12. Donde las dan, las toman…
Donde las dan, las toman…
El aire de la mañana se sentía fresco sobre mi piel mientras me apoyaba contra la pared del bloque de apartamentos de Colin, con La Ley entre las manos.
Era temprano. Una hora antes de clase. Aún se podía oír el canto de los pájaros por encima del creciente tráfico.
Apenas había dormido anoche. No me malinterpretéis.
No tenía miedo. Había presenciado cosas mucho más duras que una ventana manchada de sangre.
Pero aquello había despertado en mí una gran expectación.
El Necrolord quería una reunión. Después de tanto tiempo.
¿Qué se suponía que debía pensar al respecto?
¿Y qué implicaría? Obviamente era algún tipo de trampa.
Pero el mensaje solo incluía una dirección y una hora.
Esta noche. Un almacén en North Road. Resultaba apropiado, ya que North Road fue donde conocí al Necrolord por primera vez.
Aquello sí que era un recuerdo que provocaba escalofríos.
El Necrolord me había infundido una sangre parecida al carbón, escapando mientras yo pensaba que me asfixiaba.
Una figura menuda, vestida con una sudadera con capucha negra.
¿Era el Necrolord un niño?
Deseché el pensamiento. Ningún niño albergaba una malicia tan intensa, ni poseía la experiencia. La voluntad.
Tú la tenías.
No fue Treth quien habló. Fui yo misma. Y no podía llevarme la contraria. Treth no sabía nada de mis tiempos oscuros tras la muerte de mis padres. Solo yo lo sabía. Y solo yo sabía lo que había estado dispuesta a hacer, y lo que aún estaba dispuesta a hacer, para vengarlos.
—¿Kat? —me saludó Colin con un deje de confusión en la voz mientras bostezaba, a punto de irse al juzgado.
Iba arreglado con su traje de negocios, se le veía muy mono.
Como un pingüino. Una pequeña parte de mí se sintió avergonzada por el pensamiento.
A la otra no le importó. Colin era mi novio. Podía pensar lo que quisiera.
—Hola, Colin —dije. Sus ojos bajaron hasta el libro que tenía en las manos.
—¿Te gusta? —Identifiqué en su mirada un destello tanto de preocupación como de expectación.
Miré la página. Había olvidado que lo sostenía. Pero sí que había asimilado algo.
—Sí, la verdad. El aspecto religioso es un poco innecesario, pero… sí.
Se acercó más, con ese inconfundible rastro de preocupación surcando su frente. Sentía su calor, incluso a esa distancia, y lo quería más cerca. ¡Malditas clases y malditos juzgados por interponerse!
—¿Qué pasa, Kat? ¿Ha ocurrido algo?
Demasiado. Andy. El Necrolord. Sangre, sangre y más sangre. Y todo lo que había pasado antes. Algún día tendría que contárselo. Y esperaba que me siguiera queriendo después.
—Tengo una misión esta noche —dije—. Podría ser peligrosa.
Me mordí el labio. Él no dijo nada.
—Iré con gente en la que confío, así que no debería haber problema, pero…
—Lo sé, Kat. —Intentó sonreír. Lo abracé, hundiendo la cabeza en su hombro para que no pudiera ver la humedad en mis ojos y para que yo no pudiese ver la de los suyos.
—Te veré después… si quieres.
—Claro que quiero.
—¿Aunque sean las tres de la mañana?
—¿Cuándo si no nos íbamos a ver? ¿Durante el día? ¿Como la gente normal? ¡Ja!
Me reí. Y me sentó bien. Lo solté y él a mí. Las lágrimas ya no iban a brotar. Nos despedimos y me alejé en mi moto.
En muchos sentidos, tengo suerte de tener a Treth.
Antes de una batalla, y antes de una posible muerte, la mayoría de la gente tiene que enfrentarse a un silencio intenso.
Una contemplación silenciosa que volvería locos a hombres de menor voluntad.
Yo tenía una voz fantasmal dentro de mi cabeza. Yo ya estaba loca.
Entre clase y clase, telefoneé a Montague.
Coincidió conmigo en que aquello sonaba a trampa, pero teníamos que seguir cualquier pista que pudiéramos.
También estuvo de acuerdo conmigo en que no queríamos asustar al Necrolord y hacerlo huir, por si acaso no era una trampa.
Así que tuvimos que llegar a un compromiso entre la seguridad y la prudencia.
Elegí personalmente a Brett, a Guy y a otros cuantos cazadores para que fueran mi escolta.
Los pelotones Whiteshield y Puretide debían apostarse a unas manzanas de distancia.
En cuanto oyeran disparos, acudirían de inmediato.
Solo esperaba que fueran lo suficientemente rápidos si las cosas se ponían feas de verdad.
Traer a Brett y a Guy era una elección evidente.
Confiaba en ellos más que en cualquier otro cazador.
Para los demás, confié en el reclutamiento de Brett.
Pero hubo otro tipo al que elegí yo misma.
Hammond, el hechicero de Puretide, que se había puesto agresivo conmigo antes de que yo le salvara la vida cortándole el brazo.
Solo necesitaba un brazo para ser un lanzador de hechizos experto.
Y después de todo aquel asunto, sentía que me debía una.
Así que me lo traje. Nunca vienen mal más hechiceros.
Aún no era la hora de la misión. Faltaban unas pocas horas. Los demás estarían a solas con sus pensamientos. Aunque tuvieran compañía, estarían solos. Aquello no iba a ser como las otras misiones. Esta vez, nos habían invitado. Y eso resultaba más aterrador que cualquier asalto por sorpresa.
A diferencia de los demás, yo nunca estaba realmente sola. Treth siempre estaba conmigo, y aunque no tuviéramos acceso a los pensamientos del otro, él no me daba el silencio necesario para cavilar. Se lo agradecía.
—¿Armas revisadas? —dijo. Sabía que las había revisado. Lo habíamos hecho juntos, obviamente. Era un chequeo mental para ambos.
Murmuré mi asentimiento.
—¿El abrigo sigue caliente?
—Siempre.
—¿Por qué no paras de hablar sola? —intervino Duer.
—Porque nadie más es digno de ser mi interlocutor —respondí. Él pareció un poco ofendido y voló hasta su lecho de flores para enfurruñarse.
Me senté. No tenía sentido estar de pie en mi propio apartamento para esta misión. Podía intentar relajarme un poco.
—¿Y tú qué? —preguntó Treth—. ¿Estás lista?
Empecé a asentir pero me detuve. Suspiré.
—Antes era más sencillo .
—Antes solo eran unos cuantos zombis podridos y una anciana que no podía pagar las tarifas vigentes —dijo Treth.
—No solo eso… antes era más sencillo simplemente entrar…
—Pero ahora tienes algo que perder.
Me mordí el labio. Sentí la presencia de Treth crecer, como si estuviera sentado a mi lado, pasándome el brazo por los hombros para consolarme en mis cavilaciones.
—Saldremos de esta. Siempre lo hacemos. Y Colin te estará esperando cuando terminemos.
No pude evitar sonreír, solo un poco.
—Tú eres definitivamente del equipo Colin, ¿verdad?
—¿Es que hay equipos?
—El equipo Brett. No digo que me guste de esa manera, pero es obvio que tú no quieres por nada del mundo que sea así.
—Brett es… —El tono de Treth cambió a algo mucho más contemplativo—. Es un buen luchador.
—Vaya, modera los halagos —bromeé—. O pensaré que te gusta a ti.
Treth resopló. —Brett está bien. Pero no para ti. Una cazadora no debería salir con otro cazador.
—¿Por qué?
—¿Quién vuelve a casa para ver a quién?
—Vuelven a casa el uno para el otro. Juntos.
—Pero cuando uno muera…
—Un cazador acepta la muerte, Treth. Acepta la pérdida. Vuelve a la caza.
—¿Y regresan a casa para ver a…?
A nadie.
Fue la respuesta silenciosa.
Miré el reloj que me había regalado Colin.
—Ya es hora. Vámonos.
El almacén apenas estaba iluminado por una solitaria bombilla amarillenta sobre una puerta situada junto a la entrada principal.
No pude evitar sentirme un poco inquieta.
Había estado en muchos almacenes a lo largo de mi carrera.
Rara vez contenían algo agradable. Pero había salido viva de cada uno de ellos. Esta vez sería igual. Tenía que serlo.
Brett y Guy tomaron la delantera. Hammond estaba a mi lado.
Se había recuperado poco después de ser mordido por el zombi y de mi posterior amputación.
No me había rechistado después de aquello.
De hecho, se mantenía junto a mí como un leal golden retriever.
Estaba estirando los dedos de su brazo restante, listo para lanzar hechizos. Con suerte, no nos harían falta.
Brett me miró; sus ojos aún eran visibles a través de su máscara de gas, ahora integral.
El miedo en torno al miasma había hecho que Drakenbane y Puretide invirtieran a fondo en sistemas respiratorios mágicos.
Sus ojos me preguntaban algo. Quería saber si estaba segura de entrar.
Esto era una trampa. Todos lo sabíamos. Pero todo lo anterior también lo había sido.
Asentí y él abrió la puerta. Entramos, pasamos por delante de unas cajas y salimos a un espacio despejado.
El almacén estaba a oscuras por dentro, excepto por un único punto luminoso en el centro. En su periferia, se encontraba una mujer alta, vestida con cueros negros. Tenía el pelo rojo. Largo. Le llegaba al menos hasta la base de la espalda.
—Tú no eres el Necrolord —dije, sin más. Lo dije por instinto, como si supiera qué aspecto debía tener el Necrolord.
—Muy perspicaz, Drummond —respondió la mujer, ocultando apenas el veneno en su voz. Estaba enfadada. Muy enfadada.
—¿Sirves a sus órdenes? —pregunté—. No esperaba que los vampiros trabajaran para el Necrolord. Pero parece que todo es posible.
La mujer caminó hacia delante, confirmando mis sospechas. Tenía los ojos rojos, la piel tan pálida como el papel de impresora y vi el asomo de unos colmillos cuando abrió la boca.
—Esto no tiene nada que ver con el Necrolord, Drummond. Dijo mi nombre de nuevo, como si fuera una maldición.