Epílogo
BIANCA
Había transcurrido una semana desde que estaba en Pamplona y Bianca había pasado la mayor parte del tiempo junto a Mario en el hospital, pendiente de su estado de salud.
Lo previsto era que en tres días le realizaran la primera operación, en la que le retirarían el fijador externo y reconstruirían el fémur con placas y tornillos.
Tras esa operación recibiría el alta y tendría que regresar unos meses después para la reconstrucción de los ligamentos, la operación más complicada de todas, aunque el equipo de médicos era bastante optimista con su recuperación y con que pudiera hacer una vida más o menos normal en un plazo de un año.
Eso era lo que más la preocupaba, aunque no podía obviar que el coste económico sería bastante elevado.
Era el problema de acudir a un hospital privado.
En un principio, Bianca había vendido unas acciones que había heredado de su padre y le pidió a su abogado que solicitara la tasación del apartamento de Madrid para ponerlo en venta.
En cuanto Mario lo supo, se negó a aceptarlo.
Por suerte, dos días atrás la solución había llegado por sí sola y del modo que menos esperaban.
La hermana de Mario llamó para contarles que un notario de Gijón se había puesto en contacto con ella para decirle que era la única heredera de su tía Mercedes.
Con el dinero que esperaba conseguir por la venta de la casa y los ahorros que la bruja tenía en el banco, esperaba cubrir buena parte de los gastos médicos de su hermano.
Eso ayudó a que el ánimo de Mario mejorara.
También lo hizo la visita de la inspectora Cuevas.
Esta le explicó que, a ojos del mundo, Mario Ortiz había dejado de existir.
Una esquela y un funeral en la más estricta intimidad eran la prueba de su fallecimiento, junto con el certificado de defunción.
Su cuerpo había sido incinerado y las cenizas arrojadas al mar.
En cuanto al clan Portela, se podía decir que la muerte de Piñeiro había sido su sentencia.
La UDYCO había llevado a cabo la detención de al menos un centenar de personas, así como la incautación de grandes cantidades de cocaína, aquellas de las que no se había apropiado todavía el clan Kosta.
Laboratorios clandestinos desmantelados, medios de transporte incautados y una extensa lista de colaboradores detenidos, entre los que había cargos públicos y políticos, lo que estaba haciendo temblar los cimientos del país.
De cualquier modo, lo importante era que Mario había dejado de ser un objetivo y podía rehacer su vida, esta vez sin temor a que nadie lo persiguiera.
Esa mañana Bianca tenía programadas varias consultas online, así que después de desayunar en el comedor del hotel, cruzó el vestíbulo en dirección al ascensor, mientras miraba su reloj. Tenía un margen de quince minutos antes de la primera sesión.
—Bianca, ¿de verdad eres tú? —llamó de pronto su atención una voz masculina.
Ella se detuvo en seco y miró al hombre de pelo canoso que se acercaba a ella tirando de una pequeña maleta. Calculó que pasaba de los sesenta años. Vestía un traje de calle bastante caro.
—¿Nos conocemos? —le preguntó.
—Soy Emilio Salcedo, abogado y amigo de tu padre.
—¿Mi padre? —preguntó Bianca sin poder evitar un tono de resentimiento. Lo que menos necesitaba en ese momento era encontrarse con alguien que le devolviera unos recuerdos que había enterrado hacía tiempo.
—La última vez que te vi fue en una fiesta en Madrid —prosiguió el hombre—. No sé si lo recuerdas. Hará unos cinco años.
—Lo siento, no caigo —le replicó con sequedad.
—Tu padre y yo éramos muy amigos. La verdad es que fue una auténtica tragedia lo que le ocurrió. Un golpe muy duro para todos los que lo conocíamos.
En otras ocasiones había optado por dar las gracias y huir de la conversación, pero esta vez no fue capaz.
—Se ve que no lo conocíais tan bien como yo.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Pues que preferiría que no se hubiera lanzado por ese barranco con mi madre dentro del coche. Si quería quitarse la vida, debería haberlo hecho cuando estaba solo.
—Pero… —El hombre la miró cada vez más perplejo—. Él nunca le habría hecho daño a tu madre. Es cierto que no estaba pasando por un buen momento, pero la quería mucho. El día antes de su muerte estuve con él y…
—Lo siento, pero no me apetece tener esta conversación con usted —lo cortó con sequedad—. Mi padre me arrebató a mi madre y es algo que no le perdonaré jamás.
Bianca aprovechó que en ese momento se abrían las puertas del ascensor para entrar dentro y dejar al hombre con la palabra en la boca. Ni siquiera lo miró antes de que se cerraran.
No era el primer amigo de su padre que se había acercado a ella para hablarle de lo buena persona que era y lo que lamentaba su muerte.
Puede que lo hubiera sido en algún momento de su vida, aunque era difícil saberlo.
La mayor parte de los recuerdos que tenía de su infancia eran con su madre, dado que su padre siempre estaba trabajando.
Por supuesto que tenía algunos buenos recuerdos con él, como los veranos que iban de vacaciones a la playa o los domingos que salían a pasear por el campo.
Sin embargo, los malos recuerdos pesaban más.
Las continuas discusiones de los últimos meses, algunas estando borracho, habían provocado que su madre le pidiera el divorcio.
Algo que su padre se negó a aceptar y que fue el motivo por el que decidió arrojarse en coche por un barranco con ella dentro.
Nunca le iba a perdonar que se la hubiera arrebatado.
Su madre era la persona más importante de su vida y su pérdida le había dejado una cicatriz demasiado profunda.
Tuvo que hacerse adulta sin ese apoyo materno que toda adolescente necesita.
Pero, sobre todo, perjudicó sus relaciones de pareja.
En cuanto notaba que un hombre intentaba controlar su vida de algún modo, rompía con él.
Hasta el punto de que ya no se planteaba compartir su vida con nadie.
Llegó a su habitación con la respiración agitada, decidida a apartar los malos recuerdos de su mente. Cogió su portátil, se sentó en la mesa y se dispuso a preparar la consulta que tenía en pocos minutos. El trabajo era algo que siempre la ayudaba a no pensar en el pasado.
Repasó su calendario para la semana, miró si tenía algún correo y por último abrió la aplicación de videollamadas, a la espera de aceptar la petición de acceso de su paciente. Faltaba un minuto para la hora acordada cuando la recibió.
Unos suaves golpes en la puerta llamaron su atención justo en el momento en que se disponía a pulsar el botón de aceptar.
—¿Quién es? —preguntó sin moverse de la silla.
—Disculpe, soy empleado del hotel y me han pedido que le entregue un sobre.
—¿Quién?
—No lo sé. El recepcionista solo me ha dicho que se lo entregue.
No tenía ni idea de quién podía comunicarse con ella. No le había dado la dirección del hotel a nadie, por lo que no tenía sentido que le enviaran una carta.
—Mételo por debajo de la puerta.
—De acuerdo.
En principio, pensó en mirar de qué se trataba una vez terminara la consulta, pero la curiosidad pudo más que ella.
Se levantó y se acercó a la puerta para recoger el sobre que el empleado había deslizado por debajo.
Era de color blanco, con el logotipo del hotel, lo que le resultó extraño.
Había pensado que la carta venía del exterior.
Tras dudar unos segundos, lo abrió y sacó el papel doblado que contenía dentro. Era una carta escrita a mano.
Bianca, soy Emilio Salcedo. Preferiría decirte esto por teléfono, pero intuyo que me colgarías, por eso te escribo esta carta.
Tu padre no asesinó a tu madre y tampoco te mentí al decir que la quería.
El día antes de su muerte me llamó para contarme que habían arreglado las cosas y que tu madre le había perdonado, siempre y cuando ingresara en una clínica de desintoxicación, algo que él aceptó.
De hecho, ya había solicitado el ingreso para unos días después.
Tu padre estaba decidido a recuperarse, por ti y por tu madre.
Quería volver a tomar el control de sus negocios y pensaba luchar contra los que querían arrebatárselos, por eso me pidió que nos viéramos ese mismo día por la tarde.
Dijo que tenía algo importante que contarme, aunque nunca llegué a saber de qué se trataba.
Lo que sí puedo decirte es que tu padre os quería mucho a tu madre y a ti.
Llegó al final de la carta y sintió el impulso de romperla.
No estaba dispuesta a escuchar que alguien que no vivía en su misma casa y que no sabía por lo que su madre y ella habían pasado le dijera ahora que su padre las quería.
Antes de romperla, decidió dar la vuelta a la hoja y vio que el texto continuaba.
Estoy convencido de que a tus padres los asesinaron.
Leí el informe policial y el coche tenía unas marcas de pintura en el lateral.
Creo que otro coche los sacó de la carretera y después huyó.
El problema es que nadie quiso investigarlo.
Alguien con suficiente poder se encargó de silenciarlo.
Si quieres hablar de ello llámame al 673 98 36 53.
Tu padre no era la mala persona que te hicieron creer .
Esas últimas palabras se clavaron en su pecho como un cuchillo, tanto fue así que necesitó sentarse al borde de la cama para no caer de rodillas al suelo.
¿Sus padres asesinados? ¡Era imposible!
Siempre había creído que su padre era un perturbado que no había soportado que su mujer lo abandonara y que decidió quitarse la vida y arrebatársela a ella también.
Si había estudiado psicología había sido precisamente para entender por qué lo había hecho, por qué alguien como él era capaz de tomar esa decisión sin importarle las consecuencias de sus actos ni el daño que causaba a otros. Sobre todo, a ella.
Las preguntas comenzaron a inundar su mente.
¿Quién deseaba ver muerto a su padre y por qué motivo?
¿Quería acabar también con la vida de su madre?
¿Qué habría ocurrido si ella hubiera viajado en el coche con ellos?
Y la pregunta más importante de todas:
¿Por qué los investigadores habían asumido que había sido una muerte accidental, en lugar de investigarlo a fondo?
Si algo tuvo claro en ese momento fue que, si lo que decía ese hombre en la carta era cierto, no pensaba permitir que la muerte de sus padres quedara impune.
Llegaría hasta las últimas consecuencias, hasta donde fuera necesario para averiguar quién les había arrebatado la vida.
Y se lo haría pagar muy caro.