Capítulo 45
VERÓNICA CUEVAS
Controlarlas con los guardias civiles del puesto de Luarca de los que disponía era sencillo y lo sería más con los que esperaba recibir de Avilés muy pronto.
El único problema era que no podían bloquear esas carreteras hasta que Mario y Bianca estuvieran a salvo, dado que los secuestradores habían exigido que no querían ver a ningún coche patrulla en una zona de tres kilómetros respecto al faro.
Si les veían, todo podía irse al traste, así que no les quedó otra opción que esperar.
Al menos, pudo seguir los movimientos de Mario, primero gracias al posicionamiento del coche que conducía y luego con el localizador GPS que llevaba encima, ambos conectados a la aplicación de rastreo que visualizaba en la pantalla de su teléfono.
De ese modo supo dónde había dejado el coche y siguió su trayecto a pie a lo largo de la costa.
Hasta ese momento, Verónica había permanecido en el campo de fútbol situado a la salida de Luarca, dado que tenía muy cerca el acceso a la autovía y en poco más de diez minutos podía presentarse en el faro.
Estaba sola en su vehículo, aunque la acompañaban varios coches patrulla de la Guardia Civil en el lugar y estaba comunicada por radio con todo el dispositivo que se había montado.
Incluso había una ambulancia con soporte vital avanzado esperando el aviso para intervenir si era necesario.
Cuando vio que la aplicación de rastreo mostraba a Mario detenido en un punto del camino, a unos cien metros de una construcción de forma alargada, se lo comunicó a Zabala por la radio interna que usaban para hablar solo ellos dos.
—Lleva unos minutos detenido en el mismo lugar. Parece una nave o una cuadra.
—Lo estoy viendo en la pantalla de mi teléfono —respondió su compañero, cuya voz llegaba con ruido de fondo—. Es extraño.
—Puede que se haya encontrado con los secuestradores —sugirió Verónica.
—O que le hayan pedido que espere ahí. De todas formas, estoy ya a la altura del faro.
—Deberías continuar y buscar un lugar para acceder a tierra.
Zabala viajaba en una embarcación de la Guardia Civil, una Zodiac semirrígida que echaron al agua en el puerto de Luarca y que utilizó, junto a un guardia que ejerció de patrón, para apoyar la operación desde el mar.
Tras una corta espera, escuchó su voz por radio de nuevo.
—El guardia me dice que hay una playa llamada Barchinas más adelante en la que puedo desembarcar y acercarme andando hasta esa zona —aseguró Zabala—. Me llevaría unos pocos minutos.
—Deberíamos esperar un poco a que… —La voz de Verónica se apagó cuando vio que el rastreador mostraba en la pantalla cómo Mario se movía de nuevo en dirección a la edificación—. Espera, se está moviendo.
—Ya lo veo .
Pasaron un par de minutos hasta que el punto que marcaba su posición se detuvo en el edificio.
—Creo que es el lugar donde tienen a Bianca —dijo ella, mientras analizaba la imagen por satélite que le ofrecía la aplicación—. Lo mejor es que desembarques en esa playa y te acerques a la edificación. En la imagen del satélite es imposible saber de qué tipo de edificación se trata.
—Lo averiguaré en cuanto desembarque.
—Recibido.
Verónica dudó qué hacer. Su deseo era acudir a la zona con refuerzos para apoyar a su compañero, pero no quería poner la vida de Mario en peligro si los secuestradores descubrían los coches patrulla de la Guardia Civil en la zona del cabo. Por eso decidió que lo más inteligente era moverse sola.
Su coche era camuflado, sin distintivos ni luces prioritarias visibles, y vestía de paisano, por lo que nadie podía saber que era policía.
Además, el pueblo de Busto tenía al menos medio centenar de casas, con varios apartamentos turísticos y un par de restaurantes.
No llamaría la atención, siempre y cuando no se acercara demasiado a la edificación en la que se encontraba Mario.
Finalmente, dio la orden por radio a todos los vehículos patrulla para que mantuvieran posiciones a la espera de nuevas órdenes y se puso en marcha.
Mientras conducía hacia el pueblo con un ojo puesto en la pantalla y otro en la carretera, tuvo el presentimiento de que se dirigía a la boca del lobo.
Esperaba equivocarse.