La señora Dickens KATE #6
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KATE #6

Al llegar a casa se mira al espejo, muerta de vergüenza.

¿Habrá querido siempre que se cambie el peinado, durante todos esos meses de cortejo?

Tal vez la otra chica lo llevase así. Le llega ese pensamiento de manera repentina, con frialdad, y trata de erradicarlo.

Al menos ahora ya lo sabe. Se cepilla el pelo, se lo riza y se lo echa hacia delante con rabia.

Se lo retuerce en una espiral y se lo sujeta con horquillas, y se va a la cama así.

Cuando vuelve a saltar como un resorte por la mañana, obstinado, se enfrenta a él durante el desayuno y habla del asunto sin cesar con Mary, hasta que su madre le pregunta a su padre de pasada, mientras beben café, si han hablado del pelo de Katie en el periódico, ya que al parecer estos días no hay nada más importante.

Están regresando a casa de un baile, y el aire nocturno está cargado del aroma de los nuevos brotes de los jardines delanteros de las casas.

Ya casi han llegado cuando Charles la detiene con delicadeza.

Cuando se coloca a su lado, como en ese momento, Kate le llega al hombro, justo por la costura de la chaqueta, lo que, en su opinión, es lo adecuado.

Fred camina tras ellos con las manos en los bolsillos, silbando una melodía grave. Charles se gira hacia él, exasperado.

—Fred, ¿qué sentido tiene que te pague con cenas generosas si no eres capaz de cumplir con tu parte del trato y darte la vuelta cuando es necesario? ¡Y para ya con ese silbido infernal!

—Es que hace frío. —A Fred le tiembla la voz con una risa reprimida—. Silbo para entrar en calor.

—Si no te das la vuelta ahora mismo, te voy a hacer yo entrar en calor.

—¡Vale, vale! Ya me doy la vuelta.

Fred se aleja y cruza la calle riéndose.

Charles la aparta y la aleja de las casas, donde Fred no los puede ver. Se detiene bajo la farola de gas de la esquina. Kate también se detiene, y siente el calor de la mano de Charles sobre la suya.

Mira a un lado y al otro de la calle vacía y oscura. Si permito que me bese, será definitivo, piensa. Una posibilidad eclipsará todas las demás. Todos esos hombres sin forma, sin rostro, todas las vidas que podría haber vivido, se desvanecerán, y habrá elegido. En un «sí» se esconden mil «noes».

Aún puede echarse atrás, si quiere. Puede huir, incluso aunque la bese.

No corre nada de brisa. Los árboles son negros, inmóviles.

—¿No quieres darme un beso, Katie? —le pregunta Charles en voz baja.

Kate lo mira a la cara. Toda su animación, sus movimientos, se ha paralizado de pronto, como si el mundo que tanto lo absorbe, que lo atrapa tan a menudo, se hubiera desvanecido.

Decidida pero con cautela, Kate alza el rostro. Charles da un paso adelante mientras se aparta el pelo de la cara con una mano. Tiene la mejilla casi apoyada sobre la de ella. Nunca ha tenido a un hombre tan cerca. Apenas puede respirar por su proximidad.

A su espalda, en alguna parte, se mueve algo en la oscuridad.

Kate se gira, sobresaltada, y ve un zorro aparecer con sigilo de entre la hierba.

Pasa trotando deprisa por delante de ellos, mirándolos de reojo, y desaparece por la esquina, en dirección a Brompton.

Charles se ríe y agarra a Kate del brazo, y entonces, antes de que ella se dé cuenta de lo que está ocurriendo, sus labios se rozan.

Es como un imán. Siente que su cuerpo se acerca por sí solo al de él, que su mano busca el hombro de Charles de manera instintiva.

Se acerca más aún a él, tanto que no queda distancia alguna entre sus cuerpos, y entonces él se separa de pronto.

—Ya está —dice, dando por concluido el momento.

Kate alza la vista hacia él y ve, con una ligera sorpresa electrizante, que Charles está alterado, que está intentando controlarse. Le apoya la mano en el brazo con delicadeza.

—Qué bien besas, Kate.

Ella quiere decirle lo mismo, quiere decirle que besa tan bien que ha estado a punto de olvidar dónde estaba o qué estaba ocurriendo.

Quiere volver a besarlo de ese modo, acercarlo a ella otra vez para poder sentir la aspereza de su mejilla, la elasticidad de su boca.

Pero sabe que no servirá de mucho expresarlo con palabras, que, en cualquier caso, no son sus amigas.

Así que, en lugar de hablar, entierra el rostro en la manga de Charles, como si estuviera abrumada, como ha visto hacer a otras chicas con sus amantes.

Charles se ríe y la rodea con el brazo, complacido.

—Ven a verme mañana a las doce.

Y le da otro beso, fugaz, y se aparta al momento, como si Kate fuera a encenderlo sin querer. Y después se aleja por la calle y se adentra en la oscuridad.

Mary la está esperando en el vestíbulo, con los brazos cruzados y una mirada traviesa.

—¿Y bien?

Kate cuelga su capa con cuidado, con su hermana al lado.

—¿Has dejado que te bese? —Mary le tira del brazo—. ¡Katie! ¿Has dejado que te bese?

Kate se desata el tocado.

—Ya sabes que esos asuntos son privados.

—¡O sea que sí! ¡Te ha besado! —Mary se ríe y deja caer la cabeza hacia atrás con júbilo—. ¿Cómo ha sido? ¿Qué has sentido? ¡Cuéntamelo, Katie! ¡Katie!

Pero Kate tan solo sube regiamente las escaleras, en silencio, manteniendo en secreto el calor de los labios de su amante.

—Se me ha ocurrido una nueva idea para un relato.

—Charles está tumbado en el sofá, con la cabeza de Kate en el hombro—.

Me muero de ganas de que lo leas, ratoncito.

Te va a aterrar. —Estira la mano y le acaricia la mejilla con suavidad, como si disfrutara de la idea—. Te lo mandaré en cuanto la acabe.

Ha arrendado unos aposentos a la vuelta de la esquina de la casa de los Hogarth para pasar el verano, y ha arrastrado a Fred con él, para poder ver a Kate más a menudo.

Aunque sigue pasando más tiempo fuera que allí.

Pero el modo en que piensa en ella ha cambiado después del beso, de eso Kate está segura.

Cuando ella contrae la escarlatina, Charles le envía mermelada de moras, y se la come a cucharadas mientras yace, pálida, bajo las sábanas, con la única compañía de Jingle, el gatito.

Cuando están separados, Charles le escribe cartas a todas horas, y Kate no es capaz de imaginarse cómo puede soportar volver a usar la pluma después de pasarse el día entero escribiendo palabras a toda prisa.

Pero lo hace, por ella. Las firma con sus iniciales, subrayadas con un florido adorno, y están siempre repletas de política, calumnias cómicas sobre pueblos pequeños y relatos de primera mano sobre incendios en castillos.

«Mi querida cerdita». «Querido ratoncito».

Cuando Mary se hace con una de ellas, chilla.

—¿Cuándo lo terminarás? El relato, digo.

—El mes que viene, espero.

—¿Me lo leerás antes de que lo impriman?

—Si tengo tiempo.

Siempre es el tiempo, piensa. Siempre es el tiempo el que se interpone entre ellos con su barrera infranqueable, manteniéndola separada de él, y a él de ella.

—¿Da mucho miedo? —pregunta Kate.

—Sí, ratoncito, muchísimo.

Charles le recorre el pómulo con un dedo. Tiene el nudillo manchado de tinta. Kate gira la cabeza para rozarle el dedo con la mejilla, como cuando el gato le empuja la mano con su diminuta frente.

—¿Cómo se llama?

— El velo negro .

Quiere recostarse en la calidez del sillón y dejarse llevar por el miedo. Ver el velo, permitirse sumirse en su oscuridad, para que él pueda sacarla al consolarla. Que Charles la tome de la mano y la acompañe a lo largo del relato. Y que así pueda verlo todo con sus ojos durante un momento.

Sus propios ojos, como su madre no deja de recordarle, son defectuosos, por supuesto.

Pero no puede, a sus diecinueve años, soportar la vergüenza de llevar gafas.

Su madre la llevó una vez a probarse varias a la consulta de un médico en Exeter, un hombre muy alto que la contemplaba desde las alturas como un halcón.

El hombre se había inclinado hacia ella para tomarle medidas mientras ella permanecía sentada, tratando de no inhalar su desagradable aliento.

—Lea esa fila de letras, por favor, señorita Hogarth.

Le ajustó las lentes sobre la nariz, pesadas y frías.

La impactó verlo todo con nitidez.

—¿Y bien? —le preguntó su madre.

—No hay mucha diferencia.

Y entonces el médico halcón fue sacando varias lentes, una a una, de su mueble de madera, antes de volverlas a guardar todas, derrotado.

Kate leía mal las letras a propósito; convertía la «p» en una «r», la «f» en una «k».

Media hora después lo dejaron encorvado tras su escritorio, sacudiendo la cabeza, hablando sobre citas con especialistas en Londres, de visitas urgentes a hospitales oftalmológicos.

—Sé perfectamente lo que tramas, Catherine Hogarth —le dijo su madre mientras recorría a zancadas Waterbeer Street con Kate trotando a su lado, con las manos metidas bajo la bufanda—. No te creas que no lo sé.

—No sé a qué te refieres.

Una mirada de reojo penetrante.

—Mmm. No me importa que seas demasiado vanidosa como para llevar gafas, pero, por el amor de Dios, deja de entornar los ojos. Te van a salir arrugas en la frente, y nadie quiere tener arrugas.

Ahora todas las noches intenta alisarse la frente y se aplica la crema fría de su madre en la pequeña rugosidad de entre las cejas que parece decidida a seguir creciendo.

La luna sigue siendo un círculo difuso. Se sigue confundiendo con la gente cuando está a más de cinco pasos.

En el teatro, los actores son manchas de colores en movimiento cuyos rostros no distingue.

A veces se choca con cosas, se tropieza con muros bajos e inesperados mientras entorna los ojos para mirar a lo lejos. Pero sigue sin querer ponerse gafas.