La señora Dickens KATE #5
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KATE #5

Cuando desaparece durante una semana o más porque tiene que ir a Chelmsford o a Framlingham o a Stoke, o a algún otro sitio del que Kate apenas ha oído hablar, o cuando le manda una carta para informarla de que está enfermo y ha de cancelar los planes, se siente abandonada.

Los temores danzan por su cabeza: debe de haber dicho algo malo o, peor aún, no haber estado presentable; Charles debe de haber visto algo en ella que no le ha gustado.

Repasa mentalmente cada encuentro una y otra vez en un intento de averiguar qué puede haber sido.

Espera con ansias a que llegue Fred con una carta doblada, o a encontrársela en la mesita del vestíbulo, y casi se la imagina allí, cuando en realidad es solo la factura del lechero o una tarjeta de visita de alguien que no conoce de nada.

Cuando ve una carta de él, sale corriendo a por ella como una niña pequeña.

Charles la invita a una fiesta, a un baile, al teatro.

A escuchar a su hermana tocar la música de su opereta.

Y siente la calidez del alivio. Sus cartas empiezan a llegar sin cesar de nuevo, y su vida parece funcionar a su ritmo, como un motor.

«Señorita Hogarth».

«A la atención de la señorita Catherine Hogarth».

Y luego, al fin:

«Kate».

Sus hermanos, que están pasando un tiempo en casa, empiezan a lanzarle guiños cómplices. Robert, el mayor, enseña a los pequeños a decir «Charles Dickens» cuando él quiera, como si fueran un par de loros.

—¿De quién está enamorada Katie, Helen?

—Tarles Dickens.

—¿A quién besa Katie en secreto?

—Tarles Dickens.

Los chicos se parten de risa, y Helen aplaude, encantada consigo misma.

Kate oye a sus padres hablando en voz baja a través de la puerta cerrada de su dormitorio.

—El chico es un poco vulgar, George.

La voz de su madre suena reacia.

—Vulgar, ¿en qué sentido?

—Su forma de vestir, su… su carácter.

—A los jóvenes les gustan los colores. Ya se le pasará, imagino. Los dos son jóvenes. Recuerdo que, antes de que nos casáramos, tenía unos pantalones en particular que te causaban cierta consternación.

—¡Los de color verde guisante! —casi chilla su madre, pero luego baja la voz—. No duraron mucho. —Y después dice para sí misma, pensativa—: A lo mejor Kate puede hacer algo con esos chalecos.

—No creo yo que sea cuestión de los chalecos —contesta su padre—. Tal vez lo que ocurre es que nadie va a ser lo bastante bueno, Georgina. Kate es tan cándida… Aún es una niña, en cierto modo.

En el pasillo, Kate se indigna.

—Creo que otra familia lo rechazó para su hija. Los Beadnell. Es cierto que sus orígenes parecen un poco desalentadores, George.

¿Otra familia? ¿Otra hija? Todo eso es nuevo para Kate, y le resulta incómodo. Los Beadnell. Se guarda ese apellido en un lugar seguro de su mente.

—Ya he investigado yo sobre sus orígenes, y he hablado del asunto con el chico. No llegó a comprometerse con Maria. El padre ha atravesado ciertas dificultades, sí, pero en su hijo no veo más que prudencia.

—Tal vez.

—Charles es ambicioso —le garantiza su padre—, y se asegurará de que Kate tenga un buen hogar si lo elige a él. Con chalecos o sin ellos. Y Kate es una pequeña esposa nata. Una pequeña madre nata. En ese ámbito, a nadie le va a ir mejor que a ella.

Una pequeña esposa nata. Eso es cierto. Crear un hogar, cuidar de quienes viven en él…

Y ese hombre, Charles, hace que parezca que va a ser más fácil de lo que Kate había imaginado.

Algo más disparatado y a la vez más serio; más divertido y más importante.

Que es casi sagrado estar a su lado, como su esposa.

La vida está girando cada vez más rápido, desplegando la historia que va a vivir.

La historia para la que Dios la ha elegido, piensa Kate cuando se arrodilla en el banco de los Hogarth los domingos, mirando al Jesús de madera, a esos ojos que no parpadean. Lo siente.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

Kate arranca un diente de león de entre la hierba, lo desmenuza con los dedos, deja caer los restos y luego los aparta con un movimiento repentino. Sobre ellos, las nubes pasan deprisa, cobrando velocidad contra el azul estático.

Charles, tumbado en la manta, alza la vista hacia ella con una mirada inquisitiva, se lleva la mano de Kate a la boca y le da un beso.

—Pues claro, ratoncito.

Kate trata de encontrar las palabras, y de reunir el valor necesario para formularlas.

—¿Has… estado enamorado en el pasado?

Charles baja la mirada a las manos a toda prisa y luego vuelve a levantarla.

—Una vez. Sí.

En parte, Kate ya esperaba esa respuesta; si no, no se lo habría preguntado, pero, aun así, la preocupación se retuerce en su interior.

—¿Y qué ocurrió? —le pregunta con cautela, como si su preocupación fuera solo por él, y no por ese nuevo dolor extraño que siente al oír sus palabras.

—Fue algo sin mayor importancia, y acabó mal.

—¿Por qué?

—Era una mujer cruel.

Charles sacude la cabeza. Kate estira el brazo y le toca la manga.

—Yo nunca podría ser cruel contigo.

—Ya lo sé, ratoncito. Por eso estoy enamorado de ti.

Kate asimila ese detalle. Charles está enamorado de ella porque no es cruel. Saca una galleta de la lata y la parte en dos, y luego recoge las migas que le han caído en el vestido.

—¿Preferirías que no te lo hubiera contado?

Kate niega con la cabeza.

—No me gustan los secretos.

—No —responde Charles—. Los secretos no van contigo. Eres demasiado buena para ellos. Demasiado bondadosa. —Charles le da un beso en la mano con delicadeza y después la mira—. Mucho más bondadosa que ella.

Pretende tranquilizarla con esas palabras, y en parte lo logra, pero ahí está, ahí sigue esa otra chica, interponiéndose entre ellos. Adentrándose en la historia de ambos.

—¿Quién…? —intenta preguntar Kate—. ¿Quién era?

—No debes ponerte celosa nunca, Katie. No te pega.

Kate mira para otro lado, humillada, y Charles le posa la mano en el brazo con suavidad para atraerla de nuevo hacia él.

—Las mujeres sois el sexo superior, Katie —dice—. El más dulce. El más puro de corazón.

—¿Por qué decís siempre eso los hombres?

—Porque es cierto. Os adoramos, pero jamás podremos ser tan pacientes, tan bondadosos o tan delicados como vosotras. Sois nuestros modelos a seguir, y debemos adoraros. —Arranca una margarita y la deja en equilibrio sobre la falda de Kate—. Para mi dama.

Kate sonríe a su pesar y acepta la margarita.

Charles la quiere. Lo sabe. Pero, cuando le ha preguntado por la chica de la familia Beadnell, se ha fijado en que se le ha tensado la boca, en que una sombra le ha cruzado durante un momento el rostro, como una amenaza.

Quizá sea normal, se dice a sí misma, que los hombres tengan un amor pasajero, o dos.

Ella misma anheló una vez a un tal señor Railey.

Por entonces era muy pequeña, tendría unos trece o catorce años, y el chico le había dado un beso en la mano en una fiesta, de broma, haciendo como si fuera un pretendiente.

Sin ser consciente, claro, de lo mucho que la había cautivado ese gesto, el roce fugaz de sus labios sobre la piel.

—Hay que erradicar esos celos —dice Charles, como si pudiera leerle la mente—. No me gustan. Vamos a hacer un trato.

—¿Qué clase de trato?

—Si nos enamoramos de otra persona alguna vez, debemos contárnoslo. Al momento. Nada de secretos. Ni de traiciones.

Kate le da vueltas a la idea, adulta y exótica, y lejanísima. Fred y Mary están jugando a lo lejos, persiguiéndose y haciendo que las palomas que los rodean alcen el vuelo. Mary se ríe y sale corriendo hacia el lago, y el viento acarrea sus chillidos.

Kate nunca se enamorará de nadie más. No podría, jamás.

—De acuerdo. Prometido.

—Así me gusta. Ahora ya no tenemos que preocuparnos ni estar celosos, ni temer nada. —Charles vuelve a tumbarse sobre la manta de pícnic y se le extiende el pelo como la melena de un león—. Puedo soportarlo todo, Kate, pero debo saberlo. Para mí, la verdad es sagrada. Siempre. ¿Lo entiendes?

—Sí, Charles.

Kate decide velar por su pacto con cautela, y se lo piensa con detenimiento.

—Pero ¿qué harías? —le pregunta entonces—. Si te dijera que ha ocurrido. Si te dejara por otra persona.

—Iría a verlo y le daría la mano mientras se me rompe el corazón.

A pesar del aire heroico y de cuento de sus palabras, es como un niño pequeño.

—Para que veas lo mucho que te quiero —agrega y se acomoda, satisfecho con su respuesta—. Pero confío en que nunca harías algo así.

—Jamás. Jamás.

—Entonces corro muy poco riesgo, ¿no es así?

—Por supuesto.

—Y por eso eres mi pequeña, mi querida Kate.

Charles cierra los ojos, conforme. Cerca de ellos, un bebé se tropieza con su faldón y se sienta en la hierba durante un segundo, aturdido, antes de abrir la boca para aullar.

Kate lo observa, sorprendida por la dilación entre el dolor y el llanto, mientras su niñera se acerca corriendo para sostenerlo en brazos y calmarlo.

—Voy a estar fuera unos días —dice Charles, y bosteza—. Pero ¿quieres prepararnos la cena a Fred y a mí en Furnival esta noche?

—Por supuesto.

La invade ese cálido resplandor tan familiar. Por poder cocinar para él, por que Charles se lo pida. ¿Sabría cocinar Maria Beadnell? , se pregunta durante un instante.

—Fantástico —responde Charles—. Un merlán estaría bien, y quizá huevos, y ¿podrías traer un poco de la gelatina de albaricoque de la cena de anoche? Llevo toda la mañana pensando en ella.

—Claro, si mi padre no se la ha acabado toda en el almuerzo.

Charles se incorpora y le agarra el brazo con una sonrisa que Kate no logra interpretar.

—¿Y harías una cosa más por mí, Katie? —le pregunta.

—Lo que sea —responde Kate, y es cierto.

—Cámbiate el peinado para que te caiga el pelo así —le dice, explicándoselo con un gesto.

Kate se lleva la mano al pelo al instante.

—¿Para que caiga más hacia delante?

—Sí, alrededor de la cara. Lo prefiero así.

Siente que se le encienden las mejillas. Todo este tiempo … , piensa. Lo ha llevado mal todo este tiempo.