KATE
Bizcocho de manzana
Toma doscientos gramos de pan rallado muy fino, doscientos gramos de manzanas cortadas en láminas finas, doscientos gramos de grosellas, doscientos gramos de sebo del bueno, ciento setenta gramos de azúcar, cuatro huevos, una pizca de nuez moscada, sesenta gramos de cáscara de pomelo y cidra; untar bien el molde con mantequilla y hervir durante tres horas.
Fuera, la llovizna de enero golpetea con suavidad la ventana del dormitorio.
Ese tiempo, esos días fríos y apagados de después de Navidad, le recuerdan a Edimburgo, al gris pizarra del cielo y al gris pizarra de los edificios de su niñez.
Más tarde bajará a la cocina y le suplicará a Ruth que le deje preparar un bizcocho.
Algo invernal que te haga entrar en calor desde dentro, como se necesita en Escocia cuando hace un tiempo como ese.
Eso es lo que consigue la comida. Te quita el frío; se lleva la melancolía que te embarga en los días en que el cielo no tiene la luz suficiente.
Un clootie cubierto de canela * , piensa, o un bizcocho de manzana, que te deja el regusto de la nuez moscada en la lengua durante un buen rato.
Oye cómo se abre la puerta principal en el piso de abajo, los quejidos de los bebés en el carrito, el parloteo agudo de Georgy en el vestíbulo: han vuelto los niños. Se aparta el gatito del vientre con delicadeza y se pone en pie, se alisa las faldas y baja para encontrarse con ellos.
—Hola, Georgy.
Kate saca a Helen del cochecito, se la apoya en la cadera y le da un beso en la cabecita redonda, aún despeinada por haber llevado el gorro.
—Mira lo que me he encontrado —dice Georgy, sosteniendo algo en alto.
La criada, que está lidiando con los abrigos y los calentadores de punto, parece angustiada.
—Le he dicho que lo dejara, señorita, pero estaba empeñada en traerlo a casa para que lo viera.
—Déjame verlo.
Es un huevo de ave, aún manchado de yema. Kate lo agarra y lo gira en la palma de la mano. Es demasiado pronto para algo así. Aún quedan meses para que llegue la primavera. Lo examina, pasa el pulgar por su borde irregular.
—Betty dice que da mala suerte —anuncia Georgy, como si Betty hubiera insultado tanto a ella como al huevo con su comentario.
—Bueno —dice la criada con timidez—, eso es lo que solía decir mi tía, señorita. Que da mala suerte encontrar algo fuera de su temporada.
—¿Un huevo de ave en invierno? Eso sí que es un tesoro poco común, Georgy.
—Lo he traído para tu caja.
Georgy siempre le lleva cosas: escombros de las obras, bellotas aplastadas, pétalos, plumas sucias, pedazos rotos del carrito de los bebés.
Kate las guarda todas, menos las que están más sucias, en un cajón, envueltas en un pañuelo.
Son solo para ella, pequeñas ofrendas solemnes, regaladas como declaraciones de amor entre hermanas.
Pero, cada vez que Georgy le lleva algo, Kate repara en que más tarde, esa misma noche o al día siguiente, desaparece alguna otra cosa.
Que, a cambio, Georgy se ha llevado uno de sus pequeños tesoros.
Una horquilla o un broche de su cajón que, días o semanas después, acaba encontrando en la cama de Georgy o a un lado del armario.
Pero otras veces no recupera nunca ese objeto, y Kate jamás puede estar segura de si se lo ha quitado o si tan solo lo ha perdido.
—Es un tesoro magnífico, Georgy —le dice Kate—. Pero, por favor, no te lleves nada a cambio. De mi tocador. Por favor.
No está acostumbrada a ponerse firme, e incluso ahora oye que le tiembla la voz.
—Yo nunca me llevo nada —responde Georgy con rotundidad.
Kate se plantea insistir, pero al final tan solo se acerca el cuerpecito cálido de Helen y siente cómo se aferra a ella con las manos y las piernas, como un monito.
—Tatie —balbucea Helen—. Tatie.
—Bueno, es igual —dice Kate, y Georgy se da la vuelta para alejarse, satisfecha.
—¿Qué es eso que tienes en la mano, Kate? —Su madre está bajando las escaleras con una partitura arrugada para piano en una mano y un vaso de agua en la otra—. Ay, por el amor de Dios, ¿más escombros de la carretera, Georgy? Pobre Kate.
—A mí me gusta —contesta Kate.
—Betsy, llévate a los mellizos y a Georgy arriba a jugar. Voy a tumbarme hasta la hora de la cena. Kate, te traigo un mensaje de Mary: si vas a ir al teatro, ponte el vestido de seda verde, ya que Mary está empeñada en ir de amarillo.
—Sí, mamá.
Como la hermana mayor que es, debería poder elegir, pero odia forzar ese tipo de cosas, y además el vestido verde es precioso.
Lo más probable es que lo hubiera escogido ella misma.
Mary y ella van a salir: van a Drury Lane, con su frenesí de colores y sonidos.
De tan solo pensarlo, la emoción la envuelve como un lazo.
Londres, la vida agitada y frenética, con su suciedad y sus amenazas.
Lo bastante cerca como para saborearla. Lo bastante lejos como para que no pueda hacerle daño.
A veces, en esa casa de Brompton no siente que esté en Londres en absoluto, con los huertos y los campos que se extienden a lo lejos como una colcha de retazos.
Con su padre, tranquilo y bonachón, que reúne allí a pintores, escritores, músicos y poetas para el periódico, y llena el salón con ellos como si fuera un álbum de sellos.
Su madre, los bebés y Georgy, y los chicos y Mary.
Le encanta estar recluida allí, sentir esa paz y esa comodidad.
Pero no puede quedarse en casa toda la vida.
Más allá, en algún lugar, el mundo late como un tambor, invitándola a encontrar su lugar en él.
Más tarde, al anochecer, irá al cuarto de los niños y acostará a los bebés.
Le leerá a Georgy la siguiente parte de La historia del pequeño Henry y su mensajero , recostada en el viejo sillón, con el vestido arrugado y el pelo suelto.
Apagará las velas de la habitación, meterá la pequeña cáscara de huevo en el cajón de su dormitorio e intentará averiguar si le falta algo.
Y entonces se preparará para enfrentarse a Drury Lane, para regresar a la vida adulta, con todos sus guantes, sus rizos, sus abanicos y su jaleo.
Pero ahora, más abajo, la espera la cocina.
Ruth, con sus anchas caderas, refunfuñando junto al fuego, preparada para regañar a Kate por gastar lo que quedaba de queso o por añadir cáscaras de fruta innecesarias y aumentar las facturas, o por devolver las cosas a la despensa en el orden incorrecto.
Pero bajo la brusquedad de Ruth se esconde un orgullo secreto por la destreza y la meticulosidad de Kate.
Por el modo en que Kate es capaz de evitar que se pegue una salsa al intervenir justo en el momento exacto, o de compaginarlo todo de manera instintiva para que cada olla esté lista justo cuando es necesario.
El tiempo parece doblegarse ante ella en la cocina.
Las vainas de guisantes se mantienen tiernas bajo su cuidado; las patatas se quedan esponjosas, pero nunca se desmoronan.
Y Ruth, sudando mientras asa la carne, se detiene, repara en ella, asiente con aprobación, y a Kate se le acelera el corazón al ver el gesto.
Fuera de ese mundo, de ese reino subterráneo de harina, grosellas, especias, yemas de huevo de color intenso, luz tenue y el calor del fuego, Kate no termina de encajar.
No ve bien. Es miope, según dice su madre.
Los árboles se difuminan. Las estrellas son un borrón.
Se choca contra los marcos de las puertas, se da golpes en los dedos de los pies con los sacabotas, se golpea el muslo con las esquinas de las mesas y le salen moratones jaspeados bajo las enaguas.
Su madre la reprende. «Kate se tropieza hasta cuando no hay escalones».
Pero, cuando está en la cocina, cuando toca las cosas allí, sabe cómo hacer que se sometan a su voluntad.
Cuando el reloj del vestíbulo da las cuatro, Kate se gira hacia las escaleras de la cocina, con la frágil cáscara de huevo azul en la mano.
Se abre la puerta del despacho de su padre, que sale seguido de un joven.
Están hablando fervientemente sobre un artículo en ese lenguaje que flota por la casa de Kate con la misma familiaridad que el aire: artículo, composición, imprenta, fecha límite.
Un periodista. Uno de tantos que vienen y van entre su casa y el despacho de su padre, en la redacción del Chronicle .
Kate los conoce bien. Van de un lado a otro del país en diligencia, compitiendo entre ellos para informar sobre tal juicio o tal noticia sin mayor importancia.
Lord Fulano vota a favor de tal proyecto de ley.
Mengano acoge a Zutano en la casa señorial de no sé dónde.
—Ah, hola, Katie —le dice su padre, distraído.
—Hola.
—Señor Dickens, mi hija mayor, Kate.
Kate esboza la sonrisa que siempre ofrece al flujo constante de hombres que salen al pasillo con el sombrero en la mano.
El joven hace una pequeña reverencia y se retira el pelo oscuro para apartárselo de la frente.
Debe de ser más o menos de su edad, quizás un poco mayor.
Tiene unos ojos grandes para su rostro, opina Kate, y no deja de moverse de un lado para otro, como si hubiera perdido algo y no estuviera seguro de dónde va a poder encontrarlo.
A Kate le da la sensación de que, a la primera de cambio, va a sacar un cuaderno y va a empezar a redactar un artículo sobre ella, y antes de que se dé cuenta se habrá convertido en dos pequeñas columnas impresas en las noticias de por la mañana.
Su padre le echa un vistazo al reloj y luego mira las escaleras de la cocina.
—Voy a estar trabajando hasta las cinco por lo menos, Kate. ¿Podrías, tal vez…, traerme té y galletas? —le dice su padre, esperanzado.
—Claro, papá, ahora lo subo todo.
—¿Galletas de jengibre?
—Por supuesto.