8. Una y otra vez
Una y otra vez
Si no os habéis acostumbrado ya, acostumbraos a verme despertar en camas de hospital.
A lo que yo tenía que acostumbrarme, sin embargo, era a despertar con Colin sentado a mi lado, con una expresión de fingida calma en el rostro que ocultaba su angustia.
Parpadeé para quitarme el sueño de los ojos.
Ya no sentía el dolor insoportable de la trampa de cadáver hinchado del Señor de los Muertos. Pero aún me sentía débil.
Colin sonrió débilmente al verme despertar. Alargó la mano hacia la mía y yo se la apreté. Todavía sentía la piel un poco entumecida, pero al menos conservaba las manos. El frío era ya solo un recuerdo doloroso.
—Ya estás despierta —dijo, como quien constata un hecho.
—Sí —respondí.
Su rostro estaba impasible. Su habitual pose relajada. Pero vi dolor tras sus ojos. Un temblor en el labio.
—La segunda vez —dijo. La segunda vez que me veía en el hospital.
—Sí, pasa a menudo. Estoy acostumbrada. Estaré bien.
Él asintió, despacio. Le apreté la mano con más fuerza. Intentaba mantenerse impasible. Mantener la compostura. Pero el labio le temblaba y vi humedad en sus ojos.
Yo le había hecho esto.
Le había hecho daño, si no directamente, sí a través de mi relación con él. Iba a lastimarme, y eso a él le dolía.
No quería hacerle daño. Pero sabía que volvería a hacerlo.
En cierto modo, soy egoísta. Quería a Colin, pero también sabía que necesitaba seguir cazando. Era más importante que mi propia vida.
Lo único que podía hacer era tener más cuidado la próxima vez.
—¿Qué aspecto tiene el monstruo ahora, Kat?
—Oí la única voz que no quería oír. Andy.
Entró justo detrás de la silla de Colin.
Llevaba las manos en los bolsillos con aire despreocupado.
Tenía un aspecto desaliñado. El pelo hecho un desastre.
Había una fina capa de pintalabios negro manchando sus labios.
Podría habérselo limpiado, pero me dio la impresión de que quería que supiéramos lo que había estado haciendo.
—Prefiero no hablar de ello —dije, con la mayor diplomacia posible. No quería herir más a Colin con los detalles.
—No, anda, cuenta —dijo Andy. Su tono era de broma, pero su expresión era otra cosa. No exactamente despreocupada. Más intensa. Casi depredadora.
Lo ignoré. Él se acercó. Hacía meses que Andy no me caía bien, pero no pude evitar sentir algo más que desdén hacia él mientras se aproximaba. Sentí una amenaza abrumadora que emanaba de quien un día fue mi amor platónico.
—¿Por qué no, Kat? Eres una cazadora de monstruos. Una auténtica tía dura. Venga, vamos a hablar de trabajo.
—Ahora no —siseé. Colin evitaba el contacto visual, mirando las sábanas de la cama del hospital.
Andy me observó y luego miró a Colin. Fue breve, pero alcancé a ver un atisbo de gruñido.
—¿Es por este pringado? ¿Es demasiado debilucho para oír hablar de monstruos?
—¡El puto cobarde eres tú! —grité, mandando a paseo cualquier intento de diplomacia. El esfuerzo me dolió en el pecho, pero mi rabia mitigó el dolor.
Andy giró la cabeza hacia mí bruscamente. Ya no llevaba su máscara de impasibilidad, pero tampoco conservaba su aire de amenaza. Parecía horrorizado. Más que dolido. Parecía un perro regañado.
—Fuera —dije, mucho más bajo y con mucha más frialdad. Su expresión se hundió aún más. Estaba desconsolado. Nos dio la espalda y salió casi corriendo. Trudie entró justo cuando él se iba, dedicándole una mirada de preocupación y desconcierto.
Ella me miró, lanzándome puñales con los ojos.
—¿Qué cojones ha sido eso?
—Él ha empezado... —murmuré.
Trudie levantó la mano para impedirme continuar. Colin pareció a punto de intervenir, pero la expresión de Trudie, que respiraba hondo con los ojos cerrados, no permitió interrupciones.
—Prometiste ser amable —dijo finalmente.
Abrí la boca para discutir, pero volvió a interrumpirme .
—Es mi novio, Kat. Si no puedes superarlo y tienes que gritarle por razones estúpidas, porque estás celosa, entonces no podemos seguir siendo amigas. Lo siento, pero me tengo que ir.
Trudie salió de inmediato; probablemente a los brazos de ese imbécil que me daba asco haber pensado alguna vez que me gustaba.
Mientras el silencio se instalaba, volví a apretar la mano de Colin.
—Se equivoca, ¿lo sabes?
Colin me miró a los ojos. Había estado llorando, con la discreción suficiente para que no nos diéramos cuenta.
Sin embargo, yo sabía que no tenía nada que ver con las impertinencias de Andy.
Colin llevaba tiempo al límite. Había descubierto que podía perderme.
Ese pensamiento me llenó simultáneamente de calidez y de una culpa intensa.
—Eres cien veces más hombre de lo que él llegará a ser nunca —le dije. Colin no respondió. A pesar de mi sinceridad, no creo que estuviera de acuerdo.