La señora Dickens KATE #3
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KATE #3

—Señorita Hogarth. —El señor Dickens hace una reverencia demasiado baja, como si fuera a ejecutar una parodia de una danza cortesana, pero, cuando alza la vista hacia Kate, tiene el semblante serio—. Tiene muy buen aspecto esta noche.

Kate no se había en fijado en sus ojos antes, durante su fugaz encuentro en su casa, o tal vez es que él no se los había clavado de ese modo. Transmiten inteligencia, pero también algo más. Cierta perspicacia, como si estuviera siempre viéndolo todo, no solo mirando.

—Gracias —responde Kate—. Me ha parecido que ha cantado usted muy bien. No… no sabía que supiera cantar.

Menuda tontería, piensa Kate, teniendo en cuenta que solo lo ha visto una vez, y en un pasillo.

—Me temo que tengo debilidad por las canciones, cuanto más absurdas, mejor. Fanny, mi hermana, sin embargo…

—¿La chica del piano?

—Sí. A mi querida Fan no le hace falta hacer bobadas para atrapar al público. Ella tiene talento de verdad.

—A mí no me molestan las bobadas. Me gustan bastante —dice Kate, y nota cómo se sonroja al instante.

—Entonces nos llevaremos muy bien.

El señor Dickens sonríe. Todo su rostro expresa siempre cosas, piensa Kate. Calidez, seriedad y humor, todo mezclado como pinturas en una paleta.

—George, ¿me prestas a tu hija para un baile rápido?

—Por supuesto.

El señor Dickens se gira hacia la hermana de Kate.

—Señorita Mary, ¿bailamos una giga?

Mary se pone en pie al momento, con los ojos muy abiertos, emocionada. Kate siente que le da un vuelco el corazón, como una estúpida, y sonríe para disimularlo.

—Fan, toca alguna canción con la que podamos bailar —grita el señor Dickens, pero Fanny ya se ha ido a cortarse un trozo de tarta y ahora la está sujetando con las manos como bien puede, ya que ni siquiera quedan servilletas.

—¡No quedan! ¡No queda ni una! ¡Vamos a tener que usar los vestidos de las damas para comer!

—chilla el hermano pequeño, agarrando con exageración a una chica que lleva un vestido de seda color melocotón y que da un bote con un aullido mientras se le cae al suelo lo que le quedaba del bollo de frutas.

El joven Dickens posee una jovialidad implacable, piensa Kate, y nota un leve destello de irritación en los ojos de su hermano.

—Fred, siéntate y deja a las pobres damas en paz.

Fanny, querida, toca otra canción, por favor.

Vamos a tener que distraer a los invitados de la lamentable escasez de platos, y de la lamentable escasez de modales de Fred —dice el señor Dickens antes de apurar el brandi y dejar el vaso en la mesa con un golpe sordo.

Fanny regresa al piano dejando un rastro de migas de tarta tras ella y empieza a tocar algo que hace que la estancia se llene de movimiento.

El señor Dickens agarra a Mary, y Kate los ve corretear por la habitación, chocándose contra las paredes y tropezando con los pies de los invitados.

Su hermana pequeña está sonrojada por el placer y el esfuerzo.

Para Mary, piensa Kate, la vida queda aún muy lejos.

Puede galopar como una loca en los brazos de ese hombre, entre risas, y nadie le dará mayor importancia.

Sigue siendo algo parecido a una niña. Pero, para Kate, ahora el mundo está lleno de mensajes ocultos, de posibilidades que cuelgan como fruta a la espera de caer.

El aire está cargado de ellas. Las siente ahora mismo, en la mirada del señor Dickens, en el hecho de que no es capaz de estar mucho rato sin mirarla.

En el modo en que la mira a los ojos incluso mientras está haciendo girar a su hermana.

Kate se fija en que lleva unos zapatos con punteras de charol, y vuelve a maravillarse ante su ostentación, tan diferente de los insulsos atuendos de los demás hombres, que solo parecen querer lucir y comportarse como los demás.

Sería como estar casada con un torbellino, piensa Kate.

Todo sería siempre divertido y serio a la vez; una melodía animada, pero en tono menor.

Fred se acerca a ella y hace una reverencia tan baja que casi se cae al sofá.

—¿Querría la mayor de las hermanas Hogarth bailar también?

Hay algo en su voz que comparte con la de su hermano, cierta pastosidad, como si las palabras no brotaran con facilidad y debiera cubrirlas con júbilo.

Kate mira a su padre, que está bebiéndose su brandi en un sillón, tan tranquilo.

—Me encantaría —contesta Kate, y hace una reverencia lo bastante exagerada como para competir con la de Fred, y ve que Charles se percata.

Fred la toma de la mano y salen corriendo juntos por delante del sofá, sobre la alfombra, mientras a Kate le rebotan el vestido y las enaguas.

Quiere que el señor Dickens vea que ella también sabe tomarse las cosas a la ligera, que no la perturban la diversión ni el desenfreno.

Que ella también está siempre riéndose, que es despreocupada y jovial.

Que puede ser la posibilidad que está esperando.

Y Fanny toca y toca, y los invitados bailan y bailan, hasta que un caballero con cara de sueño y con un camisón llama a la puerta y dice que no es su intención molestar, pero que ha de estar en el bufete por la mañana y ¿podrían los invitados, por favor, dejar de dar saltos y marcharse?

—¿Qué te ha parecido el señor Dickens? —le pregunta Mary más tarde, mientras se quita las horquillas del pelo y se deja caer en la silla de su dormitorio.

Kate se piensa la respuesta.

—Con el trato mejora —contesta.

—Fred es más gracioso.

—Sí, pero está loco.

Mary escarba en un agujero del brocado desgastado de la silla.

—Creo que le gustas al señor Dickens, el mayor.

—No tires del hilo, Mary, que lo vas a empeorar.

—¿Qué hilo? ¿El de la conversación?

Mary arruga la nariz con picardía.

—El de la silla.

—Bueno, pues eso creo yo —dice Mary, se levanta y se acerca a la puerta—. Y que vendrá para llevarte a dar un paseo. —Entorna los ojos como una adivina—. Recuerda mis palabras.

—Vete a la cama.

Kate apaga la vela de la mesilla de noche.

Pero, mientras Mary cierra la puerta a su espalda, Kate se tapa con la manta y piensa en el señor Dickens.

El mayor. En el modo en que la diversión parecía moverse con él por la habitación.

En los toques de color de sus puños y en cómo posaba la mirada en ella, con unos ojos curiosos y pensativos.

Ya están llegando las primeras caballas, y Ruth ha ido a Billingsgate a comprar un montón.

Es el pescado favorito del señor Hogarth, que aún no ha vuelto de la redacción, así que Kate está mezclando mantequilla con perejil en el fuego mientras que el pescado chisporrotea y se ennegrece en la parrilla.

El primer día después de la fiesta del señor Dickens, se había quedado esperando, mirando la hora tan a menudo que todos los relojes de la casa parecían estar riéndose de ella, como alguno de sus hermanos.

Nunca se había dado cuenta de la cantidad de relojes que había, haciendo tictac sobre la repisa de la chimenea o sobre esta pared o aquella, recordándole que habían pasado ya cuatro días interminables, luego cinco y luego seis.

Había remendado tres vestidos viejos con dobladillos raídos y había leído siete veces la misma página de su libro, y había tratado de impedir que su mente repasara los motivos del silencio del señor Dickens.

Al séptimo día había acabado rindiéndose, borrando su rostro de la silueta difuminada de su marido imaginario, su hogar imaginario, y había dejado que las imágenes volvieran a adoptar esa imprecisión tan cómoda.

Un tal señor Salisbury había ido a casa a cenar, un hombre con un rostro ancho y simpático, y con tendencia a abrir los ojos de par en par cuando no sabía qué decir.

Ningún acorde menor; solo las teclas blancas, claras y sencillas.

Kate se había sentado a su lado, había sonreído y lo había ayudado a superar los nervios ofreciéndole varios comentarios amables sobre la lluvia de esos días.

Le había caído bien. Incluso se lo había imaginado durante un momento preparándose la pipa por la noche o dedicándole una sonrisa agradable sentado a la mesa durante el desayuno, una vida tranquila que tal vez pudiera disfrutar.

Pero después la había invadido una pesadumbre indescriptible cuando el señor Salisbury la había mirado por encima de la tetera con los ojos como platos.

Hay montones de rostros con los que llenar el espacio en blanco, se dice Kate. Londres está lleno de señores Dickens. Tiene que estarlo.

Le da la vuelta a la caballa; deja la carne para arriba, para que la piel se chamusque y se curve con un silbido estridente.

Su padre debe de estar a punto de llegar, listo para quitarse los zapatos y cenar tarde, con los pies sobre el taburete bajo.

Su madre ha salido, ha ido a un concierto, y no piensa en que su marido no ha cenado, en el hambre que debe de tener a esas horas, tan tarde.

Las necesidades de los demás parecen fluir en una corriente que ella no ve.

Pero Kate sabe cómo rellenar esos vacíos. La han educado para ello.

De pronto se oyen unos pisotones en el vestíbulo, y luego unos pasos bajando las escaleras de la cocina deprisa.

Kate imagina que ha debido de llegar uno de sus hermanos de improviso, o que ha habido una emergencia, y la embarga la preocupación.

Pero es Mary quien irrumpe en la cocina, sonrojada y sonriente, con un vestido de muselina azul en los brazos.

—El-señor-Dickens-va-a-venir-a-por-ti-después-de-la-fiesta-papá-dice-que-llegará-en-cualquier-momento-tienes-que-ponerte-tu-mejor-vestido-rápido-ya-casi-está-en-el-salón.

Kate deja caer la cuchara de madera con un estruendo y aparta la sartén y el pescado del fuego mientras Mary le quita el delantal e intenta alisarle los mechones rebeldes del pelo con la palma de la mano.

De todos los momentos posibles, piensa Kate, tiene que ser ahora.

Se limpia las manos con el trapo de cocina, se retuerce para enfundarse el vestido de muselina azul y tira de él hacia abajo.