KATE #8
Fred vuelve a meter la cabeza y Kate se apresura por la calle, dándose golpes torpes en la pierna con la sartén para tortillas.
Conforme cruza al otro lado, y está a punto de chocarse con un repartidor que ya está sudando y acarrea un montón de paquetes, vuelve a oír la voz de Fred, gritando a su espalda mientras contiene la risa:
—¡Trae una olla la próxima vez!
Kate entra por la puerta principal de su casa y se encuentra con una carta doblada con un garabato apresurado en la mesa del vestíbulo:
Querido ratoncito:
Me han enviado a Hatfield.
Esperaba poder verte.
No regresaré hasta el jueves, como mínimo.
Kate deja la sartén en el aparador y siente el estúpido ardor de las lágrimas tras los ojos. En la cesta, la mantequilla se está saliendo del envoltorio, y el queso está empezando a sudar por el calor, y abajo, en la cocina, Ruth está armando un escándalo por la espumadera desaparecida.
Cuando lo ve al fin, una semana más tarde, Charles se muestra jovial.
—¿Cuándo empezará a hacer más fresco? No ha llovido nada en un mes.
Se estira, levantando los brazos por encima de la cabeza, y luego baja alegremente los escalones de la entrada.
Kate no quiere mirarlo.
—Antes de que llegue el otoño vamos a estar todos achicharrados.
Kate no quiere hablar del tiempo, malgastar en algo tan trivial ese diminuto periodo en el que al fin lo tiene delante, al fin está con ella.
En voz baja, dice:
—Fui a prepararte el desayuno.
—Ya, me lo contó Fred. Dijo que habías traído media cocina —contesta, y se ríe.
—Me dijiste que fuera, pero no estabas en casa.
Kate es consciente de que suena quejumbrosa, pero la risa de Charles la ha irritado.
—Te mandé una carta —replica él como si nada.
—Llegó demasiado tarde.
Charles la mira sorprendido.
—Me tuve que ausentar, Kate. No fue elección mía. Ya ha ocurrido otras veces, y volverá a ocurrir. Estoy intentando forjarnos una vida.
Es algo razonable, ya lo sabe. Le mandó una carta.
Charles es razonable, y ella es una necia, pero de alguna manera ser consciente de ello solo hace que se sienta peor.
Solo le da ganas de llorar, para su completa humillación.
Aparta la cabeza y Charles la detiene, lo confunde con un gesto de irritación juguetón. Su viejo juego.
—No te enfadez , ratoncito.
Le agarra un tirabuzón y se lo acaricia con delicadeza, adulándola. Ladea la cabeza como un perrito y abre los ojos como platos. Pero, durante un lacerante instante, Kate no soporta sentir que la trata como un bebé.
—Me pediste que fuera.
—Tuve que marcharme, Katie. —Y luego, con recelo, añade—: Espero que no seas absurda.
La palabra escuece.
—No es… ¡No es absurdo querer claridad! ¡Querer que cumplas tu palabra!
—¿Cumplir mi palabra?
Ha vuelto a expresarse mal, como si estuviera cuestionando el honor de Charles, o su honestidad. Ve la furia apoderarse de su mirada.
—¡No tuve elección! ¡Trabajo para ti, para los dos! Para construir algo que podamos compartir. Que esperaba que pudiéramos compartir.
La matización la deja aturdida.
—Te estás comportando como una niña pequeña y caprichosa —agrega Charles—. No me gustaría nada pensar esas cosas de ti, cuando tu afabilidad ha sido una fuente enorme de placer para mí. No tengo tiempo para chicas necias, ni para esposas malcriadas que no hacen más que lloriquear.
Kate no es como otras personas, no es como su madre, con sus réplicas agudas y contundentes, su agilidad mental. Se le queda la mente hecha papilla y se atasca.
—Pensaba que sería algo agradable para ti —está diciendo Charles—. Prepararle al desayuno al hombre que va a ser tu marido. No un esfuerzo, como haces que parezca. Pero a lo mejor es que tienes mejores maneras de pasar el tiempo.
Es solo que se sintió como una idiota, con la sartén para las tortillas en plena calle; eso es lo único que quería decir.
Y que, más allá de todo eso, había estado esperando verlo con desesperación, que no había dejado de darle vueltas, que apenas había dormido.
Que piensa en él a todas horas, haga lo que haga.
El rubor se le extiende por el cuello, como si todas las palabras que no ha dicho se estuvieran reuniendo allí, un ejército diminuto y atrapado que no tiene a dónde ir.
—Me has hecho mucho daño —dice Charles con una mirada gélida—. No esperaba esto de ti.
—No… No estaba… —empieza a decir Kate, pero no le sale nada, por lo que los dos se quedan suspendidos en el abismo que ha abierto ella entre ambos.
—No pienso malgastar mi velada con alguien que me trata de este modo.
Se aleja por la calle vacía y Kate oye el eco de sus pasos. Fred, que estaba holgazaneando cerca de la verja, se da la vuelta, sorprendido.
—¡Charlie! ¡Charlie! ¡Me podías haber avisado de que ya habías acabado!
Sale corriendo detrás de su hermano y, con actitud inquisitiva, le pasa el brazo por el hombro, pero Charles no mira atrás.
—¿Estás bien, Katie?
Su madre está en el vano de la puerta con un montón de sábanas en las manos. Kate gira la cabeza sobre la almohada para que su madre no le vea la cara y responde un «sí» amortiguado.
—He visto por la ventana a Charles marchándose. ¿Habéis discutido?
—Sí.
—Ay, mi pobre niña. No es muy propio de ti discutir.
—No creo que siga queriendo casarse conmigo.
—¿Por qué no?
—Me he enfadado con él.
La señora Hogarth deja el montón de sábanas dobladas sobre el asiento de la ventana y cruza el cuarto hasta la cama en la que yace Kate con una postura dramática.
—¿Mi Kate? ¿Enfadada?
—Sí.
Piensa en cómo le ha hablado Charles, en ese enfadez infantil e infantilizador, y vuelve a ocultar el rostro en la almohada, el doble de avergonzada.
—No me lo puedo creer —dice su madre—. ¿Y cuál ha sido el motivo?
—Fui a… Fui a hacerle el desayuno y no estaba en casa. No puedo… no logro acercarme a él.
—Solo te sientes así porque aún no os habéis casado, Katie.
Su madre se sienta en la cama.