La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

BENITO PIÑEIRO

Debes ser capaz de manejar tu negocio, aunque estés en el infierno.

Esa frase, dicha por su padre cuando era un niño, había sido el lema de Benito Piñeiro a lo largo de los años.

Jamás la había olvidado, desde los tiempos en que descargaba fardos de tabaco en las Rías Baixas de Galicia con tan solo quince años, junto a su progenitor.

Luego llegó la cocaína y el clan Portela creció más que ningún otro de la zona, dominando el mercado en la mitad norte de España.

A pesar de llevar dos años en prisión, Piñeiro seguía controlando su negocio como si estuviera en la calle. Tenía comunicación directa y privada con el exterior si la necesitaba y estaba al tanto de todo lo que pasaba fuera de esos muros.

Por eso, cuando recibió la llamada de uno de sus sicarios en su teléfono, dibujó una sonrisa en los labios.

—¿Cómo va todo, colombiano? —preguntó.

Estaba en su celda, sentado en el borde de la cama mientras se tomaba un café. En la puerta uno de sus hombres vigilaba para que ningún funcionario le interrumpiera.

—Bien, patrón. El gallego y yo logramos salir de Asturias sin problemas con el pendrive .

Nos tocó caminar varios kilómetros por el monte de noche para escapar de la policía, hasta llegar al segundo carro que habíamos dejado preparado en otro pueblo.

Ahora estamos en un sitio seguro. Lo único malo es que no alcancé a ocuparme de esa rata traidora antes de salir.

—No te preocupes, ese traidor está muerto.

—¿Está seguro?

—Sí. Uno de mis contactos en la policía me lo ha comunicado hace una hora.

El disparo que le pegaste en la rodilla le provocó una hemorragia de la que no pudieron salvarle los médicos.

Una pena. La verdad es que me habría gustado que agonizara durante días como la rata traidora que era.

Ahora lo importante es saber lo que contiene el pendrive . ¿Lo has mirado ya?

—Apenas llegamos al apartamento lo revisé, por eso lo estoy llamando.

La mujer de Arturo Pujadas era muy berraca.

Le sacó al marido un montón de información del negocio: números de cuentas bancarias, alquileres de los inmuebles donde tenemos los laboratorios en los que cortamos y preparamos la droga, los lugares donde la almacenamos, gastos en sobornos…

Demasiada información, patrón. Si los albaneses tienen todo eso, estamos jodidos.

No me extrañaría que fueran por usted para sacarlo del medio y quedarse con todo el negocio.

—Aquí en prisión estoy a salvo, no te preocupes por eso. Además, en cuanto terminemos de hablar moveré los hilos necesarios para proteger el negocio y encargarme de esos putos albaneses.

—Lo que no encontré en el pendrive fue nada de la plata que supuestamente nos había robado el asesor.

—¿Lo de las criptomonedas era mentira?

—Eso parece, patrón. Para mí que la rata se tiró un farol para ganar tiempo y salvar el pellejo.

—De cualquier modo, ahora está muerto y enterrado. Todo ten remedio menos a morte —rezó Piñeiro con orgullo—. ¿Qué hay de su amiga?

—Se nos voló y no fuimos capaces de ubicarla. Después llegó la policía y nos tocó abrirnos de allí.

—Tendrás que encontrarla y cargártela. No quiero dejar cabos sueltos.

—No se preocupe, patrón. Yo me ocupo .

—Eso sí, no tengas prisa en matarla. Quiero saber todo lo que le contó su novio.

—Quédese tranquilo. Yo me voy a asegurar de que…

En ese momento se escuchó un estruendo y la voz del colombiano se cortó de golpe. A través del mini teléfono, Piñeiro escuchó voces que, aunque lejanas, logró entender.

—¡Policía Nacional! ¡Levante las manos y no se mueva!

Su primera reacción fue cortar la llamada de inmediato y arrojar el pequeño terminal sobre la litera de su cama, como si estuviera contaminado.

Tras unos segundos de desconcierto, lo recogió, sacó la tarjeta nano-SIM y la rompió, tirándola en el inodoro de su celda y pulsando el botón de la cisterna.

Luego se tomó unos minutos para reflexionar.

Parecía que el colombiano no había conseguido despistar a la policía tan bien como pensaba.

No le importaba perder a uno de sus sicarios, podía contratar a los que necesitara gracias a sus buenas relaciones en Colombia, pero sí que era preocupante que la policía tuviera acceso a los datos del pendrive , por eso decidió moverse rápido.

Guardó el mini teléfono en el bolsillo y salió de la celda para dirigirse al hombre que vigilaba la puerta.

—¿Dónde están Carlos y Fonso? —preguntó.

—En la lavandería. Vendrán ahora.

—No hay tiempo para esperarles. Vamos.

Piñeiro siempre estaba acompañado, como mínimo, por tres de sus hombres y no porque temiera que alguien pudiera atacarle.

En la cárcel todos le respetaban. Era el pez más grande del estanque, como le gustaba decir, por eso siempre iba acompañado de varios presos de su confianza.

De ese modo, dejaba claro su estatus y nadie podía acercarse a él sin su permiso.

Caminó hasta la salida del edificio que conducía al patio y lo recorrió con su hombre un paso por detrás de él.

En ese momento se reunían allí la mayoría de los presos, por eso buscó entre ellos al que se encargaba de conseguir tarjetas telefónicas de contrabando.

Necesitaba una nueva de manera urgente para hablar con su gente sin que la policía pudiera interceptar su llamada y salvar el negocio antes de que fuera tarde .

Encontró al marroquí apoyado en la pared del fondo, fumando en compañía de dos presos más. Sus ojos se iluminaron al verle.

—¡ Salam alaykum , amigo! —exclamó dibujando una extraña sonrisa—. Buenos ojos te ven.

—Rachid, necesito una tarjeta nano-SIM.

—Tendré que mirar si me queda.

—¡No me jodas! La necesito ya. Sabes que el dinero no es problema.

—Ya, bueno… —El tipo dio una calada a su cigarrillo antes de continuar—. Problema es que hay otro que paga mejor que tú.

—¿Qué significa eso?

—Tiempos cambian, amigo —respondió dejando caer el cigarro al suelo—. Ahora gente nueva entra en negocio y Rachid los prefiere.

—¿De qué mierda me estás hablando?

Piñeiro vio cómo la mirada del marroquí se elevaba por encima de su hombro, para observar algo a su espalda. Al girarse se encontró con que dos presos agarraban del cuello a su hombre para inmovilizarlo.

—¿Qué significa esto?

No tuvo tiempo de decir nada más. Sintió un dolor intenso en el pecho y al bajar la mirada vio que tenía un punzón clavado en él, a la altura del corazón. El propio Rachid era quien lo empuñaba.

—Saludos de los albaneses. Ellos mandan en tu negocio ahora.

El marroquí extrajo el punzón y Piñeiro cayó al suelo, donde la vida se le escapó entre los dedos mientras trataba inútilmente de taponar la herida con las manos.