Capítulo 48
VERÓNICA CUEVAS
Llegó al pueblo de Busto cuando el sol comenzaba a bajar en el horizonte.
La aplicación de rastreo seguía mostrando a Mario en el mismo lugar, en la edificación que había a las afueras del pueblo, junto al camino que llegaba hasta la costa.
Por ganas se habría dirigido allí con el coche, pero era demasiado arriesgado, por eso condujo hasta un pequeño complejo de apartamentos vacacionales y se detuvo junto al portón de entrada.
—Estamos llegando a la playa —escuchó la voz de Zabala a través de la radio con la que se comunicaban ambos—. En cuanto desembarque, me dirigiré a pie a la edificación donde se encuentra.
—Recibido. Yo estoy en el pueblo para intervenir si fuera necesario.
—¿Has ido sola?
—Sí, de ese modo no levanto sospechas. Los coches patrulla están a cinco minutos de aquí esperando órdenes.
—Corres demasiado riesgo. Si los secuestradores están distribuidos por el pueblo, te enfrentarás a ellos sola.
—El mismo riesgo que corres tú.
Verónica echó un vistazo a la imagen por satélite que tenía en pantalla y decidió continuar con el coche hasta la última casa situada al norte del pueblo, justo al pie del camino que llevaba directo a la edificación en la que se encontraba Mario.
Lo hizo atravesando calles demasiado estrechas para que pasara más de un vehículo, con la suerte de que no se encontró con ninguno.
Al llegar a la altura de la casa elegida, aparcó pegada a ella, en un camino de tierra, y paró el motor.
Los minutos fueron pasando con lentitud, lo que hizo que su nerviosismo aumentara.
No estaba segura de haber hecho lo correcto permitiendo que Mario fuera solo en busca de Bianca.
Utilizar la pulsera para negociar por la vida de ambos no le parecía lo más sensato, pero tampoco tenían más opciones, sobre todo teniendo en cuenta que no sabían a cuántos secuestradores podían enfrentarse.
—Estoy ascendiendo desde la playa hacia la edificación —escuchó por fin la voz de Zabala por radio—, pero el camino está lleno de maleza. Me está costando avanzar.
—¿Crees que lo conseguirás?
—Espero que sí.
La radio se quedó de nuevo en silencio. Pasaron varios minutos hasta que de pronto ocurrió algo que no esperaba: la señal GPS de Mario comenzó a moverse en el mapa.
Se lo comunicó de inmediato a su compañero, pero esta vez no obtuvo respuesta, así que se limitó a seguir el movimiento del punto rojo que aparecía en la pantalla de su teléfono.
Observó cómo avanzaba campo a través con cierta velocidad, lo que le hizo suponer que iba corriendo, quizá escapando de un peligro.
Su primer impulso fue salir a su encuentro, pero entonces Zabala se comunicó por radio.
—Estoy posicionado en la parte de atrás del edificio. Parece una nave abandonada.
—¿Puedes ver el interior?
—Espera. —Pasó cerca de un minuto hasta que volvió a hablar. En realidad, lo hizo casi susurrando—. A través de una ventana rota de la parte trasera he visto a Mario tumbado en el suelo, hablando con un hombre. Parece que está herido en una pierna .
Eso no tenía sentido. El dispositivo GPS que le había entregado a Mario llevaba varios minutos en movimiento. Solo encontró una explicación.
—¿Ves a Bianca?
—No y tampoco a más secuestradores. Tendría que rodear la nave para comprobar cuántos son.
—Si Mario está ahí, quien se dirige ahora mismo al pueblo con su dispositivo GPS tiene que ser Bianca.
—O alguno de los secuestradores que se lo ha quitado y está huyendo.
—No lo creo. Si se lo hubieran encontrado, lo habrían destruido. De cualquier manera, tengo que comprobarlo.
—¿La norma de actuación sigue siendo la misma?
—Sí —respondió ella—. La prioridad es proteger a Mario y a Bianca a cualquier precio.
—Recibido.
Verónica decidió que lo mejor era abandonar su coche, así que enganchó la radio que le comunicaba con su compañero en el cinto y salió sosteniendo en la mano el teléfono para no perder detalle del posicionamiento que se reflejaba en la pantalla.
El localizador GPS mostró que la persona que lo llevaba consigo acababa de salir al camino y se encontraba a unos cien metros de su posición.
Tenía que ir a su encuentro, aunque apenas había dado un par de pasos cuando escuchó un disparo lejano que le hizo detenerse en seco.
Conocía de sobra lo que significaba ese sonido.
Desenfundó la pistola que llevaba en la cadera y guardó el teléfono en bolsillo para poder empuñarla con ambas manos. Avanzó con pasos lentos, pero firmes, hasta que escuchó la voz de Zabala por radio.
—He tenido que abatir a uno de los secuestradores cuando se disponía a dispararle a Mario. Mantengo la posición por si aparecen los demás.
En un primer momento, Verónica dudó qué hacer. Podía regresar al coche para coger la otra radio y pedir a los refuerzos que se personaran allí, o podía ir al encuentro de la persona que llevaba consigo el localizador de Mario. Si era uno de los secuestradores, tenía claro cómo debía actuar.
Se decidió por la segunda opción, así que se pegó a la fachada de la casa y avanzó apuntando al frente con su arma, en dirección al camino por el que se suponía que aparecería su objetivo.
Antes de asomarse, amartilló la pistola, preparada para disparar.