La señora Dickens KATE #2
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KATE #2

El joven vuelve a asentir mientras la mira, divertido, y los dos pasan junto a ella en dirección a la puerta principal, retomando la conversación.

En ese momento Kate repara en el chaleco amarillo que lleva el visitante, y durante un breve instante se pregunta a qué se deberá esa extravagancia, teniendo en cuenta que debe de ser un empleado novato.

Y al momento ya se ha marchado, ha salido a la tarde gris y se aleja deprisa por la carretera, como si tuviera que llegar a algún lugar con extrema urgencia, y tal vez debiera haber llegado dos horas antes. Como sus hermanos, piensa Kate. Siempre intentando ser los más rápidos.

Se aparta alegremente de la ventana y baja al calor de la cocina, pensando ya en el tarro de galletas de jengibre, y en si Ruth le dará la mantequilla necesaria para preparar más.

Cuando anochece, la lluvia ya ha amainado. Los árboles gotean. Los paraguas están mojados en el vestíbulo. Fuera, el mundo oscurece, a la espera de que los londinenses salgan y lo iluminen con sus charlas y sus coqueteos y sus risas.

El vestido verde de seda yace en la cama como una criatura que espera a que la despierten.

Kate se sienta vestida tan solo con las enaguas, y se mira en el espejo del tocador.

Se observa los ojos, los labios, el pelo, que le cae en tirabuzones suaves alrededor de las orejas, como se estila ahora.

Como un spaniel , según dice Mary. La serie de instrumentos que tiene ante ella: cepillos, peines, cardadores, horquillas, pomada.

El bote de colorete que Mary y ella prepararon en la cocina un día que todos habían salido.

A Kate le avergüenza el artificio; guarda el bote, con su mezcla pegajosa, al fondo del cajón, envuelto.

—Deja de comerte con los ojos, Kate, y vístete ya —dice Mary con la boca llena de horquillas—. Que son casi las seis y cuarto.

Hace falta prepararse en cierto modo, llenarse de valor, para atravesar la frontera del mundo exterior.

Kate lleva los vestidos de salir como una especie de armadura, como si el corsé y las capas la fueran a proteger de algo.

Quizá solo del deseo de escapar, ya que con todas esas prendas sería más engorroso intentarlo.

—Te puedes poner los guantes color crema con el vestido verde. —Mary se sube los guantes de noche hasta los codos y agita los dedos—. ¡Kate!

—Sí, ya voy.

Kate hunde un dedo en el bote y se aplica un poco del ungüento rosa sedoso en cada mejilla.

—Kate Hogarth. Si llegamos tarde otra vez por lo lenta que eres… —dice Mary indignada, con las manos en las caderas.

—Ya voy. Te lo prometo. —Kate se levanta deprisa—. No te enfades.

En Drury Lane, la multitud no hace más que aumentar, y cada vez está más agitada.

Van a ver una nueva obra, una comedia, El vestido de novia , y Kate lo prefiere a las viejas y aburridas obras de Shakespeare, con sus vainas tambaleantes y sus barbas postizas.

A Kate le gustan las historias que se resuelven, que cierran un círculo, que concluyen con una felicidad estudiada.

En el mundo ya hay bastante sufrimiento de por sí.

Al otro lado del teatro Kate ve al señor Morden, el del periódico, sentado entre sus hermanas como un mirlo posado en un prado.

La saluda con la cabeza y levanta una mano.

Y allí, a la izquierda, está el señor Hatton, que fue a su casa a cenar la semana pasada y admiró lo bien que tocaba el piano, pero que solo llega a la altura de la nariz, para el regocijo de sus hermanos.

A veces, tener diecinueve años y no estar casada es como jugar una partida de ajedrez, piensa Kate, con un oponente invisible que avanza por todos los lados.

Puede que el señor Blackwood se mueva en diagonal, o el señor Lambert como una torre, desde el palco, y debe estar preparada para recibir esos movimientos, esas insinuaciones, y decidir si quiere o no pararles los pies.

El señor Hatton levanta la mano y la sacude con delicadeza.

Kate asiente y le sonríe con cautela, y luego gira la cabeza hacia el escenario, donde ya ha comenzado la comedia.

Las actrices están cantando a dúo sobre el rechazo que han sufrido frente a un paisaje de un campo pintado, con los ojos muy abiertos, fingiendo desesperación.

Mary, al lado de Kate, ya se está riendo.

Y Kate mira hacia otro lado y se ríe también, incluso de los espantosos juegos de palabras y los gestos exagerados de los actores, porque sabe que más tarde, en casa, Mary se burlará de ellos sin piedad hasta que Kate se caiga de la cama de la risa.

Una vez que los enredos han quedado desenredados, los amantes casados y los malentendidos entendidos, los aplausos se elevan desde las butacas y los palcos, y Kate se une a ese tamborileo satisfactorio.

Mary mueve la boca; le está diciendo algo, pero Kate no logra distinguirlo, y tan solo sonríe y aplaude e intenta no devolverle la mirada al señor Hatton, que está obsesionado con ella con un optimismo romántico inquietante.

Después, Mary y ella se ponen en pie y van a por sus abrigos, y salen con todo el mundo en tropel hacia los carruajes que aguardan, empujándose y charlando, para que las lleven juntas a casa, al calor de sus camas.

En casa, en el dormitorio oscuro, el bote de colorete ha desaparecido.

Kate rebusca por todo el cajón, luego se arrodilla y, a la luz titilante de la vela, busca bajo la cama, por si ha salido rodando por los tablones de madera.

No lo encuentra por ninguna parte. Mañana irá a buscarlo al cuarto de los niños, cuando nadie la vea, pero ya sabe que no lo encontrará.

Que ha desaparecido, que estará allí donde Georgy guarde las cosas que roba y que sustituye con tesoros que Kate ni quiere ni ha pedido.

Una fiesta de cumpleaños. El olor a bollos con mantequilla, tarta y ponche de invierno.

La gente sentada en los reposabrazos de los sillones, en sitios en los que no se deben sentar, unos encima de otros.

Las ventanas mojadas por la llovizna de febrero, al igual que los recién llegados.

Se encuentran en los aposentos de un soltero, habitaciones cálidas de techos bajos, y dicho soltero es el señor Dickens, el hombre del pasillo, que acaba de cumplir veintitrés años y está de pie en el centro de la sala, cantando.

Antes se ha apartado el pelo de la cara y ha anunciado, en ese tono tan extraño suyo de seriedad fingida, que iba a cantar una canción popular de Kent.

El padre de Kate se rio en silencio. Kate sabe que a su padre le cae bien ese hombre, por lo que se permite sentir un destello de posibilidad mientras lo observa.

Se permite imaginar, durante un segundo, el roce de su boca con la suya, para ver si hay algo de ese deseo nebuloso que a veces la embarga, a medio formar, y le acelera la respiración.

El señor Dickens la mira a los ojos, y Kate baja la vista deprisa, como si la hubieran atrapado con las manos en la masa.

A su padre le cae bien, se repite. Si no, no se habría visto allí, en esa noche fría y ventosa, apretujada en un sofá con un pastel desmigajado en la mano, sobre una servilleta.

Hay escasez de platos, algo sobre lo que tanto el joven anfitrión como su hermano, más joven aún, han bromeado durante toda la velada.

Kate también ha reparado en que hay escasez de cortinas, jarras, muebles y cubiertos.

Lo único que hay de sobra son invitados, y un brandi francés muy fuerte.

Siente cómo el calor del alcohol le atraviesa el cuerpo, y nota que Mary, que está sentada a su lado, empieza a aplaudir mientras el joven señor Dickens baila y salta y comenta sin aliento su propia actuación.

Hay algo en el modo en que se adueña de la sala que a Kate le gusta, algo que hace que el público, todos apretujados como pepinillos en un bote, se olvide del calor y de la timidez.

Tanto Mary como ella tienen trajes nuevos, con unas mangas abullonadas como frutas maduras y unos escotes muy pronunciados.

Su madre ha encargado que los copien de las fotos de Ladies’ Pocket Magazine ; el de Mary en verde salvia y el suyo en plateado pálido, para que le realce el azul de los ojos.

A decir verdad, Mary, con sus quince años, es demasiado joven para ese estilo, pero sale más barato encargarlos los dos iguales, con telas distintas.

En casa se trata siempre de buscar la opción más económica, de duplicar las cosas y dividirlas y plegarlas y rehacerlas. De coserlas por las costuras.

Kate observa a su padre, que se tamborilea las rodillas al ritmo de la música, y mira los ágiles dedos de la niña que toca el piano, se detiene para alzar la vista cuando el señor Dickens dice alguna broma y luego retoma la melodía con una floritura.

Debe de ser su hermana, piensa Kate mientras ve que tiene la misma nariz alargada, los mismos ojos expresivos, pero en una figura más frágil.

Toca bien, y canta aún mejor, con tanta belleza que Kate se muestra reacia a tocar, y espera fervientemente que no lo proponga nadie.

Cuando la canción llega a su fin, el hermano pequeño repiquetea el suelo de madera con los pies, y los jóvenes gritan y vitorean con tanta fuerza que casi hacen temblar la habitación.

El señor Dickens, sonrojado, hace una reverencia exagerada.

Se dirige a la mesa y se sirve un brandi, y luego cruza la estancia hasta donde están los Hogarth, apretujados.

—Podrías haber estado en un escenario, Charles —le dice el padre de Kate mientras se levanta del sofá con cierta dificultad.

—Me habría encantado —contesta el señor Dickens. Kate ve que la mira, y luego aparta la vista deprisa—. Una vez tuve la oportunidad de hacerlo, pero un resfriado espantoso me la arrebató. Así que me tengo que conformar con los entretenimientos familiares.

—Tienes que venir a cenar a Brompton. Charles podría hacerles la competencia a los profesionales, ¿no es cierto, Kate? —le pregunta su padre.

—Desde luego.