Capítulo 54
MARIO
La habitación en la que se encontraba no le pareció la típica de un hospital.
Paredes de color crema, un conjunto formado por una mesa redonda de cristal y dos butacones en un rincón, un televisor de cuarenta pulgadas en la pared de enfrente y un enorme cuadro con un paisaje montañoso en la pared de la izquierda.
Demasiado lujo para un hospital como los que había conocido hasta ahora.
De no ser por el gotero y el monitor controlando sus constantes vitales habría pensado que estaba en un hotel.
Fijó entonces la mirada en sus piernas y lo que vio hizo que se llevara la mano al pecho, angustiado. Tenía un armazón de acero fijado a su pierna derecha, con un total de cuatro varillas incrustadas en el lateral por encima y por debajo de la rodilla en la que había recibido el impacto de bala.
Le impresionó el estado que presentaba, hinchada y de un color rojizo, amoratado en algunas zonas, aunque prefirió no ponerse en lo peor.
Al menos no le habían amputado la pierna y si le habían colocado aquel armazón era porque podían salvarla.
La pregunta era si podría volver a andar con normalidad.
Apartó esos pensamientos de su mente cuando vio entrar en la estancia a Bianca .
—Estás despierto —dijo ella con una sonrisa radiante. Ver la felicidad que transmitía su rostro le pareció un regalo.
—¿Dónde estoy? —acertó a preguntar.
—En un búnker secreto del Gobierno.
—¿Cómo?
Bianca soltó una carcajada.
—Es broma. Tengo mucho que contarte. Han pasado bastantes cosas desde que te dispararon hace dos días.
—¿Dos días?
—Sí, te han mantenido sedado porque tu estado de salud era bastante delicado y queríamos mantenerte estable durante el traslado.
—¿Qué traslado?
Bianca se sentó en la silla tapizada que había junto a su cama.
—Estás en un hospital privado de Pamplona.
—¿Pamplona? ¿Por qué estoy aquí y no en Asturias?
Ella se tomó un par de segundos antes de responder.
—Porque estás muerto.
Mario miró el dorso de su mano, donde una aguja lo conectaba al gotero, y se preguntó si la medicación que le estaban suministrando había hecho que entendiera mal la respuesta.
—¿Cómo que estoy muerto? —preguntó.
—A ojos del resto del mundo falleciste por las complicaciones posteriores al disparo.
El parte médico dice que sufriste una fuerte hemorragia que los médicos no consiguieron detener a tiempo.
Mario Ortiz Mures falleció oficialmente hace dos días.
Incluso tengo el certificado de defunción que lo demuestra.
Su cerebro todavía no era capaz de asimilar lo que estaba escuchando.
—No lo entiendo —murmuró.
—Perdona, sé que debería haber empezado por el principio —dijo Bianca dibujando una leve sonrisa—.
Ayer por la mañana, al día siguiente de que recibieras el disparo, tuve una conversación con la inspectora Cuevas.
Me preocupaba que el clan Portela volviera a atentar contra tu vida, así que le pregunté si había alguna posibilidad de que te acogieran en algún plan de protección de testigos .
—Pero…
—Tranquilo —lo interrumpió—. Ya me dijo que tú no querías y que, además, eso no garantizaría tu seguridad porque cualquier filtración pondría en peligro tu vida.
—Tiene razón.
—Así que le propuse una alternativa, otra forma de protegerte: darte una nueva identidad. Una identidad que nadie pudiera rastrear.
A Mario no le costó unir las piezas.
—¿Le contaste a la inspectora a qué te dedicas en secreto?
—Sí. Le expliqué que ayudo a mujeres maltratadas a huir de sus parejas y a comenzar de cero con una nueva identidad.
—¿Por qué hiciste eso?
—Te lo he dicho: para protegerte.
—No debiste hacerlo.
—Era el único modo de asegurarme de que no volverían a intentar asesinarte, aunque necesitaba su ayuda para poder llevar a cabo este plan.
—¿Y lo hizo?
Bianca asintió con la cabeza antes de responder.
—Es una mujer con muchos recursos. Consiguió que el cirujano certificara tu muerte por complicaciones en el quirófano durante la operación y un forense que trabaja en su brigada elaboró un informe falso sobre tu autopsia.
Luego movió todo el tema legal para que nadie pudiera dudar de tu muerte.
No me preguntes cómo lo hizo, pero lo cierto es que has dejado de existir, al menos sobre el papel.
—Engañar a Piñeiro y al clan Portela no es tan fácil.
—En cuanto a ese hombre, ya no debes preocuparte más por él. Murió asesinado ayer en la cárcel.
La noticia hizo que Mario se incorporara.
—¿Dices que Piñeiro está muerto?
—Sí, tranquilo —dijo ella poniéndole la mano en el pecho para que se recostara de nuevo—. No es el único que ha caído. Según me ha contado la inspectora, los albaneses se están haciendo con el negocio del clan Portela y ya se han producido una veintena de muertes .
—¡Madre mía!
—Se ha desatado una guerra que terminará pronto con la más que probable desaparición del clan Portela. Al menos, eso cree Verónica. Dice que la información que Sofía le entregó al clan Kosta les ha puesto en bandeja la posibilidad de arrebatarles el negocio.
—Es probable, contenía información muy valiosa sobre cómo lo manejaban.
—También han detenido a los dos secuestradores que lograron huir de Luarca, aunque no me contó cómo lo consiguieron.
—Imagino que fue gracias a un archivo oculto que Verónica introdujo en la pulsera antes de acudir al faro para canjearlo por tu vida. Su función era emitir una señal de posicionamiento en cuanto la conectaran a un ordenador.
En ese momento una joven enfermera de sonrisa radiante entró en la habitación, por lo que ambos guardaron silencio. Primero le preguntó a Mario cómo se encontraba y luego revisó el gotero y las lecturas del monitor. Antes de salir, aseguró que volvería en un rato con el médico.
En cuanto se quedaron solos, Mario preguntó:
—¿Qué es este sitio?
—Ya te lo he dicho. Es un hospital privado, de ese modo no consta en ningún sitio que estés aquí ingresado.
—Pero has dicho que tengo una identidad nueva.
—Eso no significa que tengas seguridad social —dijo Bianca dejando escapar una ligera risa—. Verás, es un poco largo de explicar.
—No tengo pensado ir a ninguna parte.
—Mi contacto te consiguió una nueva identidad, pero necesita unos días para tener toda la documentación. Lo importante, lo único que debe preocuparte ahora mismo, es que te van a operar la rodilla en una o dos semanas y que los médicos son bastante optimistas con tu recuperación.
—¿Y quién paga todo esto? Porque has dicho que es privado.
—Todavía dispongo de algunos ahorros. Además, he decidido vender mi apartamento .
Mario no esperaba aquello.
—¿Cómo que vas a venderlo?
—Voy a marcharme de Madrid.
—No lo entiendo. ¿Qué pasa con tu consulta?
—Conseguiré pacientes allí donde me instale.
—Pero… ¿por qué?
Ella sonrió con cierta amargura.
—Creo que tenías razón. Todo ese asunto de proteger a las mujeres que sufren maltrato me viene demasiado grande. No estoy preparada para afrontar algo así.
—No estoy de acuerdo. Si algo has demostrado es que eres una mujer fuerte, que no se rinde nunca.
—Eso no es suficiente.
—Lo será si estás dispuesta a hacerme caso.
No lo dijo como un reproche, sino más bien como un intento por no romper la relación que tenían. Viendo lo que Bianca estaba haciendo y arriesgando por él, le pareció que no era justo separar sus caminos. Ella le necesitaría en cuanto estuviera recuperado.
—Creo que no fui justo contigo —aseguró mirándola a los ojos—. Fui egoísta y confundí lo personal con lo profesional.
Bianca arqueó las cejas.
—Me temo que no te sigo.
—Mis relaciones con las mujeres a lo largo de estos doce años no puede decirse que hayan sido demasiado profundas.
Yo más bien las definiría como breves y superficiales, principalmente porque no podía permitirme intimar con alguien dentro del mundo de la delincuencia en el que vivía.
Estaba en juego mi vida si alguien descubría quién era y lo que hacía en realidad.
—Es lógico.
—Conocerte fue una revelación. Lo digo en serio —añadió al ver que a ella se le escapaba una sonrisa, como si se lo tomara a broma—.
Era la oportunidad de tener por fin una relación duradera con alguien especial que me gustaba mucho.
El problema es que solo pensé en mí y no tuve en cuenta que tú no sentías lo mismo.
La expresión de Bianca cambió. Perdió la sonrisa y apartó la mirada, incapaz de enfrentarse a la suya .
—No es eso, Mario. Yo… Claro que me siento atraída por ti, pero…
Al ver que no se atrevía a continuar, decidió preguntarle:
—¿Es por lo que hizo tu padre?
Bianca asintió con la cabeza antes de mirarle de nuevo.
—Mi madre murió porque mi padre no soportaba la idea de perder el control sobre ella.
Es algo que no quiero vivir. No estoy dispuesta a permitir que ningún hombre tenga ese poder sobre mí.
Hace tiempo tuve una relación que derivó en eso, en un intento por controlar mi vida, y me juré que jamás volvería a pasar por algo así.
Y mucho menos por lo que vivió mi madre.
Sé que eres una buena persona, Mario —añadió—, y te mereces una mujer que te quiera.
El problema es que yo no puedo ser esa mujer.
Solo te haría daño. Necesito que lo entiendas.
—Lo comprendo, de verdad —aseguró convencido—. De todas formas, eso no tiene por qué afectar a nuestra relación profesional. Podemos trabajar juntos y seguir ayudando a las mujeres que lo necesiten. Después de todo, tampoco nos ha ido tan mal trabajando juntos, ¿no te parece?
—Es una forma optimista de verlo.
—Al menos seguimos vivos.
—Eso es cierto.
—En cuanto me recupere, nos pondremos manos a la obra. ¿Tenemos un trato? —preguntó alargando la mano hacia ella.
—Está bien —respondió estrechándosela—, aunque ya no podremos usar aquel nombre tan pegadizo que se te había ocurrido.
—¿Cuál?
—Agencia BIMA, de Bianca y Mario. Ahora tu identidad es otra.
—¿Y cómo me llamo ahora?
—Borjamari.
—¡¿Cómo dices?! —exclamó abriendo los ojos de forma desmesurada—. Espero que sea una broma.
—¿Qué pasa, no te gusta ese nombre? —dijo ella conteniendo la risa—. Borjamari es un nombre muy bonito.
—Por favor, dime que no es verdad .
—Vale, solo te tomaba el pelo. En realidad, ahora eres Cayetano.
—¿En serio?
—¿Qué quieres? —le replicó encogiéndose de hombros—. Yo no elijo los nombres.
Mario se tapó el rostro con las manos. Se sentía demasiado débil como para pensar en una vida en la que la gente se dirigiera a él como Cayetano. Por suerte, la carcajada que escuchó le hizo concebir la esperanza de que solo fuera una broma.
—¿Te estás riendo de mí?
Bianca tardó unos segundos en dejar de reír y ser capaz de responder.
—Es que no puedes imaginarte la cara que has puesto.
—¿Qué cara habrías puesto tú si te dicen que ahora te llamas Cayetana?
—Tranquilo, no soy tan mala. En realidad, ahora te llamas Mario Fernández Simancas. Sé el aprecio que le tienes a tu nombre, así que le pedí a mi contacto que te buscara una identidad que te permitiera mantenerlo. ¿Te parece bien?
—Sí. Y te lo agradezco. Puedo soportar el cambio en mis apellidos, pero no me gustaría perder el nombre que me pusieron mis padres. Después de doce años fingiendo ser otra persona necesito mantener al menos esa parte de mí.
—Por eso lo hice.
—Te lo agradezco. Por cierto, ¿mi hermana sabe lo ocurrido?
—Sí. La llamé justo después de que decidiéramos fingir tu muerte. Está deseando verte, pero la inspectora cree que no es bueno que venga a España. Le dije que la llamarías en cuanto estuvieras despierto.
—Mejor lo dejamos para más tarde. Han sido demasiadas emociones desde que abrí los ojos y necesito descansar un rato.
—Se ve en tu cara que lo necesitas. Voy a instalarme en el hotel que está aquí al lado y luego vendré a verte.
—De acuerdo.
En cuanto salió de la habitación, Mario cerró los ojos.
Le quedaba una dura tarea por delante. El aspecto de su rodilla no auguraba una recuperación fácil, aunque estaba dispuesto a afrontarlo con entereza. Lo que iba a ser más difícil de superar era ese dolor que no se veía, el que dejaba cicatrices tan profundas que curarlas requería de mucho tiempo.
El odio a su tía.
Saber que su padre había muerto asesinado.
El tiempo que había pasado alejado de su hermana para no ponerla en peligro.
Y los doce años entre delincuentes que habían sacado lo peor de él.
Ese dolor era difícil de digerir, aunque quizá la vida era eso. Una senda en la que el dolor le acompaña a uno en todo momento y la única forma de avanzar era aprender a convivir con él.
La pregunta que le aterraba en ese momento era si sería capaz de hacerlo.