La señora Dickens
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ANNE
N unca me ha interesado demasiado el amor.
Siempre me ha parecido que no sirve de gran cosa, y que acarrea una enorme cantidad de problemas que a cualquiera le convendría evitar.
Cuando era pequeña y vivía en un barrio pobre, los niños nos perseguían, tiraban de nosotras desde detrás de las puertas y las esquinas y nos plantaban las bocas húmedas en las nuestras, o nos las acercaban todo lo que podían.
Yo los apartaba de una torta, les daba con la mano abierta con toda la fuerza que tenía, y trepaba por un muro o me subía a un árbol con la velocidad de un gato.
Los veía rebuznar y forcejear debajo, y oía a las chicas chillar.
Era imposible distinguir si esos chicos estaban tratando de dar amor o infligir daño.
Y eso no me ayudó demasiado a apreciar la idea del amor en aquella época, y me ha costado mucho cambiar de opinión al respecto desde entonces.
Los chicos de Bow eran unos gamberros: orinaban en los callejones que separaban las casas con la intención de ver quién podía dejar la mancha oscura más grande, extendida por la pared, hasta que sus madres, si es que las tenían, salían a darles una paliza.
Tampoco me ha agradado nunca la idea de pegar a los niños debido a lo que vi por entonces.
Niños pequeños con unos brazos y unos rostros escuálidos y amoratados como fruta magullada.
Los chicos eran los que se llevaban la peor parte, hasta que se convertían en hombres que hacían lo mismo que les habían hecho a ellos.
Y así sucesivamente: los duros golpes que recibías se los devolvías a otra persona más adelante.
Supongo que esto ha sido así desde que Dios era un chiquillo, y que nadie puede hacer gran cosa al respecto, por más libros que se escriban sobre el tema.
Por supuesto, si cualquiera de ellos me viera ahora, con el uniforme de seda de ama de llaves, y con las llaves colgadas a la cintura, no me cabe duda de que esos niños mugrientos echarían a correr.
Me llamarían «señora» con la clase de miedo en los ojos que jamás había pensado que vería en ellos, y, ay, cómo me adularían, haciendo reverencias y tirándome de la falda para que les diera un penique.
No se darían cuenta jamás de que he sido una de ellos, esa niñita menuda y sucia a la que inmovilizaban contra la pared para intentar meterle la lengua, húmeda y caliente, en su garganta infantil hasta que le entraban ganas de vomitar.
Es curioso cómo te lleva la vida por caminos extraños, y te aleja tanto de tu lugar de origen que ya no sientes que encajes allí, y jamás podrías regresar, ni por cualquier suma de dinero, ni aunque quisieras.
Ahora, cuando me muevo en silencio por la enorme casa, a veces me detengo en la puerta y lo observo.
A mi patrón. Enfrascado en su trabajo, tan perdido como un niño en una multitud, mientras las expresiones le cruzan el rostro como sombras.
Son sus personajes, que salen de su cabeza como fantasmas y se adentran en el mundo, como ha ocurrido siempre desde que lo conozco, hace ya muchos años.
Siempre le han gustado los fantasmas. Del presente, del pasado y del futuro, de niños que viven en las sombras, de novias que desaparecen sin dejar rastro.
He leído todas esas historias, o las he escuchado mientras se las leían a sus hijos, acurrucados en mis rodillas.
Me he sentado con ellos cuando se despertaban por la noche, sudando, y le he pedido a la señora Dickens que les dijera por la mañana que no tienen nada que temer.
Que los fantasmas no existen. Que las historias no te pueden hacer daño.
Me quedo en mi sitio, en el vano de la puerta, con medio cuerpo dentro y medio fuera, mientras él araña el papel con la pluma, y luego se detiene para descansar con la lengua fuera, concentrado.
Pasa la mirada sobre mí. En esos momentos, para él no existe nadie más; solo el mundo tal y como él desea verlo.
Y, si no desea verte, te hará desaparecer. Eso sí que lo sé.
En ocasiones, si me quedo allí durante el tiempo suficiente sin que me vea, me toco el brazo para asegurarme de que sigo existiendo.
Ahora yo también soy un fantasma. Al igual que ella.
Tal vez siempre lo he sido; aparezco y desaparezco sin llamar la atención.
Entro y salgo del matrimonio. Como una sombra.
En el piso de arriba, en el dormitorio principal, hay un corazoncito de piedra.
Era de ella; se lo dieron cuando aún era una joven de rostro sonrosado, antes de que ocurriera todo.
Nunca pareció apropiado que la señora Dickens, siendo como era, llevara un corazón de piedra colgado del cuello, y en muchos aspectos me alegro de que se quedase allí olvidado y abandonado con las prisas.
Me parece que, si tuviera que colgar del cuello de alguien ahora, frío y pesado contra el pecho, debería ser del mío.
Durante toda mi vida he creído que es mejor no pensar en cosas que no me gusta recordar.
Borro los pensamientos en cuanto me vienen a la mente, como si usara jabón carbólico.
Hay pocas cosas que el carbólico no pueda eliminar, en mi experiencia.
Froto los rincones de mi mente, me adentro bien en los recovecos.
Pero parece ser que el carbólico no ha sido suficiente para limpiarlo todo, y necesito otra forma de absolución.
Supongo que es como la confesión que solíamos ver en las iglesias italianas cuando viajábamos.
Por entonces me burlaba de ello, de toda esa gente reunida, en fila, altos y bajos, delgados y gordos, viejos y jóvenes; sentados bajo los santos dorados, esperando a que llegase su turno para confesar sus pecados en voz baja a través de la reja.
Como si hablar sobre ello fuera a hacerles sentir mejor, solía decir yo, y chasqueaba la lengua, y el señor Dickens se reía y me decía con cierto regocijo que, por muchas maravillas del mundo que me enseñase, nunca lograría que me conmoviese nada.
Lo cual demuestra lo poco que me conocía, y lo mucho que había conseguido mantener oculto, para que él, con lo que adoraba tenerlo todo bajo control, no pudiera controlarme a mí.
Las palabras son algo curioso. Te pueden desconcertar.
Sus palabras te absorbían tanto que luego no recordabas cuáles eran tus pensamientos y cuáles los suyos.
Pero voy a intentar mostraros, si me es posible, aquello que no se ha dicho, porque no se ha contado con las palabras adecuadas, ni por las personas adecuadas.
Aquello que se ha mantenido oculto, porque no encaja en la historia.