Capítulo 52
BIANCA
Al levantarse de la cama horas después, lejos de ver las cosas con más claridad, Bianca sintió que la cabeza le iba a estallar.
Se había pasado buena parte de la noche envuelta en pesadillas, todas relacionadas con el secuestro.
Soñó con Mario tumbado en el suelo en un enorme charco de sangre y con ella anclada a la pared sin poder soltarse, mientras se rasgaba la piel de las manos al intentar liberarse.
Pero lo que hizo que se despertara varias veces con un grito ahogado en la garganta fue revivir el momento en que el secuestrador había intentado violarla y recorría su cuerpo con sus sucias manos.
Incluso percibió el olor nauseabundo de su aliento, mientras se reía a carcajadas.
Llegó un momento, cuando el sol ya atravesaba con fuerza las cortinas de la habitación, que decidió levantarse y se metió de nuevo en la ducha. Necesitaba arrancar de su piel el sudor que la cubría, pero, sobre todo, el recuerdo de unos sueños que le habían parecido demasiado reales.
Mientras el agua caía sobre ella, sus pensamientos fueron para Mario.
Rogó por su recuperación y porque fuera capaz de caminar de nuevo, aunque había algo que le preocupaba tanto o más: su seguridad.
Ahora que el clan Portela conocía su verdadera identidad, su vida estaba en peligro. Más de lo que había estado nunca.
Se convenció de que tenía que hacer algo para evitarlo, por eso, en cuanto salió de la ducha, decidió llamar por teléfono a Verónica. La inspectora le había dado su número al llegar al hotel por si necesitaba algo.
—Soy Bianca —dijo al escuchar su voz.
—Buenos días. ¿Has podido descansar?
—La verdad es que no, he pasado muy mala noche y el despertar no ha sido mejor, por eso te llamo.
—¿Qué ocurre?
—Necesito hablar contigo de algo y tiene que ser en persona.
—Ahora mismo estoy en la Jefatura de la Policía Nacional de Oviedo, pero puedo acercarme a verte al hotel. ¿Te parece que nos veamos en media hora?
—No hay problema. Voy a salir a buscar una farmacia para que me den algo para el dolor de cabeza y luego volveré al hotel a desayunar.
—Allí nos vemos.
Tuvo que vestirse con la misma ropa que llevaba el día anterior, dado que no había querido pasar por el hotel de Luarca para cambiarse. Su único pensamiento era estar con Mario en el hospital.
Al bajar a la recepción, la mujer que la atendía le comunicó que hacía una hora que estaba cerrado el comedor, pero que había una cafetería especializada en desayunos muy cerca, así que decidió dirigirse allí.
Al poner un pie en la calle se encontró con un coche patrulla de la Policía Nacional aparcado junto a la puerta. Uno de los dos ocupantes se bajó de inmediato y se acercó a ella.
—La inspectora Cuevas nos ha ordenado que la protejamos en todo momento.
—Voy a desayunar cerca de aquí.
—La acompañaremos.
No tuvo inconveniente en que lo hicieran.
Recorrió la calle flanqueada por los dos policías, aunque se detuvo antes de llegar a su destino, en un bazar chino bastante grande que encontró a su paso.
A pesar de que la ropa no era para nada de su estilo, compró una muda completa, un vaquero, una camiseta y un jersey, que se puso en un pequeño probador después de pagar.
De camino a la cafetería tiró la ropa sucia en un contenedor de basura, convencida de que nunca más sería capaz de ponérsela porque le recordaría la mala experiencia por la que había pasado.
Ocupó una mesa al fondo del local, mientras los policías se quedaban en la barra, y llamó a Verónica para decirle dónde se encontraba.
La inspectora llegó diez minutos después, cuando ya había dado buena cuenta de una tostada con aguacate y un huevo frito con salsa holandesa por encima, junto con un café con leche.
Eso ayudó a que su dolor de cabeza desapareciera, señal de que la principal causa era que no había comido nada desde el día anterior a su secuestro.
—No tienes buena cara —dijo Verónica al sentarse frente a ella. Estaba claro que era una mujer directa—. Se nota que no has descansado lo suficiente.
—Me he pasado la noche teniendo pesadillas con el secuestro.
—Si lo deseas, la policía dispone de psicólogos especializados en la atención de víctimas de secuestros.
—No es la primera vez que paso por esto.
—Es cierto, sufriste un secuestro bastante traumático en Londres.
—Este lo ha sido más —aseguró Bianca, tras lo cual decidió no ahondar en ese tema—. Si te he llamado es porque me preocupa más la situación de Mario.
—El médico aseguró después de la operación que las posibilidades de que quede bien son altas.
—No es eso lo único que me angustia. —Bianca hizo una breve pausa—. Puede que intenten asesinar a Mario de nuevo.
—No deberías preocuparte por eso. Ahora mismo está bien protegido y esperamos pillar pronto a los dos secuestradores que huyeron.
—No me refiero solo a que intenten asesinarlo ellos. Mario estuvo infiltrado doce años en una organización criminal que ahora conoce su verdadera identidad. Es lógico pensar que volverán a intentarlo .
La inspectora asintió con la cabeza antes de decir:
—Sí, es probable que lo hagan.
—¿Y tienes pensado cómo evitarlo?
Por cómo arrugó el entrecejo, tuvo claro que no esperaba esa pregunta. Es más, tuvo la impresión de que le había molestado.
—Me temo que hay poco que yo pueda hacer.
—Mario es uno de los vuestros, es policía como tú. Algo habrá que puedas hacer por él.
—El problema es que su nombre no consta en ninguna base de datos como agente perteneciente a la Policía Nacional. Nunca ingresó de forma oficial en el Cuerpo y el propio Mario es el primero que no quiere que nadie conozca su pasado como agente encubierto.
—Algo se podrá hacer para proteger su vida. ¿No tenéis un programa de protección de testigos al que pueda acogerse y que le permita cambiar de identidad?
—Claro que existe, pero cambiar de identidad no es tan sencillo como parece. En este país solo se concede en casos muy extremos.
—¿Acaso el suyo no lo es?
—Eso debe determinarlo un juez y ya te digo que Mario es el primero que no quiere que salga a la luz su verdadera identidad. Además, a la vista de la información que contenía la pulsera de Sofía, entiendo que quiera que sea así.
—¿Qué contenía?
Por un momento temió que no quisiera compartir esa información con ella.
—Además de saberlo casi todo sobre los negocios del clan Portela, tenemos una lista de personas a las que tienen en nómina por hacer la vista gorda o pasar información: abogados, políticos e incluso un juez.
La Unidad de Droga y Crimen Organizado de la Policía Nacional tiene mucho trabajo por delante con toda la información que hemos obtenido.
Esa explicación no la convenció.
—No termino de entenderlo. Si ya sabéis quiénes son los corruptos y los detenéis, será más fácil que un juez autorice a que Mario entre en un programa de protección de testigos .
—La cuestión es que solo conocemos el nombre de algunos corruptos y desconocemos si hay más.
Mario no va a acceder a ello, precisamente por lo que tú has dicho: el clan Portela no dejará de buscarle.
Incluso en el caso de que un juez pudiera autorizar el cambio de identidad, el riesgo de que se produjera una filtración y que llegaran hasta él es muy real.
—¿Tan corrompido está el sistema?
—No tanto como parece, pero eso no hace que el riesgo para Mario sea menor.
Bianca se quedó pensativa. Por mucha rabia que le diera, Verónica estaba en lo cierto. El riesgo era demasiado alto. Eso hizo que solo visualizara una única salida para proteger su vida.
—¿Y si yo pudiera? —preguntó.
—¿A qué te refieres?
—A conseguirle una nueva identidad. Si yo pudiera… —Hizo una breve pausa, consciente del riesgo que iba a correr a partir de ese momento—. ¿Me ayudarías sin hacer preguntas y, sobre todo, sin meterme en una celda?
—¿Estás hablando en serio?
—Bastante. Todo este lío empezó porque quise ayudar a Sofía a escapar de su marido. Ella acudió a mí porque quería empezar una nueva vida lejos de él y yo le aseguré que podía hacerlo. No es la única mujer a la que he ayudado.
—¿Quieres decir que ayudas a mujeres maltratadas a huir de sus maridos?
—No solo eso, les proporciono una nueva identidad y una nueva vida.
Se produjo un silencio incómodo que se rompió cuando Verónica se inclinó hacia delante y preguntó en voz baja:
—¿Cómo lo haces?
Bianca dudó, pero ya era tarde para volverse atrás.
—Si respondo a esa pregunta puedo terminar en la cárcel.
—¿Porque les cobras por ello?
—No, al contrario. Jamás les he cobrado un solo euro —remarcó con claridad—. Soy yo quien corre con todos los gastos de la huida. Incluso hoy en día sigo ayudando económicamente a las que lo necesitan .
—De acuerdo, no voy a insistir en preguntarte cómo lo haces. Solo quiero saber si ese método es seguro.
—Lo es. Únicamente dos personas tenemos conocimiento de la nueva identidad de las mujeres a las que ayudo: la persona que les proporciona la documentación y yo.
—¿Y confías en ella?
—Con los ojos cerrados.
Verónica se echó hacia atrás para apoyar la espalda en el respaldo y cruzó los brazos delante del pecho.
—En ese caso, mi consejo es que lo hagas. No voy a intervenir de ningún modo. Es más, para mí esta conversación nunca ha tenido lugar.
Bianca asintió con la cabeza, agradecida, aunque eso no era suficiente.
—El problema es que, para que todo salga bien y que el clan Portela no persiga a Mario nunca más, necesito tu ayuda.
—Te escucho.
Bianca expuso lo que tenía en mente, ante la atenta mirada de Verónica, que en ningún momento la interrumpió para decir que no era posible. Cuando terminó, su respuesta fue la que necesitaba.
—Puedes contar con mi ayuda.