La Señora de los Muertos (Serie Kat Drummond 4) 7. Miasma
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7. Miasma

Miasma

Vi formas negras al abrir los ojos; me estallaba la cabeza y tenía la visión borrosa.

Sentía cosas dentro de mí. Cosas afiladas.

Por todas partes. En las piernas, en los hombros, en los brazos.

Me había girado en el último momento, dejando que mi abrigo de salamandra recibiera el grueso del impacto, pero aun así me había acribillado una ráfaga de huesos.

Solo el miasma que vino a continuación me dio un breve respiro del dolor que sentía en cada fibra de mi ser.

Solo podía dar gracias de que mis pulmones parecieran estar bien, a excepción del dolor abrasador del gas de corrupción atrapado en mi garganta.

Hice balance de lo que recordaba antes de perder el conocimiento.

El policía pasó de mí, o no me oyó, y se pegó directamente al cadáver hinchado.

Este se retorció violentamente y explotó antes de que la mayoría pudiera reaccionar.

Había estado lleno de fragmentos de hueso.

Como un saco. Tras el hueso llegó el gas miasmático.

Deberíamos haber llevado respiradores, aunque ni siquiera estaba segura de que eso hubiera servido de algo.

La magia de corrupción era potente. Rara vez se detenía ante cosas mundanas como las máscaras antigás.

Mi visión seguía nublada, pero estaba despierta. Con un dolor insoportable, pero despierta. Seguía sin poder moverme. Demasiado débil. Y, en realidad, no quería moverme. Si ahora sentía tanto dolor, ¿cuánto sentiría si intentara desplazarme?

—¿Kat? —preguntó Treth. Intenté abrir la boca para responder, pero no pude. Debía de seguir bajo los efectos del miasma .

Las formas negras se acercaron y sentí miedo. Normalmente afrontaba mi miedo arremetiendo contra él. Pero ahora no podía arremeter contra nada.

Mi oído, que me di cuenta de que se había quedado en silencio, regresó. Oí pasos. No las pisadas naturales y melódicas de los vivos, sino los pasos calculados y bruscos de los no muertos.

Bueno, ¿qué otra cosa esperaba? ¿Una banda de enanos?

A medida que recuperaba el oído, también lo hizo mi visión, revelando el rostro del túmulo, a solo un palmo de distancia.

La sensibilidad regresó a mis brazos mientras el miasma se disipaba de mi cuerpo.

Alargué la mano hacia mi espada, a pesar del dolor, y entonces grité cuando un frío intenso me congeló las manos al suelo.

Estaban atrapadas en fragmentos de hielo.

Ya sentía el dolor gélido en mis huesos.

Si me quedaba así demasiado tiempo, perdería las manos por congelación.

—No hace falta que te resistas —dijo el túmulo con voz ronca, ladeando la cabeza—. Kat Drummond.

La forma en que pronunció mi nombre me produjo unos escalofríos que superaron al hielo que rodeaba mis manos. Dijo mi nombre como si lo estuviera sopesando. Como si no estuviera seguro de qué pensar al respecto. De si debía considerarme una presa, un guijarro, una niña o un juguete.

—Yo... —retrocedió y me dedicó una pomposa reverencia. Oí crujir sus huesos—. Soy Frederico DeSantos. Mi señora me llama el Mariscal.

Ladeó la cabeza de nuevo. —Me gusta ese título y te pido que te refieras a mí de la misma forma.

Ahora se expresaba con mucha más elocuencia, pero seguía teniendo ese ronquido antiguo en cada palabra.

Era como intentar articular a través de papel de lija.

Se volvió hacia el resto de los ocupantes de la habitación.

Seguían en estado comatoso. Los que aún respiraban.

Los otros yacían acribillados por proyectiles óseos, eviscerados.

—Tus compatriotas siguen bajo el hechizo de mi señora. Ella me dijo que tú serías capaz de despertar de él con más facilidad que ellos. Aun así, te he liberado del encantamiento al entrar.

Miré de un lado a otro, intentando analizar mi entorno e ignorar las astillas de hueso alojadas por todo mi cuerpo.

Las marionetas de carne ignoraban a mis aliados vivos, dedicándose más bien a recoger los órganos abandonados en sus contenedores.

El Señor de los Muertos no debía de preocuparse por el acceso a los cadáveres, pero los órganos costaban dinero.

—¿Por qué? —pregunté finalmente, intentando ocultar mi miedo y mi aversión, sin éxito.

—¿Por qué... te he despertado?

—¿Por qué no me has matado?

Una sonrisa horrorosa y sin labios cruzó el rostro del Mariscal.

—Mi señora...

Sopesó sus palabras.

—... no desea que mueras.

—¿Todavía?

—Nunca.

Aquello fue una sorpresa.

—Ella te considera su mayor aliada, Kat Drummond.

—¡¿Su mayor aliada?! —escupí. La sola idea me revolvía el estómago—. Largo a tu agujero. Y llévate a tu señora contigo.

Su sonrisa no disminuyó.

—Me contengo, Kat Drummond, por amor a mi señora. Ella tiene planes para ti. Mi trabajo consiste en asegurar que, mientras estés implicada en su caída, no logres derrotarla y, al mismo tiempo, no llegues a morir.

—Parece muy enrevesado. Mátame.

—Kat... —se quejó Treth. No le gustaba esa idea.

—No hasta que mi señora me lo ordene.

—Eres un túmulo, ¿verdad? —Cambié de tema. Si no podía matarlo y él no iba a matarme a mí, más valía aprender algo.

—Lo soy —asintió con naturalidad.

—Y, sin embargo, sirves a un amo. Eso es raro entre los de tu clase. ¿Por qué?

—¿Por qué seguimos a alguien? —replicó—. Por pasión, por orgullo, como un medio para un fin.

Ladeó la cabeza, sopesando sus palabras.

Me dio la impresión de que el inglés no era su lengua materna.

Tenía que pensar bien las cosas antes de intentar articularlas a través de su mortecina falta de labios.

Diría que era un milagro que pudiera hablar, pero la nigromancia es una prueba más de que los milagros no existen. Solo existen las maquinaciones.

—Mi señora es una visionaria. Ella ve lo que puede llegar a ser. Lucha por ello, a pesar de las adversidades.

—Es una psicópata asesina.

—No juzgues lo que no comprendes. —Su sonrisa desapareció—. Tan solo sabes que sobrevives porque ella te admira. Ella quiere trabajar contigo. Aunque puede que aún no lo sepas, hay otro enemigo acechando en las sombras. Un enemigo común.

—Mis enemigos son los no muertos y quienes los traen al mundo —dije con una rotundidad indiscutible.

—Desde luego te gusta jugar peligrosamente —comentó Treth, pero sentí un orgullo inconfundible por parte de mi compañero espiritual.

—Ya aprenderás —dijo el Mariscal, simplemente—. Aprenderás por qué sirvo. Y llegarás a ser aliada de mi señora. Ella lo sabe, con lo cual yo lo sé.

—Vete a la mierda —dije yo, igual de simple, aunque con más elocuencia.

El Mariscal me dio la espalda, con la mano en el pomo de su estoque.

—Mi objetivo es mantenerte con vida, Kat Drummond, pero la mejor forma de hacerlo es asegurarme de que no puedas seguir amenazando a mi señora. Con un poco de suerte, esos fragmentos de hueso no habrán tocado nada vital, pero te mantendrán en una cama de hospital un buen tiempo.

Me planteé volver a insultarlo, pero se marchó. El hielo se derritió y consideré arremeter contra él, pero en cuanto me moví hacia él, caí. La oscuridad se apoderó de mí.