15. Llevar encima
Llevar encima
Tengo que confesar algo. Siento un respeto escaso por la ley. Y cuando alguien cercano a mí puede estar en peligro, hay pocas cosas que no haría para mantenerlo a salvo.
Comprar una pistola ilegal es fácil en Hope City.
Brett tenía un montón. No hacía preguntas.
Constantemente desaparecían armas de las escenas de tiroteos.
Cualquiera que las encontrara en otra escena descubriría que su número de serie (si aún conservaba alguno) estaba vinculado a un propietario que ahora estaba bien muerto.
Colin estaba en casa, pero evidentemente acababa de llegar, ya que estaba dejando su americana sobre el respaldo de una silla.
—Hola, Kat —sonrió, provocándome una punzada—. ¿Qué tal el día?
No me hizo falta dar voz a mis preocupaciones. Las notó de inmediato.
Me abrazó y preguntó:
—¿Qué pasa?
—Unos gamberros...
—¿Gamberros? ¿Humanos? —casi se rió—. Si los has mandado al hospital, es culpa suya.
Esbocé una leve sonrisa.
—No ha sido así, aunque ojalá los hubiera mandado al hospital. No me han hecho nada... excepto...
Esta era la parte difícil. Decidí arrancar la tirita rápido .
—Son Andy y su amigo mequetrefe, Oliver. Amenazan con hacerte algo a ti.
—¿A mí? —preguntó, incrédulo—. ¿Por qué?
—Porque el imbécil de Andy se cree que soy de su propiedad, por alguna razón.
Colin me miró a los ojos, intentando por todos los medios adivinar qué sentía yo. Me pregunté qué vería.
—No harán nada —dijo—. Son unos gamberros. Y si hicieran algo, los pondría en su sitio en los tribunales tan rápido que podríamos irnos medio año de vacaciones a Mauricio, pagadas por sus fondos fiduciarios.
Intenté sonreír, pero no pude.
—No creo que te den la oportunidad —dije.
La sonrisa de Colin flaqueó, solo un poco. Puede que fuera abogado y tuviera una fachada gélida, pero yo podía ver a través de él. Esto también le preocupaba.
—Quieren que te deje —dije.
—¿Lo harás?
—No hagas preguntas tontas.
Esta vez lo abracé yo y apreté con fuerza.
—Sigo preocupada por si hacen algo —dije en voz baja, acurrucada contra su hombro.
—Sé cuidarme solo —dijo él, acariciándome el pelo.
—Lo sé, pero...
Me solté de él y me dirigí hacia la pistola de la caja de zapatos. La había dejado sobre la encimera.
Colin se las apañó para contener el jadeo de sorpresa.
—¡No tengo licencia! —susurró, teniendo en cuenta a los guardias de Whiteshield que estaban justo fuera.
—Como si eso importara —dije a volumen normal. ¿Qué iba a hacer nadie con esa declaración?
Colin retrocedió, alejándose del arma de fuego.
—¿Qué crees que voy a hacer con esto?
—Llevarla encima. Cuando puedas. Por si acaso.
—Estás... —sacudió la cabeza—. Me estás pidiendo que cometa un delito. Soy abogado.
—Algunas leyes son estúpidas. Tienes derecho a defenderte.
—No puedo creerlo —volvió a sacudir la cabeza.
—Es solo una pistola —susurré. ¿Había hecho lo correcto? ¿Había sido demasiado precipitada? Treth no me había detenido. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Él era tan ignorante sobre este tipo de cosas como yo.
—Es una pistola ilegal . Un detalle bastante importante. Mi responsabilidad es ante la ley. Puede que no sea policía, pero la ley sigue significando algo.
Me acerqué a él hasta que nuestras caras estuvieron apenas a un palmo de distancia.
—Me enfrento a la muerte cada día —susurré—.
Y la razón por la que regreso no tiene nada que ver con la ley.
Regreso porque hago lo que haga falta para sobrevivir.
Ilegal. Legal. Moral. Inmoral. No importa.
Sobrevivo porque hago lo que tengo que hacer.
Y no voy a dejar que mueras por algo tan insignificante como la ley.
Vi que estaba a punto de discutir, pero entonces bajó la mirada. Se parecía muchísimo a aquel chico apocado al que había salvado de unos magos callejeros hacía tanto tiempo. Retrocedió, evitando mi mirada. No podía dejar que acabara así. No ahora. No Colin.
—Yo... creo que te quiero —dije. Colin pareció impactado, e incluso sentí que Treth estaba atónito de que aireara mis sentimientos.
—Y aunque puede que aún no sepa qué significa eso, sé que significa que quiero que estés a salvo. No puedo obligarte a coger la pistola, pero necesito saber que estarás seguro cuando yo no pueda estar ahí para ti.
Hubo un silencio tenso y, de repente, se rió por lo bajo.
—Vaya novio que estoy hecho. Se supone que soy yo quien tiene que protegerte.
—Lo haces —dije sin dudar—. Y yo te protejo a ti. Delegación. Hacemos lo que mejor se nos da.
Sonreí y él me devolvió la sonrisa.
—Y ahora —dije, mientras una idea pícara me pasaba por la cabeza—, tengo una cita esta noche, así que me gustaría pasar un tiempo contigo antes de irme.
Lo asalté con un beso antes de que pudiera reaccionar y lo empujé hacia el sofá, donde me puse a horcajadas sobre él. Entre besos y jadeos, él alcanzó a preguntar:
—¿Qué cita?
Me reí y no le di tiempo para respirar hasta mucho más tarde.