Capítulo 46
BIANCA
Todo su mundo se vino abajo al ver que Mario se quedaba inconsciente, tumbado en el suelo.
La abundante sangre que le inundaba la pernera del pantalón y que empapaba el suelo no le pasó desapercibida y le llevó a pensar que estaba sufriendo un shock hipovolémico.
Por eso se puso en pie e intentó liberarse del modo que fuera.
Terminó de quitarse la cinta americana que tenía pegada a las manos y, acto seguido, empezó a frotar de nuevo las muñecas contra la pared.
Esta vez lo hizo para que la parte afilada de la piedra rompiera la brida que las unía.
A pesar de que se raspó la piel, no le importó. Tenía que soltarse y ayudar a Mario deteniendo la hemorragia. Ni siquiera pensó en que el secuestrador se lo impidiera. Toda su atención estaba puesta en liberarse y correr en su auxilio.
—¿Qué estás haciendo? —escuchó la voz del cabrón que acababa de golpearla.
—¡Mario necesita ayuda! ¡Tengo que soltarme! —gritó, desesperada—. Ha entrado en shock.
—¿Acaso eres médica?
—Necesita mi ayuda .
—Olvídate de él. Lo mejor que puedes hacer ahora es abrirte de piernas para mí.
Eso hizo que se concentrara en su labor con mayor énfasis e imprimiera todavía más fuerza al movimiento de sus manos, sin importarle el dolor del roce que provocaba la pared en su piel. Tenía que ayudar a Mario.
—No vas a poder soltarte nunca —escuchó la voz del secuestrador cada vez más cerca, hasta que notó las manos del hombre posarse en sus caderas—. Más te vale no moverte o volveré a hacerte daño.
Eso hizo que Bianca se detuviera de golpe.
—¡Socorro! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Que alguien me ayude! ¡Socorro!
La respuesta del hombre fue soltar una estridente carcajada mientras deslizaba una de las manos a su entrepierna.
—Nadie puede oírte —le susurró al oído.
—¡Socorro! ¡Ayuda!
Él la empujó contra la pared.
—Grita todo lo que quieras. Ya te dije antes que, cuanto más grites, más me excito.
Sus manos comenzaron a sobarle el cuerpo con brusquedad, mientras ella trataba de empujarlo para quitárselo de encima.
—¿Pero usted qué está haciendo? —sonó de pronto una voz que resonó con fuerza en el lugar.
—Lo que te dije que haría. Me la voy a follar.
—¿Es que no se da cuenta de que los gritos se escuchan a un kilómetro de aquí?
—Lo dudo mucho.
—Por lo menos tápele la boca con cinta para que no vaya a gritar.
—¿Dónde está la cinta?
—Qué sé yo. Seguro que el gallego la dejó en el carro. Hágale, salga conmigo y la busca.
El tipo resopló y se acercó a la cara de Bianca para lamerle la mejilla.
—No hemos terminado, zorrita. Volveré enseguida .
En cuanto se alejó, Bianca sintió temblar sus piernas, por eso se esforzó por no derrumbarse.
Ahora no.
Desvió la mirada hacia la entrada de la nave y, en cuanto los dos secuestradores la abandonaron, volvió a la tarea de liberarse.
Continuó raspando contra la piedra la brida que unía sus muñecas, con movimientos secos y desesperados, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Si no se liberaba aquel cerdo abusaría de ella y Mario moriría desangrado.
No podía rendirse.
Fue entonces cuando escuchó un chasquido y por fin se vio liberada de su cautiverio. La brida se había partido y ya no estaba anclada a la argolla.
Por unos segundos se miró las manos llenas de heridas, como si no se creyera que por fin estuvieran libres, y luego se puso en movimiento.
Se subió los pantalones y los abrochó, aunque se quitó el cinturón.
Con él en la mano, se acercó corriendo hasta Mario y se arrodilló a su lado.
Notó que su pecho todavía se movía de forma perceptible con la respiración, lo que le hizo concebir la esperanza de que todavía no fuera tarde.
Puso el cinturón alrededor del muslo derecho.
Lo hizo un palmo por encima de la rodilla, donde había recibido el disparo, y comenzó a apretar para cortar la hemorragia.
No tardó en comprobar que su cinturón no tenía suficientes agujeros como para mantenerlo cerrado, por eso decidió probar con el que llevaba puesto Mario.
Era un cinturón sin agujeros, de tejido trenzado que podía apretarse en cualquier punto a lo largo de su longitud, así que se lo quitó y le rodeó la pierna con él.
Tenía que apretarlo lo máximo posible, por lo que tiró con tanta fuerza como fue capaz y luego cerró la hebilla. Mario emitió un quejido y abrió los ojos de golpe.
—Has recuperado la consciencia —dijo ella dibujando una vaga sonrisa en los labios—. ¿Cómo te encuentras?
—¿Qué ha pasado? —murmuró él. Su voz era débil.
—Te desmayaste.
Mario alzó la cabeza para mirar a su alrededor.
—¿Dónde están ?
—¿Los secuestradores? Han salido fuera, así que tenemos que irnos antes de que vuelvan.
—Yo no puedo caminar.
—Claro que sí, yo te ayudaré.
—No. Tienes que huir —le pidió Mario.
—No pienso dejarte aquí. Nos vamos los dos.
—Nos cogerán. Tienes que dejarme aquí… y escapar tú —dijo con respiración entrecortada.
Bianca sintió sus ojos humedecerse.
—No voy a dejarte.
—Escucha, Bianca…
—No, escúchame tú —le interrumpió poniendo la mano sobre su pecho—. Tú no me abandonaste en Londres cuando me atrapó aquel psicópata y yo no voy a abandonarte ahora.
—Esto es diferente. Esta gente va a matarte si te quedas.
—A ti también.
—Si quieres ayudarme, tienes que huir. —Se tomó un respiro antes de continuar—. La inspectora te encontrará.
—¿Cómo?
Mario metió la mano en uno de los bolsillos delanteros del pantalón y sacó un objeto circular del tamaño de una moneda de dos euros.
—Toma, es un localizador GPS. Gracias a él… siguen mis movimientos. —Cada vez le costaba más hablar—. Tienes que huir… hacia el pueblo. Verónica te encontrará.
—No puedo dejarte, Mario.
—Por supuesto que sí. Es la única forma… de ayudarme. Ella vendrá… con refuerzos.
Por mucho que le costaba dejarle, tuvo que reconocer que era la mejor opción.
Si huía de allí y la inspectora llegaba con refuerzos, podrían detener a los secuestradores y salvar a Mario.
Incluso bastaría con llegar a la primera casa habitada para que le dejaran un teléfono y llamar a Emergencias pidiendo ayuda.
Eso hizo que mirara a su alrededor. No podía salir por la puerta, así que tenía que buscar otra salida.
Por suerte, el lado contrario de la nave, el que daba a la parte de atrás del edificio, tenía varias ventanas a metro y medio del suelo, algunas rotas y cubiertas solo por un plástico.
Sería fácil salir de allí atravesando una de ellas.
—De acuerdo —dijo cogiendo el dispositivo GPS—. Iré en busca de ayuda, pero tienes que prometerme que aguantarás hasta entonces.
—Lo intentaré.
Bianca le acarició la mejilla, mientras sentía que el corazón se le rompía por abandonarlo a su suerte.
—Lo siento.
—Solo tú puedes salvarme —murmuró Mario—. Vete… antes de que vuelvan.
Ella se limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas y se dirigió a la ventana que tenía más cerca. Arrancó el plástico de un tirón y luego atravesó la ventana tras subirse al marco de un salto.
Al caer al otro lado se encontró con una finca de hierba alta.
Al fondo, a una distancia de un kilómetro, vio varios tejados, así que comenzó a correr agachada en esa dirección.
Lo hizo procurando no hacer demasiado ruido para no llamar la atención de los secuestradores, que supuso que se encontraban en la parte delantera de la nave.
Una vez se alejó lo suficiente para que ya no pudieran verla, continuó corriendo erguida, tan rápido como le permitieron sus piernas.
Al cabo de unos minutos se encontró con un camino que bordeaba una arboleda. Dudó si continuar entre los árboles o seguir por el camino, hasta que tuvo claro que la segunda opción era el modo más rápido de llegar al pueblo.
No se equivocó.
Pronto divisó las primeras casas, lo que hizo que acelerara todavía más la carrera, a pesar del agotamiento.
—No te rindas… Mario —murmuró con voz entrecortada por el esfuerzo—. Voy a salvarte.