La señora Dickens KATE #9
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KATE #9

—Es un hombre enérgico. Ambicioso. Con él te irá bien, Kate. Cualquiera podría ver eso con solo mirarlo.

—Ya lo sé.

—Tú eres una persona muy diferente. Siempre lo has sido. Eres como tu padre —le dice mientras sube las piernas a la cama y cambia de postura para ponerse cómoda—. Y tu padre, Kate, es un bálsamo para mí. Si deseas casarte con Charles, has de ser un bálsamo para él. ¿Lo entiendes?

Kate se gira hacia su madre; esas nuevas ideas la están haciendo cambiar de opinión. ¿Así es el nuevo mundo, el de la edad adulta?

—Sí —contesta.

—No puedes ser el fuego tú también. Si juntas fuego con fuego, arde la casa. No hace falta ser un genio para entenderlo.

Su madre estira el brazo y le acaricia la mejilla con sus largos dedos de pianista. Ve su delgada alianza de oro trenzado, y quiere agarrarla y darle un beso, como hacía cuando era niña.

—En este matrimonio no habrá sitio para tu ira. Precisamente por eso pienso que encajaréis bien. ¿Podrás ser su bálsamo, Katie?

Kate hace caso omiso de la ansiedad que la abrasa cuando Charles no está con ella, el terror de que no la quiera. Todas esas emociones inapropiadas y poco femeninas que no quiere sentir.

—Sí.

—Tú padre también tiene algo de fuego dentro, claro. No tener nada de fuego no es bueno. Sin él, uno es un compañero muy decepcionante. Pero se lo guarda. Lo mantiene alejado de mí, para que no arda yo. O que solo ocurra de forma esporádica, al menos.

Sonríe y vuelve a bajar las piernas de la cama antes de alisarse la falda arrugada.

—Bueno. ¿Qué estaba haciendo? Ah, sí. Las sábanas.

Cuando recoge la pila de sábanas del asiento de la ventana, se le caen unas fundas de almohada y se agacha para recuperarlas.

Durante un breve instante, a Kate la embarga un cariño tan fuerte que no soporta la idea de que su madre se marche; tan solo quiere quedarse con ella, acurrucada, ser siempre una hija.

Es como la luz del sol, piensa, cuando no está estresada.

—¿No te puedes quedar un ratito más?

—¿Y que la casa se suma en más caos aún? De ninguna manera.

—Puedo ocuparme yo de la ropa de cama.

—Santo cielo, no. Sé joven mientras puedas, Katie.

Haz las paces con tu muchacho. Envíale una carta llena de besos.

—Lanza un beso al aire como para demostrarle lo que hay que hacer.

Al llegar a la puerta, se da la vuelta y se detiene allí, enmarcada, con su vestido rojo, alta, elegante e inteligente, como un retrato en una galería—.

No te preocupes por tu señor Dickens. Tú eres mucho más afable de lo que lo he sido yo jamás.

Seréis una pareja de chiquillos felices en vuestra casita.

De eso estoy segura. Y, una vez que compartáis el lecho matrimonial, no dudo de que te parecerá de todo menos distante.

—¡Mamá!

Kate se sonroja y su madre desaparece riéndose.

Kate se incorpora y deja escapar un suspiro, y luego se acerca al escritorio a por una hoja de papel.

Queridísimo Charles:

Se detiene con la pluma en la boca y después la vuelve a sumergir en la tinta.

No desearía perder tu cariño por nada del mundo.

Jamás. Es más valioso para mí de lo que soy capaz de expresar.

Por favor, perdóname y vuelve a quererme.

Permíteme prepararte el desayuno de nuevo, o llevarte unas galletas para tomar el té el miércoles por la tarde, si estás en casa, y no estás demasiado ocupado con el trabajo.

No me enfadaré , te lo prometo. Seré tu ratoncito feliz, seré buena y estaré alegre.

Siempre tuya,

Kate Hogarth

Dibuja una espiral bajo su nombre, como hace él siempre, lo cual se ha convertido en una broma entre ellos, y después dobla la hoja de papel a lo largo y la sella para enviarla.

Una vez que ha convencido a uno de sus hermanos para que se la entregue, sube las escaleras, se sienta delante del tocador y se mira el rostro en el espejo ovalado. Bonito, pequeño y apacible.

Precisamente ella sabe cómo ser un bálsamo, piensa.

Cómo ser delicada. Cómo calmar a los bebés, meciéndolos en la cadera y haciendo ruidos graciosos para distraerlos de los males de la vida.

Sabe cómo tranquilizar a su madre, qué gestos amables tener con ella para que se le pase el mal humor.

Kate pone en orden el caos de la salita por la mañana, organiza los periódicos que han quedado esparcidos por el escritorio, vuelve a poner en su sitio la tapa del tintero, que está bocabajo.

Recoge lavanda, la seca en la cocina, en ramos atados con una cinta, y la mete en saquitos perfumados que cose ella misma para los cajones de la ropa de cama, introduciendo y sacando la aguja en bucles intrincados de color.

Qué paciencia tiene Katie . Conoce el orden.

Conoce la calma. Y, si para casarse con Charles tiene que ser siempre la apaciguadora, lo aceptará, ya que a nadie se le daría mejor que a ella, de eso está segura.

Y, en cualquier caso, ya no puede vivir sin él.

* Pudin tradicional escocés preparado con harina, pan rallado, fruta seca, sebo, azúcar, especias y leche.