Capítulo 50
MARIO
Un disparo.
Un muerto.
Aunque no el que esperaba.
Mario había cerrado los ojos justo antes de que el Piojo apretara el gatillo, por eso, cuando el sonido del disparo inundó la nave, se sorprendió de que la bala no le hubiera impactado.
Lo que vio al abrir los ojos de nuevo lo dejó perplejo.
El hombre que había estado a punto de arrebatarle la vida permanecía tumbado de costado a su lado, con un agujero en la sien por el que comenzaba a escapar la sangre y los ojos abiertos, sin vida ya en ellos.
En un principio no entendió lo que había ocurrido.
Supuso que alguien le había disparado, pero no vio a nadie más en la nave.
Hasta que por el rabillo del ojo detectó un movimiento, una sombra que atravesaba una de las ventanas.
No identificó de quién se trataba hasta que avanzó hacia él.
Llevaba puesto un chaleco antibalas oscuro y sostenía en las manos una pistola con la que apuntaba al frente.
—¿Hay alguien más? —preguntó Zabala .
—Otros dos —le respondió con voz débil—. Imagino que estarán fuera.
—Voy a asegurar la zona. No te muevas de aquí.
—Ojalá pudiera —murmuró antes de verle salir.
Mientras esperaba el regreso del agente, giró la cabeza para mirar de nuevo el cuerpo inerte del Piojo, cuyo rostro ya estaba cubierto en parte por la sangre de la herida mortal que había recibido.
No podía creerse que su tía Mercedes le hubiera pagado para matar a su padre.
Siempre la había considerado una mujer odiosa, egoísta y narcisista, que les había hecho la vida imposible a su hermana y a él, pero jamás se habría imaginado que fuera capaz de desear ver muerto a su propio hermano, solo para quedarse con su dinero.
Que hubiera muerto torturada y con el cuello rajado le pareció poco castigo para una persona tan despreciable.
Zabala regresó unos minutos después con cara de preocupación.
—No he visto a nadie en los alrededores de la nave. Deben de haber huido al escuchar el disparo.
—Más bien creo que van detrás de Bianca, que escapó hacia el pueblo. Tienes que encontrarla.
—No te preocupes, Verónica ya está con ella.
—¿Estás seguro?
—Sí, acaba de llamarme por radio para confirmarlo. Bianca está a salvo y los refuerzos en camino.
—Menos mal —dijo soltando a continuación un suspiro de alivio.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Zabala arrodillándose a su lado.
—Bastante mal, no te voy a mentir.
—¿Dónde te han disparado?
—En la rodilla.
—Te sacaremos de aquí y te llevaremos al hospital.
El sonido del motor de un coche acercándose llegó a sus oídos, por lo que Zabala se incorporó y se aproximó a la puerta.
—La ayuda ya está aquí. Ahora vuelvo .
Mario no tardó en escuchar la voz del agente hablando con alguien en el exterior. Poco después, la puerta de la nave se abrió de golpe y un rostro conocido irrumpió en el interior de la nave. Sonrió al ver que se trataba de Bianca y que parecía estar bien.
Ella se quedó clavada en un primer momento en el sitio al ver el cuerpo sin vida del Piojo, aunque no tardó en acercarse para arrodillarse al lado de Mario.
—¿Cómo estás? —preguntó posando la mano sobre su frente.
—Vivo. ¿Y tú?
—Contenta de verte con vida —dijo mientras sus ojos brillaban—. Escuché una detonación y creí que te habían disparado.
—Así iba a ser, pero Zabala lo evitó cargándose a ese cabrón.
—¿Cómo está tu pierna?
Mario notó en ese momento una especie de neblina empañando su visión, señal de que las fuerzas le abandonaban y le iba a costar mantenerse despierto.
—Lo cierto… es que ya no la siento —murmuró notando cómo le costaba articular las palabras.
—No te preocupes, viene una ambulancia de camino, así que tienes que aguantar hasta que llegue.
—¿Encontraste… a la inspectora? —preguntó haciendo un esfuerzo por mantenerse consciente.
—En realidad, me encontró ella a mí, gracias a tu localizador.
—Te lo dije. —Sus párpados se cerraron, pero consiguió abrirlos de nuevo—. ¿Y los otros dos?
—¿Quiénes? ¿Los secuestradores?
—Sí.
—No lo sé. Puede que huyeran.
—Hay que encontrarlos… y detenerlos.
De nuevo cerró los ojos, aunque esta vez no se encontró con fuerzas para abrirlos.
—No te preocupes, seguro que los detienen. —La voz de Bianca comenzó a sonar demasiado lejana—. Mario, ¿estás bien?
Sus sentidos comenzaron a perder contacto con la realidad y sintió como si un manto invisible envolviera su cuerpo.
Lo último que escuchó fue el grito de Bianca pidiendo ayuda.