía a centrarse en las vacas, todas atadas y apretujadas en el establo hacinado.

He recordado ese nombre todos estos años; lo he guardado en un rincón de la cabeza.

Y ahora aquí está, esperándome cuando lo necesito.

Tal vez sea eso lo que me ha dejado mi madre, después de todo, aunque ella no lo supiera.

En cierto modo, me parece bastante cómico que las cosas que parecen insignificantes, como una historia sobre unos burros, resulten ser decisivas, y las cosas a las que se les da tanta importancia resulten no ser de utilidad para nadie.

Preparo una bolsa para los dos, para Jem y para mí, con todo lo que pueda encontrar que sea necesario rescatar, lo cual no es mucho.

Una Biblia con las esquinas de las páginas dobladas que apenas puedo leer.

Un anillo que mi madre guardaba debajo de la cama.

Cuando empujo la vieja puerta podrida para que se abra a la tarde, tan solo miro atrás una vez.

Miro los cubos de leche, aún colocados junto a la verja.

El pasto para las vacas, los montones que no se han comido.

La cacerola con la que mi madre estaba a punto de cocinar.

El cuchillo que esperaba a que lo agarrara.

Sé entonces que nunca perdonaré a mi padre. Nos ha dado la espalda y nos ha abandonado. En ese momento me juro a mí misma que no confiaré en nadie para mantenerme a salvo más que en mí misma. Jamás.

Cierro la puerta de una patada y nos marchamos; dejamos la casa, y toda la vida y la muerte de su interior, en el pasado.

Recorremos la calle con las capuchas subidas a pesar del calor para que ningún vecino nos vea.

Y todo el rato Jem va agarrado a mi brazo, como si se estuviera ahogando y solo yo pudiera mantenerlo a flote.