14. Amenazas
Amenazas
A diferencia de los vampiros, el Señor de los Muertos no se había puesto en contacto conmigo desde sus comunicaciones iniciales.
Continuamos asaltando sus refugios, arrestando y masacrando a sus secuaces humanos, mientras purgábamos a los no muertos.
Nos volvimos insensibles ante los horrores de su reino oscuro, pero no sentíamos que estuviéramos más cerca de derrotarla.
Y aunque simultáneamente quería entenderlo todo sobre ella para poder acabar con su vida, me sentía casi agradecida de no hacerlo.
No creía que pudiera soportar conocer los entresijos de una mente tan retorcida.
Whiteshield había sospechado de Colin cuando se mudó, pero les canté las cuarenta.
A la señora Ndlovu no le había hecho ni pizca de gracia.
Ella era tan fan del gobierno como yo, y aunque Whiteshield era técnicamente un contratista privado, básicamente era un brazo del Consejo.
Tenía que compensarla de alguna manera. Algún día.
Cuando todo esto terminara. Si es que alguna vez llegaba a terminar.
A lo largo de todas las redadas, las matanzas rutinarias y los informes llenos de frustración, las sospechas de Treth se hundían cada vez más en mi mente. Había pasado más de un mes. Bastante más. Y el Consejo seguía volcado en esto. Y yo no podía llegar a creer que la razón fuera altruista.
Mis sospechas me llevaron a los laboratorios de informática del campus entre clase y clase, donde rebusqué en periódicos antiguos archivados, buscando cualquier razón por la que el Consejo reaccionara con tanta dureza ante esto, y no ante cualquier otra cosa.
Por supuesto, en el ordenador me esperaban tres correos electrónicos.
Un aviso de que iba a suspender Historia, otro de estudios sobre los no muertos y otro de folclore vampírico.
No me importaba.
La caza, y las razones que la motivaban, eran más importantes. Podía repetir curso. Pero el Señor de los Muertos tenía que morir, y yo necesitaba saber por qué el Consejo estaba tan interesado en ella.
Busqué en internet y en los archivos cualquier pista que se me ocurriera.
Una serie de eventos comparables, en particular.
Los eventos más cercanos que pude encontrar fueron el intento de asesinato del Presidente Dawi hace quince años y el casi despertar de Adamastor justo después del Cataclysm.
Estos no eran, ni de lejos, comparables al ascenso de un caudillo necromántico.
El intento de asesinato fue contra el presidente del Consejo, así que era de esperar que les importara.
Y el despertar del Titán bajo la Montaña era potencialmente el fin del mundo, lo que daba motivos de alarma incluso al burócrata más apático.
Y aunque el Señor de los Muertos era responsable de montañas de muertos en los suburbios y unos cuantos montones en Ciudad Vieja, otros monstruos y magos habían hecho cosas peores con una reacción menor.
Pensé que la abominación podría haber sido la causa de esta saña pero, una vez muerta, aquello debería haber sido el final.
No hubo más ataques en Ciudad Vieja después de eso.
Al Consejo no le importaba la venganza. Le importaba evitar que la ciudad fuera aplastada por el Titán u ocupada por el Imperio en constante crecimiento al este.
—El Consejo no siempre es el mismo —susurró Treth, con su tono contemplativo—. La gente cambia. Las intenciones cambian. Solo los dioses permanecen iguales.
Eso podía ser algo. ¡Lo estaba planteando todo mal! El Consejo no era una mente colmena fría y calculadora. Estaba compuesto por personas. Y a las personas sí les importa la venganza.
¿Había algún concejal con suficiente influencia como para redirigir tantos recursos a una cacería humana? ¿Era una vendetta personal? ¿O algo más frío?
Y lo más importante: ¿quién era el responsable?
Hice una lista de concejales, con Zieg DuToit, de Saneamiento, en bolígrafo rojo porque no me caía bien.
También anoté a Henry Garce, el padre de Andy.
Era el concejal de distrito de Ciudad Vieja.
Los dividí en grupos basados en sus funciones en la enrevesada jerarquía del Consejo de Hope City.
Aunque se suponía que el Presidente era un primus inter pares, coloqué al presidente actual, Lucian Weston, en la cima, con los concejales debajo entrecruzándose según sus lealtades a un partido, a un ministerio o a un distrito.
Esto no reveló nada. Bueno, ¿qué esperaba? No soy detective y la carrera de Historia no enseña realmente gran cosa sobre investigación policial.
Negué con la cabeza.
—Es inútil. Tengo la sensación de que solo estoy perdiendo el tiempo.
Treth gruñó en respuesta.
—Me voy a casa.
—Tienes clase.
—No me apetece.
—Recuérdame por qué sigues empeñada en estudiar.
—No lo sé. Por costumbre, supongo.
Apagué el ordenador y salí del laboratorio de informática, y del edificio, para encontrarme con una cara familiar.
—Hola, Kats —saludó Oliver con la mano—, a pesar de que estaba a solo unos metros de mí.
No había nadie más alrededor. Era por la tarde y casi nadie usaba esta salida.
Era el amigo de Andy. No tenía ninguna gana de hablar con él.
Tampoco me gustaba nada que estuviera usando el apelativo cariñoso que Trudie tenía para mí.
Asentí a modo de saludo pero seguí caminando. Me cogió del brazo y me tensé.
—Oye, oye. Solo quiero charlar.
—¿Sobre qué?
—De esto y aquello...
Mi mirada fulminante debió de ser una de las mejores, ya que me soltó el brazo y evitó el contacto visual. Debo decir que estaba bastante orgullosa de eso.
—Me ha llegado el rumor de que Colin se ha mudado contigo —continuó, observando algo de suciedad en la pared. Aunque desviaba la mirada, su tono permanecía inalterado.
—Quien haya soltado el rumor debería meterse en sus asuntos —repliqué, cargando mi voz con suficiente veneno como para intoxicar a un trol.
¿Cómo lo sabía? Hacía solo un día que Colin se había mudado. ¿Me estaba vigilando él, o alguien más?
—¿Por qué te has ido con él, Kats?
—No me llames Kats.
Fue rápido y sutil, pero noté que enseñaba los dientes, solo un poco. Interesante.
—Andy es mi amigo. Le gustas. Y te conoció antes que ese niñato. No has sido justa con él. Más que injusta. Deberías estar saliendo con él. Se adapta mucho mejor a tu... estilo de vida.
—No me parece que esa decisión te corresponda a ti.
Me di la vuelta para marcharme, pero me agarró del brazo. Sentí su aliento en mi nuca mientras me hablaba al oído.
—Andy es el hombre para ti, Kats. Y por el bien de Colin, espero que te des cuenta de eso .
El tono era inequívocamente amenazador. No me tomo bien las amenazas.
Le agarré el brazo, se lo retorcí y, con la mano libre, lo cogí por la garganta como haría con un zombi solitario antes de la ejecución.
—No vuelvas a amenazarme nunca, joder, ni a mí ni a la gente que quiero —dije.
—¿Querer? —gruñó él.
Lo ignoré.
—Me gano la vida matando monstruos, gilipollas. Y no me es ajeno matar humanos que me tocan las narices.
Me enseñó los dientes y sentí lo que parecía ser una vibración silenciosa en su pecho, pero luego desapareció. Se calmó y lo solté. Me lanzó una mirada asesina y luego se alejó a zancadas.
Lo observé desaparecer en un edificio del campus y luego me desplomé contra una pared, jadeando.
—Solo es un niñato, Kat —intentó calmarme Treth—. Lo has manejado bien.
—¿Y si habla en serio? ¿Y si intentan ir a por Colin?
—Colin sabe defenderse solo. Es un hombre. —Sentí que Treth no se creía realmente sus propias palabras.
Antes de que pudiera preocuparme más, sonó mi teléfono. Miré el identificador de llamadas. Drake.
—¿Qué? —respondí.
—Hola, Kat —respondió el detective privado—. ¿Pasa algo malo?
—Nada —mentí—. ¿Qué quieres?
—Esto y aquello. Y me ha dado por pensar... —sonaba con su habitual aire chulesco, pero había algo extraño. Un rastro de vacilación en su voz—. ¿Qué te parece si te llevo a una cita?
Esa última parte fue una sorpresa mayúscula.
—Tengo novio —respondí.
—Eso no es problema —dijo él—. Estoy seguro de que tengo algo que él no tiene.
Definitivamente había algo que no encajaba en su forma de hablar. Parecía forzada. Poco sincera.
—¿Como qué? —le seguí la corriente.
—Una gabardina mejor, hombría, información propia de un investigador y una licencia para portar armas de fuego.
Había algo oculto ahí, y lo noté. Información. Drake tenía algo que decirme. Algo que no podía decirme por teléfono.
—¿Dónde tienes pensado celebrar esta cita ?
—En las pistas de carreras. Por Killarney. Hay una carrera decente esta noche. A las siete.
Casi digo que no me interesaban las carreras, pero recordé que esto no era realmente una cita.
—Allí nos vemos.
—Perfecto. —Colgó. Muy directo.
—Vaya —le dije a Treth—. La cosa se complica.