La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 51
93%

Capítulo 51

BIANCA

El pronóstico inicial no fue demasiado alentador.

El médico de la ambulancia que se presentó en el lugar para atender a Mario felicitó a Bianca por haberle puesto un torniquete, aunque su estado era tan grave que lo estabilizó para llevarlo de inmediato al Hospital Universitario San Agustín de Avilés.

Allí esperaba un helicóptero, que lo trasladó al Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo, para operarlo.

Las horas pasaron demasiado lentas mientras Bianca esperaba noticias sobre el resultado de la operación.

Estaba sentada en la sala de urgencias del hospital, protegida por los dos guardias civiles de uniforme que la habían llevado hasta allí en un coche patrulla.

Al mirar su reloj de muñeca vio que marcaba las dos y media de la madrugada.

No saber nada del estado de Mario la estaba matando, por eso se puso en pie y volvió a recorrer la sala de un lado a otro, como había hecho en varias ocasiones desde que estaba allí. Verónica irrumpió en la sala en ese momento y se acercó a ella.

—¿Se sabe algo de la operación? —le preguntó.

—No, nada.

—¿Cómo te encuentras ?

—Mal —reconoció Bianca—. La espera me está destrozando los nervios.

—Seguro que todo sale bien. Mario es fuerte.

—Ojalá no te equivoques.

—Creo que deberías irte a descansar unas horas. Has sufrido un secuestro muy traumático y…

—No —la interrumpió, tajante—. No voy a moverme de aquí hasta que sepa cómo ha ido la operación.

—Está bien. ¿Has comido y bebido algo?

—No puedo. Los nervios me tienen atenazado el estómago.

Lo que en realidad necesitaba era llorar. Tenía tal tensión acumulada que sintió que era su única válvula de escape. Verónica se dio cuenta de ello porque la agarró del brazo y la acompañó a la fila de asientos, donde se sentó junto a ella.

—Tranquila, verás cómo todo sale bien. El médico que lo evacuó dijo que su vida no corría peligro.

—Lo creeré cuando lo confirme el cirujano que lo está operando. Además… —Por un momento le costó ordenar sus pensamientos—. ¿Y si intentan matarlo de nuevo?

—No te preocupes por eso. He pedido apoyo a la comisaría de Oviedo y en breve tendré varios agentes que se encargarán de protegerlo cuando lo suban a planta. Nadie sin autorización podrá entrar en su habitación.

—¿Habéis cogido ya a los dos secuestradores que escaparon?

—No, pero lo haremos pronto. Zabala está en ello y te aseguro que no va a dejar que se escapen. Tiene a su disposición un equipo de asalto y nos hemos guardado un as en la manga para dar con ellos.

Bianca ya no escuchó lo último. Un hombre vestido con chaqueta y pantalón verde, de unos cincuenta años, se asomó a la puerta de entrada a la sala.

—¿Son los familiares de Mario Ortiz? —preguntó.

—Sí —respondió ella poniéndose en pie como impulsada por un resorte.

—Soy la inspectora Cuevas —la secundó levantándose a la vez—. ¿Cómo se encuentra Mario ?

El hombre suspiró antes de responder a la pregunta, lo que hizo que Bianca contuviera la respiración.

—No ha sido una operación sencilla, aunque la vida del paciente no corre peligro —comenzó a decir aproximándose a ellas—.

De momento, hemos realizado una cirugía de control de daños.

Hemos lavado la herida, retirado el tejido muerto y eliminado algunos fragmentos de hueso desprendidos por el impacto del proyectil.

No todos, ya que el paciente está muy débil y no podemos someterlo en este momento a una operación más larga y compleja.

Solo lo necesario para prevenir una infección.

—¿La rodilla estaba muy dañada? —preguntó Verónica.

—Bastante. Por suerte, la bala no tocó la arteria poplítea.

Aun así, el destrozo en la pierna es importante.

El impacto se produjo en el extremo inferior del fémur, provocando una fractura conminuta.

Es decir, partió el hueso en varios trozos.

—Hizo una breve pausa como si quisiera darles tiempo a que asimilaran sus palabras—.

Tengo entendido que le golpearon en la rodilla después del disparo y que incluso se la pisaron.

—Así es —dijo Bianca, que había hablado de esa circunstancia con el médico de la ambulancia que le había atendido durante la evacuación.

—Eso explica el desgarro en varios ligamentos de la rodilla, que van a requerir de cirugía.

Lo importante ahora es que lo tenemos estabilizado.

Hemos inmovilizado la pierna con un fijador externo hasta que podamos operarle de nuevo y reconstruir ese hueso.

Eso sí, ya les adelanto que va a ser una recuperación larga y compleja.

—¿Qué quiere decir? —murmuró, incapaz de entender el alcance de lo que estaba escuchando.

—Primero hay que reconstruir el hueso, que realizaremos en una o dos semanas si todo va bien. Luego habrá que esperar entre tres y seis meses para reconstruir los ligamentos. Es la operación más delicada porque será la que determine si recupera la movilidad completa.

—¿Quiere decir… que podría quedar cojo? —preguntó Bianca abriendo los ojos de forma desmesurada.

—Es pronto para decirlo. Antes hay que ver si el hueso se recupera bien y no es necesario ponerle una prótesis.

Como digo, va a ser un proceso lento, aunque las probabilidades de que quede bien son altas.

Tenemos que ir paso a paso. Le aconsejo que se vayan a descansar unas horas y vengan a visitarlo al mediodía.

Para entonces ya estará en planta y podrá recibir visitas.

—Muchas gracias, doctor —dijo Verónica.

En cuanto el médico abandonó la sala, Bianca se dejó caer en el asiento. Estaba aliviada de que la vida de Mario no corriera peligro, pero la descripción del estado de su rodilla había sido un shock.

—Es mejor que vayas a descansar unas horas. Se ve que lo necesitas —dijo Verónica sentándose de nuevo a su lado—. Te he reservado una habitación en un hotel cerca de aquí. No tienes que preocuparte de nada.

En ese instante, solo una idea dominaba sus pensamientos.

—¿Y si no puede volver a caminar?

—No te pongas en lo peor. El médico no ha dicho que fuera imposible. Llevará su tiempo, pero seguro que se recupera bien. Venga, vamos. Te acompañaré al hotel.

Bianca se incorporó y caminó en dirección a la salida con la inspectora situada a su lado.

—Seguro que mañana ves las cosas con más optimismo —añadió esta mientras los dos guardias civiles abrían el paso.

No dijo nada. Estaba demasiado cansada como para pensar con claridad, por eso se limitó a sumergirse en sus pensamientos de camino al hotel. Una vez en la habitación, se dio una ducha y se metió en la cama.

Por desgracia, las pesadillas apenas le permitieron descansar.