13. Todo vuelve
Todo vuelve
Me habían herido antes. Mucho peor que esto.
Había rozado la muerte tan de cerca que llegué a pensar que era mi amiga.
Un espectro me había arrancado parte del cuero cabelludo, me habían eviscerado, me habían acribillado con metralla ósea y un archidemonio me había aplastado.
¿Por qué, entonces, esto se sentía mucho peor?
Quizás porque este no era un monstruo al que me hubieran pagado por combatir.
Y porque había sido yo la que había azuzado el avispero.
Pensé que mi ataque al Cártel de la Sangre había caído en el olvido. Incluso el lobista vampiro había dejado de buscar a los cuatro asesinos de vampiros que habían tiroteado el bar Quantum. Eso es lo que creíamos, al menos.
Estábamos equivocados.
Los escuadrones de refuerzo habían sido aniquilados.
No se esperaban vampiros. Como había dicho Brett, no llevaban plata.
Y no esperaban que las sombras los envolvieran y los hicieran pedazos.
El único superviviente apenas lo era; su respiración superficial, las marcas de colmillos y el tono grisáceo de su piel revelaban su inminente ghoulificación.
Brett lo remató. Sus ojos estaban hundidos, pero llenos de rabia.
Y pude ver entonces su entrenamiento. Su papel en el Cuerpo de Exterminio.
Odiaba a los vampiros. Incluso más de lo que yo odiaba a los no muertos.
Entendí un poco por qué Treth temía el afecto que yo sentía por él.
Brett estaba roto, incluso más que yo, y la gente rota como nosotros necesitaba a un solucionador, no el uno al otro.
Y mi solucionador era Colin, y por eso me encontraba frente a su edificio a las dos de la mañana, con mis vendajes todavía rezumando rojo incluso después de los hechizos de curación y los ungüentos.
Colin bajó corriendo antes de que pudiera llamarlo o llamar al timbre. Me abrazó, y mi abrigo no intentó incinerarlo .
—He visto el resplandor del abrigo desde dentro —dijo—. No podía dormir.
—Lo siento —respondí, con voz queda y carente de emoción. Pero entonces las lágrimas brotaron de mis ojos al sentir su calor contra mí. Casi pierdo esto. Demasiadas veces. Me desplomé en sus brazos.
—¡Lo siento! —croé de nuevo, sollozando. Y lo repetí una y otra vez, mientras Colin intentaba consolarme.
No recordaba haber entrado en casa de Colin, y solo desperté de mi ensimismamiento por el olor a té y la sensación de Colin secándome las lágrimas. Me rodeó con el brazo y oí el leve siseo de una de sus lágrimas al caer sobre mi abrigo llameante.
Pasé la noche con Colin. En sus brazos, con él reconfortándome, siendo mi solucionador. Finalmente, mis lágrimas cesaron y, en su abrazo, la oscuridad me envolvió y me quedé dormida.
No pasó nada esa noche. Ninguno de los dos deseaba otra cosa que estar cerca el uno del otro mientras yo esquivaba la muerte una vez más. No le conté lo que pasó en el almacén. No hacía falta.
Por la mañana, Colin me preparó huevos con beicon.
Mucho más consistente que mi dieta habitual de ramen a todas horas.
Pranish no había estado allí la noche anterior.
Colin dijo que estaba en un compromiso familiar.
Conociendo a la familia de Pranish, de verdad esperaba que mi amigo conservara la cordura.
Era un mago adepto, pero un debilucho a los ojos de su familia de hechiceros.
Los hermanos y padres de Pranish no eran santos de mi devoción.
Mientras Colin fregaba los platos, recibí un mensaje de texto. Era Brett.
—Hachas bañadas en plata —decía, con un enlace a la página web para comprarlas—. Estaremos listos la próxima vez.
—Nunca termina —dijo Treth.
—Nosotros tampoco —susurré.
Guardé el móvil cuando Colin volvió a entrar; se sentó frente a mí y me tocó la mano.
—Quiero que te vengas a vivir conmigo —dijo. Vaya, no me esperaba eso. Antes de que pudiera responder, continuó—. No puedo ayudarte en tus misiones, pero quiero poder ayudarte en lo que sea, alguna que otra vez. Para asegurarme de que estés a salvo .
—Colin...
—Entiendo si es demasiado... —levantó las manos diplomáticamente—. Demasiado pronto, y... todo eso.
—No es eso... es solo que... Bueno, sí que era eso.
Colin me gusta. De verdad. Pero vivo sola por una razón.
Me gusta mi propio espacio. Miré a mi alrededor, contemplando el amplio apartamento.
Colin me había contado que vivía solo, financiado por un trabajo bien pagado y el dinero de sus padres, que tenían una granja cerca de Guardia del Norte.
¿Quería mudarme con él? ¿Podía hacerlo? Curiosamente, me gustaba mi apartamento del tamaño de una caja de zapatos. ¿Y cómo se tomarían Duer y Alex que me marchara? No creo que muy bien.
—No quiero mudarme aquí —dije, pero añadí antes de que Colin asimilara su propia decepción—. Pero si quieres, puedes mudarte conmigo. Aunque sea por un tiempo. Hasta que todo esto acabe.
Él asintió y sonrió levemente. Pasamos el resto de la mañana en silencio.
—¿¡Qué van a hacer qué!? —pregunté un poco demasiado alto, atrayendo las miradas de otros estudiantes en Jammie Plaza mientras hablaba con Conrad por teléfono.
—Esa vampira va a por ti, Kat. Whiteshield se especializa en agresores humanos y vampiros. Van a vigilar tu apartamento.
—Sé cuidarme sola.
—No todo el tiempo. Tendrás que dormir tarde o temprano. Y los vampiros no son como esos seres del vacío. No necesitan invitación.
Hizo una pausa y oí cómo daba un sorbo a su café.
No respondí. Estaba echando humo. ¿Cómo iba a vivir con agentes de Whiteshield apostados alrededor de mi casa?
Acababa de aceptar que debía dejar que Colin se quedara allí y ocupara mi preciado espacio privado.
Ahora iba a tener que esquivar a unos mercenarios brutos y engreídos.
Todo porque una zorra vampira había decidido que me quería muerta.
—¿Alguna información sobre los vampiros? —pregunté finalmente, apretando los dientes. Ya volvería al asunto de Whiteshield en otro momento.
—Charlene Terhoff. Fugitiva. Alineada anteriormente con el sindicato Sanguineas. Ya no es problema tuyo.
—Parece que sigue siéndolo .
—Especialmente si quiere tu cabeza —añadió Treth.
Asentí, corroborando la respuesta de Treth, pero recordé que Conrad no podía oírlo.
—Me quiere muerta, y los guardias son un estorbo. Tenemos que quitárnosla de encima.
¿Quitársela de encima? Cada día sonaba más fría. Claro, era una vampira. Un monstruo. Pero yo había matado a su... amante, supongo. ¿Me sentía culpable? No... sí... un poco. Pero no había tiempo para eso. Un cazador no llora por cada muerte que provoca. Simplemente pierde más y más horas de sueño.
Conrad parecía dubitativo. —No es tan sencillo, Kat. La policía ha insistido mucho en que te centres en el caso del Señor de los Muertos.
—¿No puedo hacer las dos cosas?
—Aparentemente, no.
—¡Ah, cuánta fe tienen en mí!
Conrad resopló, divertido. —En fin, ándate con ojo, y no descuartices a los tipos de Whiteshield cuando estén en tu casa.
Colgó. Mantuve el teléfono en la oreja para poder hablar con Treth sin parecer que estaba loca.
—Hay algo raro en este caso.
—¿Por qué lo dices?
—¿Guardias de Whiteshield? No soy un punto estratégico nacional ni una persona importante del Consejo. Soy una profesional autónoma. A Whiteshield lo llaman para proteger a los magi titán, no a una estudiante de la UCT.
—¿Te quejas de que te valoren?
—Puf, a los políticos no les importa nada más que ellos mismos...
—Valoran sus herramientas.
—Lo que significa que soy una herramienta —respondí, dejando traslucir un deje de irritación. No me gustaba que me utilizaran. Por algo trabajaba por mi cuenta.
—Una herramienta para lograr el fin del Señor de los Muertos. No veo el problema —replicó Treth, con esa voz que usaba para soltar perogrulladas—. Un martillo no se resiente por ser usado para clavar clavos, pues esa es su función.
—¿Y mi función es...?
—Matar monstruos.
—Pero de eso se trata, ¿no? Ya estaba matando monstruos. No hay ningún cambio real, excepto que me tienen con la correa más corta. Dime, Treth, ¿se resiente el martillo con su usuario si pudiera desempeñar su función mejor en solitario?
—Un martillo no se resiente de verdad por nada, Kat. Es un martillo.
—Tú has propuesto la metáfora. No te lo tomes de forma literal.
Hubo una pausa, y Treth respondió con un tono mucho más sombrío.
—No quería meterte más preocupaciones en la cabeza, y no quería arruinarte el tiempo con Colin, pero me han estado preocupando algunas cosas.
Entorné los ojos, con mirada feroz. Una alumna de primero se cruzó en mi camino, me echó un vistazo y salió huyendo lo más rápido que pudo.
—¿Qué tipo de cosas?
—Estoy seguro de que tú también lo has pensado. El Consejo nunca ha estado tan alterado. Jamás. Y no es que esta sea la crisis más grande que ha sufrido Hope City. ¿Recuerdas en clase el Expurgo de Guardia del Norte?
Lo recordaba. Sucedió hace más de treinta años.
Saqueadores orcos de las Tierras Baldías del Norte entraron en el Estado de Buena Esperanza y aniquilaron innumerables granjas y asentamientos.
Llegaron hasta Stellenbosch cuando el Imperio Zulú aceptó un tratado para permitir que la Fuerza de Defensa del Cabo abandonara sus puestos en la Línea de los Tres Puntos.
El Imperio era el enemigo, pero aun así tenía algo de honor.
Y a nadie le gustaban los orcos. Hasta que el ejército consiguió el tratado, sin embargo, el Consejo no hizo nada para detener a los orcos. Solo publicaron un par de recompensas.
—Esto es diferente. Estos son no muertos... —argumenté.
—¿Y desde cuándo el Consejo se ha tomado en serio a los no muertos? —replicó Treth.
Nunca. No hacía falta que lo dijera. El Consejo solo ofrecía recompensas minúsculas por los no muertos más amenazadores.
Y los señores de la guerra nigromantes habían existido en los barrios bajos desde finales de los noventa.
Había una razón por la que me costaba obtener beneficios sin Conrad.
Los no muertos no daban dinero. Hasta ahora, por alguna razón.
—El Señor de los Muertos tiene al Consejo soliviantado —continuó Treth, con voz de conspirador—.
La pregunta es: ¿qué hay de distinto esta vez?
¿Por qué esta nigromante y no los otros?
¿Por qué no los vampiros, por qué no los orcos, por qué no las hordas de zombis de antes? ¿Por qué ahora y por qué ella?
No pude responderle. Y no haría falta. Cuando yo lo descubriera, Treth también lo haría. Pero para entonces, ¿sería demasiado tarde?