La señora Dickens KATE #4
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KATE #4

—Ya me encargo yo de la cena de papá —dice Mary.

—Échale solo un chorrito de salsa. No lo ahogues.

Kate se limpia una mancha de mantequilla con perejil del brazo y se queda mirando durante un momento la comida que va a dejar en las manos imprecisas de Mary. Cuando ya ha subido la mitad de las escaleras, se detiene durante un segundo y se vuelve.

—¿Seguro que estoy decente?

Mary la examina con la cabeza ladeada.

—Tienes la cara un poco colorada, pero no estás mal.

—Muy útil, gracias.

—Hay que ser sincera —se defiende Mary mientras recoge el delantal que ha abandonado Kate—. Es lo que me dices tú siempre. Venga, vamos. Ve a ver a tu amor .

Pronuncia la palabra despacio, alargándola y riéndose, ocultando la amenaza de separarlas que alberga. Kate pone los ojos en blanco.

—No es mi amor . Solo lo he visto dos veces.

—¡Venga! —exclama Mary—. Que, si no, se va a ir a su casa.

Kate se detiene en el vestíbulo, sin aliento. De pronto está insegura; apenas recuerda al señor Dickens. Gracioso, piensa, ¿no? Gracioso y triste. Se alisa el pelo una vez más y abre la puerta del salón.

La elegante figura del señor Dickens está sentada en el sillón de su padre, ensombrecida por el fuego de detrás. Se sobresalta al ver a Kate. Y entonces ella recuerda sus ojos. El modo en que cobran vida como grandes faroles que se iluminan.

—Señorita Hogarth.

—Señor Dickens.

Kate permanece cerca de la puerta, preocupada de que le huela el pelo a pescado.

—Su padre me ha dado permiso para llamarla.

—Qué amable.

Las palabras suenan forzadas. Kate sonríe como para animarlo.

—Lo que lamento es haberlo hecho tan tarde. Esta semana ya he tenido que hacer cuatro viajes al norte del país. Me preguntaba si… si le apetecería dar un paseo —dice mientras se mete las manos en los bolsillos y las vuelve a sacar al momento.

Kate mira por la ventana y ve el viento que aúlla con violencia bajo un cielo que va oscureciendo. El señor Dickens sigue la línea de su mirada y se pasa el pelo por detrás de la oreja.

—Mañana —añade deprisa—. O pasado mañana.

—Me encantaría.

—Fantástico. —Sonríe—. La recogeré mañana a las dos, entonces.

—Sí, por favor —contesta Kate antes de darse cuenta de que no le había formulado ninguna pregunta.

—Si hace mal tiempo, mandaré a Fred con un mensaje.

—Gracias.

—Estos días ha hecho un fuerte viento de marzo.

A Kate le parece que está desesperado por encontrar algo sobre lo que hablar, pero no sabe cómo rescatarlo.

—Y tanto.

—¡Victoria para Charles! —dice una voz tras ella.

Cuando se gira, ve al hermano del señor Dickens con las piernas cruzadas en el taburete bajo que hay detrás de la puerta.

—Calla, Fred —le ordena Charles.

—¡Victoria para Kate! —exclama Mary, apareciendo por la puerta.

Fred suelta una carcajada y hace como si estuviera a punto de caerse del taburete, y Kate ve que a Charles no le hace ninguna gracia.

Kate se sonroja, incómoda ante la intrusión, y luego se sorprende a sí misma pensando, durante un breve instante, en la caballa, en si se habrá echado a perder al haberse quedado abandonada.

—Traeré a Fred mañana —dice Charles—. A no ser que tenga a algún otro acompañante.

—Solo a Mary.

—Voy a la ciudad —anuncia Mary.

—Entonces nos tendrá que acompañar el necio de mi hermano, me temo, señorita Hogarth.

—Qué injusto —protesta Fred—, teniendo en cuenta que soy tu puente hacia el amor. Más vale que tengas cuidado con lo que dices.

—Y yo soy tu puente hacia la cena. Así que más te vale hacer lo mismo, Fred.

Fred guiña un ojo y se pone en pie de un brinco.

Charles asiente casi con timidez, le parece a Kate, como si de algún modo le resultara doloroso ese comienzo vacilante de su cortejo, y que tengan que lidiar mientras con la estupidez y la insolencia de su hermano.

A Kate le ocurre lo mismo, y por ello se siente atraída por él.

Los hombres se dirigen al vestíbulo con un gran estrépito y recogen los abrigos, las bufandas, los paraguas y los sombreros, y Kate se lleva un dedo a los labios a modo de advertencia mientras se queda allí con su hermana, escuchando el jaleo de la partida de los señores Dickens y la despedida amortiguada de su padre.

Y entonces, en cuanto oyen que se cierra la puerta principal, Mary se abalanza sobre el diván y da patadas al aire como una loca mientras Kate se deja caer en el sillón.

—¡Te lo dije! —exclama Mary—. ¡Te lo dije!

Al día siguiente salen a pasear hasta Chelsea y vuelta, con Fred arrastrando los pies por la acera tras ellos.

Hablan de Edimburgo, del castillo del peñasco, de Brompton High Street, de las playas de Kent y de hermanas.

Hablan sobre las obras de teatro que están representando en Drury Lane, sobre comedias y tragedias, sobre pájaros como mascotas y sobre baile.

Cuando se levanta el fuerte viento de marzo, se lleva una cinta del tocado de Kate y lo arrastra por la calle, Charles sale corriendo para atraparlo y se lo devuelve como un perro con un hueso.

Los transeúntes ponen los ojos en blanco, irritados por lo mucho que se están riendo estos jóvenes, porque todo es de pronto mucho más gracioso de lo que era, o eso le parece a Kate.

Caminan y caminan, pasan junto a carruajes, jardines y escaparates mientras el mundo vibra con su nueva comedia, hasta que a Fred se lo empieza a ver triste y a Kate le sale una ampolla.

Charles le cuenta a Kate que ha escrito algo en el Chronicle , un texto breve sobre la vida londinense.

Cuando vuelve a casa, lo busca en el despacho de su padre con una urgencia desgarbada, y después se tumba en el sofá del salón a leerlo.

Charles firma el texto como Boz, y el nombre es de lo más adecuado, porque suena como algo efervescente, como un destello, algo que pasa en un abrir y cerrar de ojos, antes de que puedas atraparlo.

Siente a Charles en las palabras, su jovialidad entretejida en las frases.

Le parece que su humor es contagioso. Su ligereza.

Le hace sentir que estar viva no es algo tan solitario como en ocasiones parece.

Le hace sentir que es posible reírse ante las cosas que se ven, pero sin destruirlas.

Charles aprecia la inocencia, la feminidad, el fulgor, y escribe sobre ellos con admiración.

Lo cual dice mucho a favor de un hombre, no cabe duda.

Kate también se fija en que le gustan las cosas pequeñas, como a ella.

Un tobillo menudo, una manita diminuta. Se mira la cintura en el espejo bajo, encantada ante su esbelta silueta, sus piececitos proporcionados.

Encantada de encajar a la perfección con sus gustos.

Van a una fiesta en un barco en Twickenham, y Mary los acompaña como carabina.

Hay pasteles de carne, cerveza negra embotellada y un toldo a rayas instalado junto al río para bailar.

Charles se mueve con agilidad entre los invitados, menudo, cortés, con movimientos rápidos.

Kate se envuelve bien en el chal de lana para protegerse de la brisa de abril y observa a Charles fingir que se cae al río o debatir sobre política con un amigo, criticando a los conservadores con una dureza inquebrantable.

Con Charles todo es sumamente serio, piensa Kate, y a la vez todo es un juego inventado por él mismo.

Un juego de palabras absurdas en el que cada persona se ha de poner en pie para recitar tantas como le sea posible sin parar.

Un juego de mímica en el que Fred casi fallece en un elaborado intento de representar el Diccionario de Samuel Johnson.

Charles la está introduciendo en su círculo de amigos, risas y tonterías, obligándola a dejar atrás su reticencia, destacándola como alguien digna de atención.

—Señorita Hogarth, qué callada está esta noche —le dice antes de doblar un papel y pasárselo a Mary en sus aposentos de soltero de Furnival’s Inn. Están jugando a un juego que se ha inventado Charles y cuyas reglas le cuesta seguir a Kate.

—Kate siempre está callada —dice Mary, garabateando su respuesta.

—Siempre no —responde Kate, cohibida.

—¿Reflexiva, quizá, señorita Hogarth?

—Sí.

Kate sonríe, agradecida, y después, cuando los demás apartan la mirada, Charles le toca el brazo, un roce rápido y sutil que le provoca una sensación abrasadora.

Charles le cuenta que está escribiendo una opereta mientras atraviesan Covent Garden desde el teatro.

Fred está haciendo a Mary gritar de la risa, y Charles y Kate caminan juntos, agarrados del brazo, y él le va preguntando qué le ha parecido tal canción o tal broma.

«¿Le gustaría ver algo así? ¿Era necesaria esa clase de dúo de amor?

Ese actor no ha captado del todo el humor del guion, ¿no le parece, señorita Hogarth? ».

La acribilla a preguntas, pero, antes de que Kate haya respondido a una, Charles ya ha pasado a la siguiente. No puede seguirle el ritmo; le pide, entre risas, que vaya más despacio.

El año pasado, en una visita a Londres, Kate vio un objeto curioso en una exposición.

Se llamaba «zoótropo», término de origen griego.

«La vida gira». «Miren las vueltas que da la vida —le dijo el hombre a la multitud—.

Acérquense y vean cómo se mueve». Kate acercó el ojo a un gran cilindro y miró por una rendija que tenía en el lateral y, cuando el cilindro comenzó a girar, la gaviota que había pintada empezó a elevarse, a batir las alas.

O esa era la ilusión que creaba. Así es Charles, piensa ahora Kate.

Un zoótropo. Cuando pegas el ojo a su mundo, la vida comienza a girar, a zumbar y a hacer tictac. Así es como se siente una a su lado.