KATE #3
—Venga. —Georgy la ayuda a levantarse y le pone la mano, pequeña y firme, en el hombro—. ¿Qué ha pasado, Katie?
Algo en la voz de su hermana, cierta ternura, o tal vez un eco de Mary, hace que levante la mirada.
—Ha sido cruel conmigo.
Georgy se tensa.
—¿Cruel? ¿Cómo puedes usar esa palabra para hablar de Charles?
—Me ha dicho… Me ha dicho cosas crueles.
—¿Qué cosas?
Al recordarlas, Kate se aferra al respaldo de la silla que tiene a su lado.
—Es igual.
—No —contesta Georgy, sacudiendo la cabeza—. No, no me lo puedo creer viniendo de él. No me lo pienso creer. No puedes decir esas cosas.
—Estaba… Me sentía muy débil y…
Kate mira a su hermana, pero ha perdido el hilo, no sabe qué quería decir.
—¿Muy débil?
—Mary solía decir…
—¿Mary? —Georgy frunce el ceño—. ¿Qué tiene que ver Mary con todo esto?
—Solía… solía decir que era demasiado blanda con Charles, que debería defenderme y…
Su hermana la mira perpleja.
—Mary era apacible. Era una niña tranquila y dulce. Nunca te habría animado a hacer algo así. No tengo ni idea de qué pretendes al involucrarla en todo esto.
—¿Es que no la recuerdas?
Kate se sienta, impotente, en el borde de la cama.
—Pues claro que sí. Y Charles no deja de hablar de ella. De su dulzura, de su bondad.
Entonces empiezan a brotar las lágrimas, a recorrerle el rostro a Kate. Georgy, sobresaltada, le tiende la mano, insegura.
—Kate, ¿estás segura de que estás bien? Estás histérica, en serio. Estás de lo más emotiva. Últimamente apenas reconozco a la Kate de Brompton. ¿Qué es lo que te ocurre?
Aunque la tiene al lado, Kate siente a su hermana lejísimos. Mary también está retrocediendo; le empieza a costar recordarla.
—No sé por qué no te sientes agradecida —le dice Georgy—.
Por qué parece costarte tanto todo esto.
—La toma de la mano mientras le dirige una mirada implorante—.
Tienes muchísima suerte, Kate. ¿Acaso no tienes todo lo que podría desear cualquiera?
Unos hijos preciosos y un hombre con un gran talento por esposo.
Kate piensa que es posible que se esté volviendo loca. Que quizá sea así como ocurre: tu percepción de la realidad se va deteriorando poco a poco. Georgy tiene razón. Tiene todo lo que podría desear. A veces no tiene ni idea de cuál es el problema.
—¿Qué es lo que ha provocado todo esto? —le pregunta Georgy con delicadeza.
—No… no me gusta cómo se comporta Charles con madame de la Rue. No me gusta.
Su hermana la mira anonadada.
—¿Esa ha sido la causa? ¿Los celos?
—No, es porque no es… apropiado que él… —Pero la rabia, que hace tan solo unos minutos era abrasadora, se ha esfumado—. Fue a verla mientras ella estaba en camisón —añade, como si así pudiera demostrar algo.
Georgy retira la mano y se pone en pie con brusquedad.
—Tienes que parar de una vez, Kate. Tienes que entrar en razón. No te puedes volver a comportar así. Es peligroso para tu matrimonio, peligroso para tus hijos y peligroso para la reputación de Charles.
Kate piensa entonces en cómo debe de haberse percibido desde fuera. En cómo lo ha agarrado, descontrolada, fuera de sí, y lo ha empujado con toda la potencia de su enfado. En que casi había querido hacerle daño.
—Sencillamente no puedes comportarte así —repite su hermana—. No puedes chillarle y gritarle como una loca. Debe de haberte oído medio hotel. ¿Es que no te has parado a pensar en lo vergonzoso que resulta?
—Tienes razón, ya lo sé. Es que…
—Sé que eres… Sé que a veces has sido muy sensible. Que has tenido tus altibajos con los bebés, como pasa en ocasiones cuando se tiene un hijo. Somos criaturas débiles, Kate.
—Ya.
—Y yo no sé mucho sobre el matrimonio, eso es cierto. Pero sé que no debes someter a tu pobre marido a estas… pasiones. Haya ocurrido lo que haya ocurrido, Kate, haber conseguido poner a Charles en ese estado solo puede causarte deshonra.
Su hermana se acerca a la ventana, cierra las contraventanas con rapidez y echa el pestillo de cada una de ellas con un chasquido, de modo que la habitación vuelve a quedar sumida en franjas de oscuridad. Kate sigue sentada al borde de la cama, temblando.
Conforme la ira disminuye, ve que las palabras de su marido encerraban cierta verdad, al igual que las suyas.
Una verdad hiriente, inexpresable, reprimida durante demasiado tiempo.
Charles la considera una necia. Estrecha de miras.
Cree que ha tomado la decisión equivocada.
Y ya no hay nada que hacer. Tan solo pueden seguir adelante.
—Deberías volver a acostarte y descansar un poco —le dice su hermana—. Le diré a Charles que tienes fiebre.
—Gracias, Georgy.
—Venga, descansa. Vamos a olvidar que ha ocurrido esto.
Georgy sacude la cabeza, sale de la habitación y cierra la puerta tras ella.
Cuando Charles regresa al anochecer, Kate está vestida y lista para recibirlo.
Charles se mueve en silencio por la habitación del hotel y ella se queda inmóvil en el taburete, a la espera, viendo el brillo de sus propias perlas en el espejo del tocador.
Charles se pone la capa de la ópera y saca el bastón del soporte y salen juntos a la noche.
Kate va agarrada de su brazo, cautelosa. Y él sigue sin decirle nada.
No empieza a hablar, con cuidado, con la vista fija en las manos, hasta que no están en la penumbra del carruaje, atravesando la ciudad, que empieza a cobrar vida.
—Al parecer no te encontrabas bien esta mañana.
—N… no.
Charles la mira y Kate mantiene la mirada clavada en el regazo.
—No voy a tolerar que mi esposa ponga en duda mi comportamiento.
—No volverá a ocurrir.
Kate permanece allí sentada, en el carruaje, mirando por la ventana, viendo las calles pálidas bajo la luz de la luna.
Para cuando regresan a Génova, cabizbajos, Kate está agotada, llora por cualquier cosa y vuelve a notarse el pecho sensible.
La noche de Roma, cuando Charles se acostó con ella tras haber estado con Augusta.
Qué extraño, piensa, poder determinar el momento exacto, de modo que la concepción de esta vida quedará enmarcada para siempre por su propia tristeza.
En el vestíbulo del palazzo , los niños se abalanzan sobre Charles y le preguntan por la torre de Pisa, por los gladiadores y los centuriones, y él les cuenta historias mientras sus hijos lo miran con cara de satisfacción.
Cuando Kate intenta participar contándoles la historia del festival de Roma, y le habla a Mamie de los pasteles que probaron, rebosantes de crema y caramelo, Charles se lleva a Frank en brazos, se da la vuelta y lo lanza por los aires para que suelte unas carcajadas gorjeantes.
Anne los observa, atenta.
Kate se acerca a ella, casi compungida. Vuelve a sentir ese viejo deseo de abrazarla, de llorar con ella.
Pero sigue existiendo esa frontera imperceptible entre ellas que las mantiene separadas.
Apenas abrazaría a su propia hermana después de haber estado de viaje.
Se cruza de brazos a la altura del pecho, como para quitárselos de en medio con discreción.
—Echaba de menos estar en casa —dice—. Echaba de menos tus sabios consejos.
Anne asiente con la cabeza, con una expresión a medio camino entre la incredulidad y la desaprobación.
—He oído que la cocinera se va a casar con un italiano. —Kate se ríe, vacilante—. ¿Se va a quedar aquí entonces, cuando nos vayamos?
—Sí, o eso dice.
—Y cultivará aceitunas, y tendrá unos bebés italianos bien hermosos.
—No lo dudo.
—Tú no te irás a enamorar de un italiano, ¿no, Anne?
—No lo creo, señora.
Por favor, no te vayas, quiere decirle Kate. Por favor, no te cases nunca, ni te mueras, ni me dejes. Pero solo dice:
—Estoy bastante cansada.
Anne la toma de la mano.
—Me parece que lo mejor es que descanse usted durante el resto de la tarde.
—Me siento muy extraña. Y creo que… que hay otro bebé en camino.
Kate ve un destello de algo en los ojos de Anne. De consternación, tal vez. Recuerda la sequedad con la que Charles miró a Francis al nacer. Recuerda que hizo una broma y, al momento, ya se había ido, había vuelto a bajar al salón.
Se sienta en el borde de la chaise longue y levanta la vista hacia Anne.
—Pero te tendré a ti, ¿no, Anne? Y juntas siempre logramos salir adelante, ¿no es cierto?
Anne se sienta, agarrándola de la mano, y no dice nada.
Las campanas de la ciudad están dando la hora y su cacofonía se extiende por todos los rincones.
Mientras Anne baja a preparar el almuerzo, Kate se toma una pastilla azul y se sienta en el sofá.
Cierra los ojos y siente cómo se extiende su efecto por todo su cuerpo.
El dolor de cabeza va remitiendo, el martilleo se ha amortiguado y se le nubla la mente.
Oye el crujido de una puerta a lo lejos.
—¿Mamá?
Es Katey, pequeñita y seria a su lado.
—Mamá, ven a ver mi dibujo.
—Ah, un dibujo, qué bien —dice Kate, e intenta incorporarse, adormilada.
Está esforzándose por sentarse cuando oye los pasos rápidos de su hermana. Georgy se acerca y se lleva a su hija de sus brazos con determinación.
—Vente, Katey, cariño, que mamá está demasiado cansada para ocuparse de ti. Ven a ver lo que ha encontrado tita Georgy en el jardín. A papá seguro que le apetece verlo también. ¿Se lo enseñamos juntas?
Kate quiere decirle que espere. Que quiere ver el dibujo.
Pero le pesan demasiado las extremidades y le vuelve a martillear la cabeza, y el agotamiento parece extenderse sobre ella como una manta, y además Katey ya se está yendo, se está alejando mientras parlotea con Georgy sobre algo y la agarra de la mano, y la puerta se cierra con suavidad tras ellas.