La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

MARIO

La bala impactó de lleno en su rodilla derecha, provocando que cayera al suelo entre desgarradores gritos de dolor.

Lo único que pudo hacer para mitigarlo fue agarrarse la rodilla con ambas manos, mientras su rostro se contraía por el sufrimiento.

Nunca había recibido un disparo, pero si algo tuvo claro al ver sus manos empaparse de sangre es que debía contener la hemorragia lo antes posible.

El colombiano se acercó a él sin dejar de apuntarle y le miró con una frialdad que le hizo temer que ese disparo no sería el único.

—Dígame dónde tiene ese pendrive con la información.

—¡Qué te jodan!

—No. Eso es lo que voy a hacer con su amiga si no me dice ahora mismo dónde está el pendrive . Así que dígame dónde está. Puedo hacer que esto sea mucho más doloroso. Usted decide.

—No voy a decirte nada hasta que la sueltes.

—Me lo va a decir. Porque, si no lo hace, le voy a cortar los dedos uno por uno delante de usted, como hice con su tía. Y puede que le corte alguna cosita más.

Estaba claro que lo decía en serio. Eso le dejaba sin otra opción que acceder a su exigencia, con la esperanza de que al menos sirviera para ganar tiempo hasta que llegara la ayuda.

—Está en la guantera… de mi coche. Es una pulsera… de cuerda trenzada.

—No vaya a ponerse a jugar conmigo —dijo poniendo el pie sobre su rodilla y apretando lo suficiente para arrancarle un grito de lo más profundo.

—¡Es la verdad! —chilló Mario, sintiendo cómo el dolor le paralizaba todo el cuerpo—. El pendrive está oculto… en la hebilla.

El tipo le miró durante unos segundos y luego retrocedió un par de pasos.

—Gallego, quítele las llaves del carro y vaya a buscarlo.

El de la escopeta recortada se agachó y registró los bolsillos del pantalón de Mario hasta que la encontró.

No opuso resistencia. Le preocupaba más mantenerse despierto y no perder el conocimiento por la pérdida de sangre y la intensidad del dolor.

—Cogeré el coche para ir hasta allí.

—No. Mejor vaya caminando. El sitio donde le dijo que dejara el carro queda a cinco minutos de aquí. ¿Cierto?

—Sí.

—Pues vaya.

—¿Quieres que te ayude a llevarlo hasta la nave o vas a dejarlo aquí tirado?

En ese momento se escucharon las pisadas de alguien que se acercaba corriendo.

—Él me ayuda a llevarlo hasta allá —respondió el colombiano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el recién llegado al llegar a su altura.

Mario levantó la mirada y sintió como si un rayo le atravesara. Allí, a unos pocos pasos, estaba el Piojo. Tenía que haber supuesto que aquel cabrón iba a comunicarse con alguien del clan Portela después de encontrarse con él en el puerto esa mañana para chivarles que estaba de vuelta en Luarca.

—Todo va como estaba previsto —respondió el colombiano .

—¿Y el disparo?

—Para asegurarme de que no vaya a joder más de la cuenta.

—¿Es que no lo vas a matar?

—Por ahora, ayúdeme a llevarlo hasta la nave abandonada.

Lo agarraron uno por cada brazo y tiraron de él para levantarlo. Mario fue incapaz de mantenerse en pie, así que lo llevaron en volandas, mientras sus pies se arrastraban por el suelo.

—¿Por qué no lo matas ya? —escuchó la voz del Piojo.

—A usted no se le paga por preguntar. Limítese a hacer lo que le dicen.

Durante unos segundos ninguno habló, hasta que llegaron a la entrada de una vieja nave.

—¿Y qué vas a hacer con la mujer?

—¿Y a usted qué le preocupa la mujer? —replicó el colombiano.

—¿Vas a soltarla?

—Apenas tengamos el pendrive con la información, nos abrimos de aquí.

—¿Qué información?

—Me parece usted un güevón que hace demasiadas preguntas.

—Es que me gustaría divertirme un rato con ella antes de irnos. Algo bueno tenemos que sacar de todo esto, ¿no te parece?

—¿Y no le basta con la plata que va a recibir?

—Claro, pero me encantaría darle un repaso a esa zorra. ¿Has visto lo buena que está?

—Haga lo que le dé la gana. Pero apenas tengamos el pendrive , nos abrimos. Usted verá qué hace.

—Seré rápido —dijo el Piojo soltando una carcajada que sonó gutural.

Mario sintió deseos de agarrarle por el cuello y rompérselo, pero en ese momento apenas era capaz de mantenerse consciente.

Por cómo notaba la pernera del pantalón húmeda, supuso que estaba perdiendo mucha sangre.

Su única esperanza era que Verónica, al ver su ubicación, decidiera actuar y presentarse con todas las unidades en el lugar. Si no lo hacía, Bianca y él morirían.

Sabía que ese era el final que le esperaba, porque lo había escuchado de los propios labios de Piñeiro .

Todo ten remedio menos a morte.

O, dicho de otro modo, la muerte es inevitable.

Era una frase que el jefe del clan Portela recitaba siempre que decidía que alguien debía morir.

Todo eso de que iba a soltarles solo había sido una mentira, un engaño para que les entregara el pendrive , por eso trató de que soltaran a Bianca antes de hacerlo.

Por desgracia, el colombiano no estaba dispuesto a negociar.

Atravesaron la puerta de madera justo en el momento en que Mario comenzaba a perder el contacto con la realidad. Sus ojos se cerraron y los sentidos dejaron de percibir cuanto le rodeaba. Ni siquiera reaccionó cuando lo arrojaron al suelo sin demasiada delicadeza.

Hasta que escuchó algo que le hizo abrir los ojos.

—Ya veo que usted sí hablaba en serio al decir que quería divertirse con ella —dijo el colombiano.

—Estaba a punto de hacerlo cuando escuché el disparo y tuve que salir para ver qué ocurría. No me digas que no te la follarías también.

Mario levantó la cara del suelo y vio que Bianca estaba al fondo de la estancia, con las manos atadas a una argolla de la pared y arrodillada en el suelo. Tenía los pantalones en los tobillos, aunque conservaba la ropa interior.

—Haga lo que le dé la gana, pero hágale rápido. Yo voy a esperar afuera al gallego. Apenas llegue, nos abrimos de aquí.

—Terminaré antes de que vuelvas.

En cuanto el colombiano salió de la nave, Mario sacó fuerzas de donde no tenía y gritó:

—¡No te acerques… a ella!

El Piojo se detuvo a unos pasos de él y se giró para mirarlo con una sonrisa burlona dibujada en el rostro.

—¿Es que vas a impedírmelo?

A pesar de que no tenía fuerzas, trató de incorporarse.

Lo consiguió a medias. Apoyó las manos en el suelo y se empujó hasta sentarse, aunque apenas duró un par de segundos en esa posición.

El otro se acercó y le puso la planta del pie en el pecho para empujarle y tumbarle de espaldas.

Luego le lanzó un puntapié que impactó de lleno en la rodilla herida, con tal violencia que Mario notó crujir el hueso.

El dolor fue tan intenso que se encogió en el suelo de costado mientras notaba cómo esta vez perdía la consciencia.

—Por gusto te mataría, como maté a tu padre.

Fue lo último que escuchó antes de desmayarse.