KATE #7
Ahora, cuando está con Charles, empieza a sentir algo similar.
Como si fuera por el mundo a tientas, chocándose, un poco a ciegas, viendo solo los bordes toscos, las formas difuminadas.
Hasta que él le coloca su propia lente sobre los ojos y todo cobra nitidez.
No hay mucha gente a través de cuya lente preferiría ver el mundo.
Pero, con Charles, lo desea tanto que a veces la deja sin aliento y, cuando él no está a su lado, Kate se siente tan inquieta que apenas logra soportar los días, que parecen estirarse eternamente, incoloros.
Cuando su padre y él se encierran en el despacho después de cenar, Kate sabe que el momento está a punto de llegar.
En la sala de estar, Mary toca Mi corazón está en las Tierras Altas lanzándole miradas cómplice a Kate mientras la señora Hogarth se ocupa de la labor de costura de Georgy, quejándose de la longitud del pespunte.
Y entonces, de pronto, Charles y ella están solos en el vestíbulo. La parte de atrás de las faldas de su madre desaparece a toda prisa por el vano de la puerta. La casa, que suele estar llena de niños estruendosos y de bebés quejumbrosos, se sume en un silencio curioso.
Charles le tiende un anillo con pequeños óvalos de color azul cielo. Y observa a Kate mientras ella lo acepta. Se lo coloca en el dedo, por debajo del nudillo, donde le queda un poco holgado.
—¿Te gusta? Es lo que esperabas, ¿Kate?
—Es perfecto.
—Tendremos que ir a que te lo ajusten.
—Eso espero —dice, riéndose y dándole vueltas al anillo en el dedo—. Si no, se me caerá en el desayuno todos los días.
—Eso no puede ser —dice Charles, que le toma la mano y le da un beso—. Qué mano tan pequeñita tienes.
El «sí» se da por hecho. Kate no se da cuenta hasta más tarde de que Charles no ha llegado a preguntarle nada.
En el salón, su padre asiente, satisfecho.
Su madre sonríe. Mary admira el anillo y dice que parecen piedras de una isla lejana.
Se casarán al año siguiente, y Kate vivirá en Furnival’s Inn, en unos nuevos aposentos, todos para ella.
Con su propia cocina, su propio comedor, su propia criada para todo.
Su propio Charles. En la mesa, desayunando, leyendo el periódico junto al fuego.
En su cama. No hablan del tema, pero Kate lo siente entre ellos, la promesa de lo que ocurrirá.
Que se fundirá con su cuerpo, se fusionarán, se convertirán en uno solo.
Antes le daba miedo, cuando era niña y escuchaba verdades a medias en la cocina de pasada, o en susurros de sus amigas cuando los adultos estaban abajo.
Pero todos esos miedos se han esfumado; los ha sustituido la realidad de Charles y lo mucho que desea, cuando está cerca, deshacerse en sus brazos como si la frontera entre el cuerpo de Charles y el suyo fuera irrelevante.
Se tumba en la cama, viendo los movimientos del fuego reflejados en el techo, mientras va apagándose y enfriándose, y deja volar la imaginación.
El calor del verano londinense está empezando a remitir al fin.
La fruta de los huertos que rodean la casa de Brompton cuelga de las ramas inclinadas, ya madura.
Ya hay cuencos llenos de ella en la cocina, esperando a Kate, que está de pie, con las manos sumergidas en la harina, hundiendo los pulgares en la masa, tratando de distraerse.
Se siente extraña. La casa la asfixia. Nada la satisface como antes, desde que aceptó contraer matrimonio con Charles, lo cual parece estar prolongándose sin fin, como si no fuera a llegar nunca.
Han pasado cuatro largos meses desde el compromiso, y todavía quedan al menos seis, más largos aún, para la boda.
Está atrapada en un estado intermedio, ni niña ni esposa, y el tiempo parece deformarse y estirarse en una espera interminable.
Ni siquiera ahora consigue retener a Charles, y sus ausencias secuestran de alguna manera su felicidad.
Siempre tiene prisa o está de viaje. Un día no va a su encuentro, tal y como han acordado, y manda a Fred con una de sus cartas, y Kate, vestida para salir, se desabrocha el vestido y se desploma, abatida, en el sillón, y más tarde, cuando se despierta, descubre que Charles ha entrado por la ventana y está de pie junto a Mary, con los dedos en los labios, los dos intentando contener la risa, observándola.
Kate se incorpora con cara de sueño, intentando sonreír, agarrándose el vestido abierto.
Charles le trae un colgante, una piedra lisa y pálida con forma de corazón, atravesada por el centro por un cordón.
—Me la encontré en una playa de Broadstairs —le explica mientras le ata el cordón al cuello—, y encargué que hicieran un colgante con ella para ti.
Broadstairs, mi futura esposa querida, es mi sitio favorito del mundo.
Lo visitaremos juntos cuando estemos casados, e iremos de vacaciones allí todos los años, entre los burros.
—¿Los burros? Qué romántico.
Charles se inclina para darle un beso en el cierre del collar, luego hace un gesto de dolor al levantarse y Kate se gira, preocupada, para apoyarle la mano en el costado.
Se ha fijado en que suele padecer dolores en el costado, una vieja dolencia de la infancia que parece reaparecer cuando menos se lo espera.
Cuando le escribe una carta para decirle que ha tenido una mala noche, o que se ha pasado la mañana dolorido, y que lo lamenta, pero que se ve obligado a cancelar los planes, Kate siente un impulso tan fuerte de ir a verlo que casi se levanta del asiento en el que está leyendo.
Se imagina que posa las manos sobre él, que le lleva mantas y se las extiende por las rodillas.
Si Mary le dice que Charles se ha resfriado, Kate fantasea con hacerle una cataplasma de mostaza y un bálsamo de miel, con llevarle tazas humeantes de té.
No soporta quedarse allí sentada en el sofá, con uno de los mellizos babeando en el regazo, su madre tocando el piano sin cesar y los serios invitados cetrinos de su padre hablando sin parar sobre ópera.
Cuando ve, al fin, una carta de Charles, su tinta azul y esa letra tan inclinada que parece que se va a caer, le da un vuelco el corazón.
Ven a prepararme el desayuno mañana. Te espero a las ocho en punto.
Con cariño,
Charles Dickens
Al día siguiente, se despierta temprano y se sienta delante del tocador y se desenreda los rulos del pelo para que le caiga en pequeños rizos femeninos que le rebotan a ambos lados del rostro.
El aire ya carga con la promesa del calor.
Kate se asoma entre los pliegues de la pesada cortina y ve que el mundo apenas ha cobrado vida aún.
La hierba está cubierta de rocío intacto y las ramas tiemblan con el movimiento de los pájaros.
Cuando baja a la cocina, va a por una cesta y, con cuidado, la llena de huevos, dos patatas que asó al fuego el día anterior y un bloque de mantequilla, todo envuelto con esmero en papel marrón.
Un trozo de queso chédar intenso que se desmorona con facilidad, unos dientes de ajo y tres setas anchas y planas.
Lo guarda todo junto con una barra de pan pequeña, un cuchillo para pan y la espumadera.
Ruth se dará cuenta de que ha desaparecido cuando se disponga a preparar el desayuno para toda la casa, pero se lo guarda de todos modos, deprisa, y luego también se lleva la sartén para tortillas que hay colgada de la pared, por si acaso.
Charles no tiene una sartén así, de eso está segura, ya que vive en unos aposentos para soltero.
No cabe en la cesta, y el reloj del vestíbulo da las menos cuarto, así que se la lleva consigo, pensando en lo mucho que se reirá Charles cuando la vea aparecer por la calle.
Y entonces se escabulle, embriagada, y sale al aire cálido de la mañana, con las botas bien atadas repiqueteando por la acera y el pálido corazón frío contra el pecho.
Se topa con el repartidor de mantequilla, que está haciendo la ronda, y lo saluda con la cabeza, y él le devuelve el saludo, desconcertado.
Cuando llega a Furnival’s Inn, llama a la puerta deprisa y espera, y luego vuelve a llamar, más tímidamente esa vez.
Asustada de parecer demasiado insistente, levanta la mano, vacilante, pero entonces oye el ruido de una ventana al abrirse sobre ella.
Y ahí está Fred, sin afeitar, entornando los ojos ante la luz del sol de primera hora de la mañana.
—Hola.
—Hola.
—¿Buscas a Charlie?
Fred parpadea, confundido.
—Sí.
—Ha salido.
—Ah.
—¿Es eso una sartén para tortillas?
—Sí.
De pronto Kate se muere de vergüenza, con la sartén a un lado, colgando.
—¿No te ha… no te ha dicho que venía?
—No. No ha dicho nada en absoluto sobre tortillas. —Kate ve la risa que se le empieza a dibujar en el rostro a Fred—. Aunque te sienta de maravilla, ¿eh? No traerás una cazuela también, ¿no?
—No.
—Ay, qué pena. A Charles le parecen irresistibles. Te llevaría a la iglesia al momento.
—Deja de burlarte de mí, Fred.
No suena convincente, y lo sabe, pero no soporta que se burlen de ella. Le recuerda a sus hermanos, a sus comentarios sarcásticos que amenazan con arrancar las costras de sus heridas más sensibles. A su madre. La hacen sentir pequeña, inútil y boba, y hacen que quiera desaparecer.
—Podría haberte avisado, ¿no?
—Sí —responde Kate—. Habría estado bien.
—Así no estarías ahora ahí plantada con media cocina a cuestas.
—Ya.
—Es cierto que esta mañana mandó una carta.
Tal vez fuera para ti. Yo estaba dormido como un tronco.
No me he enterado de nada, y ahora supongo que me voy a quedar sin tortilla.
—Durante un breve instante se le ensombrece el rostro, y de pronto se le ilumina de nuevo—. Aunque todo esto tiene su gracia.
—Que tengas un buen día, Fred.
Kate se marcha con brusquedad, como si así pudiera conservar algo de dignidad, pero la formalidad tan solo hace que se sienta más ridícula aún.
—Lo mismo digo, señorita Hogarth.