Capítulo 47
MARIO
En cuanto vio a Bianca salir de la nave, Mario cerró los ojos y se relajó.
No era la primera vez que sentía la muerte de cerca.
Durante los doce años que había estado infiltrado en el clan Portela había visto a más de una persona morir delante de él y supo que cualquier día podía ser el siguiente.
Eso le enseñó a hacer su trabajo sin que el miedo a la muerte dominara sus actos, a pesar de vivir situaciones que a cualquier otro le habrían paralizado.
Esta vez, sin embargo, el final estaba claro.
Aunque Bianca había hecho un buen trabajo cortando la hemorragia con su cinturón, sabía que los secuestradores le pegarían un tiro en la cabeza antes de irse.
No iban a dejarle con vida, por eso se alegraba de que al menos ella hubiera huido.
Si todo iba bien, pronto estaría a salvo.
Por desgracia, la ayuda para él llegaría demasiado tarde.
Sentir la muerte tan cerca provocó que su mente regresara al pasado, a cuando su hermana y él eran unos niños y vivían con su padre. A pesar de que su madre ya no estaba entre ellos, habían sido años felices o al menos mucho mejores a los que vivieron con su tía después de la muerte de su padre.
Eso hizo que su mente recordara algo que había escuchado justo antes de desmayarse, después de que el Piojo le golpeara con violencia en la rodilla.
—Como maté a tu padre —murmuró.
¿De verdad había dicho eso o se lo había imaginado?
En un primer momento, descartó la idea. El Piojo no tenía motivos para hacer algo así o al menos no se le ocurrió ninguno.
Su padre era un hombre pacífico, que no se metía con nadie y que no tenía enemigos en el pueblo.
La gente lo apreciaba y así lo había escuchado en más de una ocasión de labios de quienes se habían acercado a él a lo largo de los años.
Sin embargo, hubo un detalle que no pudo obviar. En prisión, el Piojo había asegurado que le conocía y que sabía que procedía de Luarca, lo cual solo se podía explicar si habían coincidido allí en algún momento antes de marcharse a las pruebas de ingreso en la Policía Nacional.
Mario no conocía a todos los habitantes de su pueblo, aunque sí era más fácil que muchos lo conocieran a él porque durante sus dos últimos años en el pueblo había trabajado de camarero en varios bares.
Intentó ubicar al Piojo en algún lugar de sus recuerdos, hasta que sintió un intenso dolor en la rodilla que le recorrió toda la pierna y el costado, arrancándole un grito desgarrador que le obligó a abrir los ojos.
Junto a él, con un pie sobre su rodilla, estaba el colombiano.
—¿Dónde está esa hijaeputa amiga suya? —preguntó apretando los dientes.
Mario se limitó a mirarle con el rostro contraído por el dolor.
—No sé de qué hablas.
—Su amiga, ¿dónde carajos está? —insistió, señalando con el dedo la pared en la que Bianca había estado atada a una argolla.
—No tengo ni idea. —Un grito más fuerte todavía que el anterior escapó de su garganta cuando el colombiano volvió a presionarle la rodilla—. No lo sé… de verdad. Me desmayé.
El otro por fin levantó el pie y giró la cara hacia el Piojo, que se situó al lado.
—Quédese aquí con él. El gallego y yo vamos a buscarla por los alrededores .
—Deberíamos largarnos. Ya tienes esa dichosa pulsera, ¿no?
—Sí, pero no quiero dejar testigos. Vigile a este hijoeputa y luego nos iremos juntos.
Mario cerró los ojos. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que Bianca había huido, si solo unos minutos o el tiempo suficiente para que estuviera ya en el pueblo.
De cualquier modo, estaba seguro de que no iban a encontrarla y lo único que conseguirían los secuestradores quedándose allí era que los detuviera la Guardia Civil.
Al menos en eso el Piojo tenía razón. Cuanto más tardaran en largarse, más fácil sería que los pillaran.
—¿Por qué sonríes, capullo?
Mario abrió los ojos y lo miró sin borrar la sonrisa que había dibujado en sus labios.
—Porque pronto terminará todo.
—De eso puedes estar seguro.
—Me refiero a vosotros. Vais a terminar en la cárcel.
El Piojo soltó una carcajada.
—Qué curioso, eso mismo dijo tu padre antes de morir.
Mario sintió cómo se le erizaba la piel. Ahora estaba seguro de que no se lo había imaginado.
—¿Tú mataste a mi padre?
—Pues claro y me pagaron muy bien por ello —se jactó, orgulloso.
—¿Quién?
—¿Es que no lo sabes?
—Mi padre no tenía enemigos en el pueblo. Todo el mundo lo apreciaba.
—¿Eso crees? Bueno, puede que fuera cierto, aunque había alguien que sí tenía un motivo para querer verlo muerto.
—¿Quién? —insistió. Necesitaba saber el nombre.
Los segundos que transcurrieron hasta que escuchó la respuesta se le hicieron eternos.
—Tu tía Mercedes.
—¡Mientes! —gritó, incapaz de incorporarse.
—¿Y por qué iba a hacerlo? Es la verdad y la prueba es que fue tu tía la que realmente convenció a la Guardia Civil de que había sido una muerte accidental .
—No puede ser —murmuró.
—Ella les dijo que estaba deprimido, que en casa bebía en exceso y que incluso tomaba drogas.
—Eso es mentira.
—Por supuesto que lo era —se jactó el otro—. Tu padre andaba por los bares del pueblo, pero, durante el tiempo que le seguí, nunca le vi tomar más de dos cervezas seguidas. Reconozco que no era un mal hombre.
—¿Y entonces por qué lo mataste?
—¿Por qué va a ser? Por dinero, el motivo más antiguo del mundo. Tu tía me ofreció una buena cantidad si lo quitaba de en medio y en esa época yo necesitaba el dinero para empezar en otro lugar.
Mario sintió que la cabeza le daba vueltas. No podía creerse que ella hubiera ordenado la muerte de su propio hermano.
—Por aquel entonces yo trabajaba de albañil, haciendo chapuzas, aunque también trapicheaba con drogas —continuó el Piojo—. Una vida de mierda, la verdad. Quería largarme para vivir en Madrid, una ciudad que tenía mucho que ofrecer, así que acepté el trato.
—¿Cuánto te pagó?
—¿Acaso importa? Lo suficiente para subsistir un año sin necesidad de buscar trabajo.
—¿Cuánto? —insistió. Necesitaba saber el valor que su tía había puesto a la vida de su padre.
—Diez mil euros. Ahora puede parecer poco, pero por entonces valían tres veces más que hoy.
—No entiendo por qué mi tía quería ver muerto a mi padre. No tiene sentido.
—Ya veo que no sabías nada de tu tía —dijo dejando escapar una mueca de burla—.
Tu tía necesitaba dinero. Cobraba una pensión de mierda y debía varios plazos de un crédito que había pedido al banco para arreglar su casa.
Le pidió dinero a tu padre, pero este se negó a dárselo porque lo guardaba para los estudios de sus hijos.
Iban a quitarle la casa si no pagaba, así que necesitaba conseguir el dinero cuanto antes.
Pero, sobre todo, tu tía estaba mal de la cabeza.
Odiaba a tu padre porque nunca la dejó gobernar su vida.
Ella se creía la matriarca de la familia y no encajó que tu padre se casara y formara su propia familia.
Incluso estuvo más de un año sin hablarse con él.
Y la cosa fue a peor cuando faltó tu madre y él rechazó el ofrecimiento de irse a vivir con ella para que le ayudara a criar a sus hijos.
—¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Porque mi madre y tu tía eran muy amigas y le contaba muchas cosas. Era una mala persona, a pesar de que mucha gente en el pueblo pensara lo contrario.
—Y sabiendo eso, ¿aceptaste su dinero?
El Piojo se encogió de hombros.
—Era dinero fácil.
—¿Fácil? —repitió Mario sintiendo cómo la frialdad de aquel hombre le revolvía el estómago.
—No resultó nada difícil simular un disparo accidental.
Me encontré con tu padre en un bar esa noche y le eché una pastilla dentro de la bebida, de las que usaba en alguna ocasión para emborrachar a las chavalas y aprovecharme de ellas sin que se enteraran de nada.
Lo acompañé a casa y, una vez allí, resultó muy sencillo atarle a una silla y dispararle con su propia escopeta, simulando un accidente —declaró con orgullo.
La rabia invadió a Mario de tal modo que intentó incorporarse.
—Vas a pagar por ello. Voy a matarte con mis propias manos.
Apenas lo consiguió. En cuanto intentó apoyarse en la pierna herida para ponerse en pie, su rodilla crujió y un dolor intenso le recorrió el cuerpo, provocando que cayera al suelo de costado. La carcajada que soltó el Piojo le atravesó los oídos como un cuchillo.
—Eres tan estúpido como tu padre —dijo señalándole con el dedo y conteniendo la risa—. Solo en el último momento, cuando estaba atado y fue consciente de lo que iba a hacerle, dijo que terminaría en la cárcel, pagando por su muerte.
Mario giró la cabeza hacia él para lanzarle una mirada de profundo odio.
—¡Asesino! —le gritó con las pocas fuerzas que le quedaban.
El Piojo se acercó y sacó del bolsillo de la cazadora un pequeño revólver, con el que le apuntó .
—Después de esto, comprenderás que no puedo arriesgarme a dejarte con vida. Te lo he contado todo, así que le diré al colombiano que me atacaste y tuve que defenderme.
A través de la puerta abierta de la nave entró una ráfaga de viento que acarició la cara de Mario, como si alguien desde el más allá, quizá su padre, tratara de tranquilizarle y darle la serenidad que necesitaba en ese momento.
Estaba demasiado débil como para intentar defenderse, por eso se limitó a cerrar los ojos, mientras escuchaba el débil clic que se produjo al amartillarse el arma. No era justo terminar así, aunque el bien no siempre vencía al mal. Era una dura lección que había aprendido a lo largo de su vida.
—Adiós, imbécil —oyó decir al Piojo antes de que sonara el disparo.