10. Pistas #2
—El objetivo es inteligente —dije. Los cazadores me miraron extrañados. El mago parecía un poco asustado. Su primer trabajo, probablemente. El motivo de su mirada debía de ser el tono frío de mi voz. Se me ponía así cuando me sumergía de lleno en la caza.
Desenvainé mis espadas gemelas.
—Yo iré delante. Los escopeteros a mi lado. Quiero a alguien con un arma cuerpo a cuerpo cerrando la retaguardia. Formación cerrada. Si nos asaltan, no les deis ninguna abertura.
La frialdad de mi voz los obligó a ponerse en formación. El del hacha de mano desenfundó sus armas y se situó en la retaguardia. Los demás formaron una formación variopinta entre nosotros.
—Luces encendidas —ordené—. Ellos tienen visión nocturna. Nosotros no.
Encendí la linterna acoplada al lateral de mi máscara. Otra de las mejoras de Pranish antes de que su proyecto de leyemancia lo consumiera por completo.
El pasillo estaba cargado. El metal atrapaba el calor del exterior y todavía más calor de alguna fuente interna.
La oscuridad y la estrechez de las paredes causaban una intensa claustrofobia.
Al menos obligaba a los cazadores a mantener una formación cerrada.
De lo contrario, no estaba segura de que me hubieran escuchado.
—¿Algún hechizo de escudo? —pregunté, mientras entrábamos en el pasillo y comenzábamos a avanzar.
—Sí, sargento —dijo el tipo de Puretide que había llamado sargento a James. Pronunció el título con un inconfundible toque de burla.
—Ponedlos delante y detrás.
—Oído, cocina.
Sentí que una capa de frescor me rodeaba.
No escuché ningún hechizo. Debía de ser un hechicero.
Estaría canalizando su chispa para mantener los escudos activados.
Normalmente, un hechicero se quejaría de gastar tales recursos.
El hecho de que no lo hiciera significaba que debía de tener una reserva mágica bastante grande.
No es de extrañar que fuera más gallito que un jinete con un unicornio.
Con el hechizo de escudo sobre mí, me sentí más segura avanzando a un ritmo cauteloso por el pasillo. La formación me seguía, con nuestras botas crujiendo sobre el suelo de cemento cuarteado. Las armas y el equipo hacían clic y golpeteaban al moverse sus dueños. Lentamente. Constantemente.
—Más rápido, por favor —dijo un cazador—. Quiero llegar a comer.
—Ssshhh —dijo Brett. No hacía falta que lo hiciera. Sé lidiar con mocosos. Antes trabajaba de niñera.
Llegamos al final del pasillo y nos encontramos con un cruce. Miré a ambos lados. El fulgor de mi abrigo, elevado por mi voluntad, y la linterna proporcionaban un pequeño cono de visión, pero había algo antinatural en esta oscuridad. Mi luz se detenía demasiado pronto.
—¿Por qué tanto miedo, niñita? Solo son zombis. Córtalos en tiras —dijo alguien desde atrás.
Oí que Brett se giraba, pero notó mi aprensión y se detuvo.
—¿Qué pasa, Kat?
—La oscuridad... se está moviendo.
El grupo se puso visiblemente nervioso. Oí cómo los que aún no habían sacado sus armas lo hacían. Incluso oí el siseo de una bola de fuego encendiéndose en la mano de un hechicero. Los polis debían de estar pagando una fortuna por esta incursión para tener a tantos usuarios de magia a bordo.
Brett apuntó con su escopeta hacia la maraña de oscuridad de la derecha.
—No veo nada —dijo. La iluminación de su linterna se detenía justo antes de donde debería.
—Exacto, la oscuridad está presionando.
—¿Miedo a la oscuridad? —soltó alguien.
Lo ignoré.
—Nos mantenemos unidos y vamos por la izquierda. Vigilad la retaguardia.
Avancé antes de que otros listillos intentaran burlarse de mí otra vez. En realidad no me importaba, pero era ruido innecesario. Muy poco profesional.
La oscuridad amainó, solo un poco, a medida que avanzábamos. Pero no podía evitar la sensación de que la luz que proyectábamos simplemente no llegaba tan lejos como debería.
Los pasillos se retorcían conforme avanzábamos.
Más y más bifurcaciones. Pasillos más estrechos, pero todos aparentemente idénticos.
La oscuridad no disminuía. Era opresiva.
Mantuve la cabeza fría, pero podía sentir los nervios de todos a flor de piel.
Necesitábamos un contacto pronto. Cada segundo que pasábamos sin matar algo, olvidábamos que podíamos hacerlo.
Y cada momento que pasábamos caminando en la oscuridad, permitíamos que el misticismo oscuro se filtrara en nuestro interior, desplazando nuestro duro entrenamiento y nuestra arrogancia profesional.
La visión de carne pálida y una criatura encorvada justo más allá de la intensidad de nuestras luces me hizo detenerme. Su risita me envió un escalofrío por la espalda. Sonaba como un niño.
El escopetero disparó, iluminando el pasillo y enviando un estallido brusco que resonó por los pasillos metálicos y en nuestros oídos.
La criatura volvió a reírse y desapareció en lo negro.
Sentí que alguien intentaba pasar a mi lado a empujones.
Levanté el brazo y solo el encendido involuntario de mi abrigo detuvo al asaltante.
—¿Qué cojones? Ese es el objetivo. ¡Vamos!
—Eso es un muerto viviente. Una trampa —dije—. Si fueran el objetivo, no nos los encontraríamos aquí. Mantened la formación. Si nos metemos en una trampa, tenemos que estar en guardia.
El cazador me miró perplejo. —El objetivo está ahí. Solo es un puto zombi de mierda. ¿Quién coño te ha puesto al mando?
—Los patronos —siseó Brett.
Asentí. —Exacto. Y por una buena razón. ¿Cuántos zombis has matado tú?
—Tres —lo dijo como si fuera algo de lo que estar orgulloso.
Me acerqué y lo miré a los ojos. Él no llevaba máscara. Esperaba que la mirada gélida y sin ojos de la mía lo inquietara.
—Yo he matado a quinientos sesenta y cuatro. —Era mentira. Probablemente había matado a más.
Eso lo silenció. Volvió a su posición.
—Hay algo más adelante —dijo Treth. No pude responder sin parecer loca—. Veo una mota de luz a lo lejos.
—Hay algo más adelante —repetí las palabras de Treth—. Preparaos para el combate.
Oí clics y tomas de aliento. Seguimos adelante.
Tal como Treth había dicho, había una luz. Se hacía más grande a medida que avanzábamos. La oscuridad no cedía tanto como yo creía que debería, pero pronto nos encontramos en un atrio tenuemente iluminado.
A diferencia del laberinto de sofocantes pasillos de metal, este atrio era fresco. Agradable. También parecía habitado. Tenía una mesa con un cuenco de cereales a medio comer, una silla volcada y una cama individual deshecha.
¿Era este el hogar de la Señor de los Muertos? Un arreglo tan humilde, casi deprimente. Me los imaginaba viviendo rodeados de lujos. Lujos retorcidos y malignos, pero lujos al fin y al cabo. Este no era el tipo de lugar en el que esperaba que viviera mi adversario.
—Desplegaos. Asegurad la habitación —dije.
—¿Para qué puto fin? —soltó el cazador de antes.
Lo ignoré y caminé hacia el cuenco de cereales a medio comer. Multicolor. Azucarado. Empapado. Pero no demasiado. Estaba reciente.
—No hay ninguna otra salida en esta habitación —dijo otro cazador.
—Nos hemos ido por el puto camino equivocado. ¡Deberíais haberme dejado ir tras el objetivo!
Lo ignoré y me incliné más. La cucharilla era de plástico. Una de esas cucharillas que cambian de color cuando se mojan. El mango era rosa y el cuenco era azul.
—¿Me estás escuchando, joder?
Oí que se acercaba hacia mí y sentí que Treth estaba a punto de avisarme. Se detuvo.
—¿Eres su puto novio? —preguntó el cazador.
Brett se interpuso en su camino, con los brazos a los lados. Tenso.
—Déjate de mierdas —dijo. Su tono era más amenazador que el que usó en la reunión.