La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

BIANCA

Al abrir los ojos, lo primero que sintió fue un intenso dolor en los brazos, sobre todo en las articulaciones.

Estaba sentada en el suelo, con la boca tapada por un trozo de cinta americana y las manos, también encintadas, sujetas a una de las argollas de la pared, situada un palmo por encima de su cabeza.

Dormirse fue la única forma de que el mareo desapareciera, aunque todavía notaba el estómago revuelto y el sabor del vómito en su boca.

Miró a su alrededor y comprobó que estaba sola en la nave.

Durante las horas que llevaba allí retenida, se había despertado varias veces al sentir el sonido de la puerta de madera al abrirse.

Siempre era el mismo secuestrador el que se asomaba para comprobar si se encontraba bien, uno de pelo gris al que no había visto hasta ese momento y que la miraba con detenimiento durante unos segundos antes de desaparecer de nuevo.

También captó alguna de las conversaciones que mantenían los secuestradores en el exterior, sobre todo al principio. Escuchó decir al gallego que él se encargaría de escribir los mensajes y que luego vigilaría con los prismáticos a la persona que esperaban, a la que se refirieron como «rata».

Entre sueño y sueño escuchó alguna otra conversación, como al colombiano diciendo que tenía preparado un plan de huida o al otro —supuso que el de pelo gris— preguntando por qué esperaban tanto.

El resto del tiempo, sus ojos se cerraron en varias ocasiones, sumiéndola en un sueño del que solo se despertaba durante unos minutos cuando escuchaba la puerta abrirse.

Tenía la vaga esperanza de que, en algún momento, el que se asomara no fue el secuestrador, sino Mario.

Algo que no ocurrió, lo que hizo que se convenciera de que nadie iba a liberarla.

Dado que ya no se sentía mareada y, tras confirmar durante unos minutos que las conversaciones habían cesado, decidió buscar la manera de huir.

Tal vez la argolla de acero no estaba tan bien sujeta a la pared como pensaba.

Después de todo, era una nave vieja, medio derruida y con paredes desconchadas por la humedad, así que se puso en pie y trató de sacarla tirando de ella.

Lo hizo moviendo la argolla primero hacia ella y luego a los lados, para ver si el cemento de la pared cedía y podía sacarla.

No tuvo éxito. La argolla estaba tan bien anclada que no se movió ni un milímetro, así que, tras varios intentos, desistió.

Lo único que consiguió fue que se desprendiera un pedazo pequeño del cemento que recubría la pared, dejando a la vista una punta de la piedra que había debajo. No era muy grande, pero decidió intentarlo. Aproximó sus manos y comenzó a raspar la cinta americana contra la piedra para rasgarla.

Fue una operación complicada, dado que el margen de movimiento con sus manos era escaso. Aun así, decidió insistir, sobre todo cuando vio que la capa superior de la cinta comenzaba a romperse. Eso hizo que pusiera más empeño, haciendo que las gotas de sudor no tardaran en asomar en su frente.

Llevaba dos capas rotas, de las tres que envolvían sus manos, cuando escuchó el crujido de la puerta de la nave al abrirse y eso hizo que se detuviera, adoptando una postura lo más normal posible.

Una figura entró en el edificio, cerró la puerta a su espalda y caminó directo hacia ella.

Era el hombre de pelo gris. Ahora que pudo verlo más cerca, calculó que pasaba de los cincuenta años.

Tenía un pendiente de aro en la oreja izquierda, aunque hubo algo que le llamó más la atención de él: su mirada.

Era la de un cazador en busca de una presa, lo que provocó que todos sus sentidos se pusieran en alerta.

—Por fin nos han dejado solos —dijo el tipo caminando hasta detenerse a solo un par de pasos de ella.

La forma en la que recorrió su cuerpo con la mirada de arriba a abajo hizo que a Bianca se le dispararan las pulsaciones.

Aquella situación le recordó a su secuestro en Londres, cuando un psicópata la retuvo en un sótano antes de disponerse a realizar todo tipo de barbaridades con ella.

En esa ocasión Mario había aparecido para liberarla, pero esta vez estaba sola e indefensa. Ni siquiera podía gritar.

—Veo que estás sudando. ¿Tienes calor? —preguntó el secuestrador acariciándose la mejilla—. Puedo ayudarte quitándote la ropa.

Al ver que alargaba la mano, Bianca se encogió de costado pegándose a la pared, en un intento inútil de evitar que pudiera tocarla. La reacción del secuestrador fue soltar una carcajada.

—Los otros dos se han ido en busca de tu novio, así que tenemos unos minutos para nosotros solos.

Consciente de lo que significaba eso, trató de alejarlo alzando el pie para empujarlo.

La patada se perdió en el aire cuando el tipo dio un paso lateral, para luego abalanzarse sobre ella.

Con la mano derecha la agarró del cuello, empujándola para que su espalda chocara contra la pared, mientras que la mano izquierda se posó sobre uno de sus pechos.

—Eres un caramelo demasiado delicioso como para no probarte —se jactó, pegando la cara a la suya y desprendiendo de su boca un aliento nauseabundo.

La presión del agarre en su cuello hizo que Bianca empezara a respirar con dificultad, lo que acrecentó las ganas de vomitar e hizo que volviera a marearse.

Por suerte, antes de caer al suelo por la falta de oxígeno, el tipo aflojó la presión de su cuello, aunque lo hizo para bajar ambas manos a su cintura y empezar a desabrocharle el cinturón.

Sabiendo lo que iba a ocurrir a continuación, Bianca intentó defenderse de nuevo. Esta vez elevó la rodilla con fuerza, intentando clavarla en la entrepierna del tipo, pero solo logró alcanzarle en el muslo, lo que provocó que soltara una carcajada.

—Así que eres una gatita salvaje —se burló el secuestrador—. Mejor, me encanta cuando os resistís. No te imaginas lo que me excita eso.

Nada más terminar la frase, dio un paso atrás y le lanzó un gancho al estómago que la alcanzó de lleno, provocando que las piernas de Bianca fallaran y cayera de rodillas al suelo, con las manos sujetas en la argolla por encima de su cabeza.

A pesar de que intentó tomar aire, fue imposible, dado que tenía la boca tapada con la cinta americana. El poco aire que logró respirar por la nariz no era suficiente y empezó a notar cómo su visión comenzaba a nublarse.

Unas manos la levantaron en volandas, ayudándola a ponerse en pie, y luego le desabrocharon el cinturón y el botón del pantalón, esta vez sin oposición.

—Te voy a demostrar lo que es un hombre. —Bianca notó cómo le bajaba los pantalones hasta las rodillas, mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.

Estaba a merced de aquel monstruo, con las manos atadas y sin posibilidad siquiera de pedir ayuda por la cinta que cubría su boca

—Si te portas bien, esto terminará rápido —dijo girándola para estamparla de bruces contra la pared y acariciar a continuación sus glúteos.

Las piernas de Bianca volvieron a fallar, aunque esta vez él impidió que cayera al suelo agarrándola con fuerza por las caderas y pegándose a su espalda.

—Prefiero hacerlo de pie —le susurró al oído, provocando que la inundara la cara con su apestoso aliento.

Fue entonces cuando se escuchó el sonido de un disparo en el exterior del edificio.

—¿Qué ha sido eso? —murmuró el secuestrador, que no tardó en soltar sus caderas—. No te muevas, gatita. Enseguida vuelvo a terminar lo que empezamos.

Bianca se derrumbó en el suelo de rodillas y giró la cabeza, justo para ver cómo el secuestrador abandonaba la nave a la carrera.

No tenía ni idea de qué estaba sucediendo en el exterior.

Lo único que pensó en ese momento fue que tenía que quitarse la cinta de la boca, así que se puso en pie y rascó de nuevo las manos contra la piedra, con una desesperación como no había experimentado nunca.

Fue tal la fuerza que imprimió a sus movimientos que en menos de un minuto consiguió romper todas las capas de cinta y por fin pudo liberar sus manos.

Sin perder tiempo, acercó la cara y tiró con todas sus fuerzas de la cinta que le tapaba la boca.

Lo hizo justo cuando el vómito subía ya por su garganta.

Expulsó el poco contenido que le quedaba en el estómago y tras la última arcada se dejó caer de rodillas para abrir la boca tanto como pudo y meter oxígeno en sus pulmones.

Su cabeza daba vueltas, pero al menos estaba consciente.

Las arcadas volvieron, aunque esta vez tosió sin que saliera nada de su estómago.

Le llevó unos minutos recuperar el ritmo normal de sus pulsaciones y poder centrar de nuevo la vista, sin marearse. Lo hizo justo cuando la puerta de la nave se abría de golpe para dejar paso a dos de los secuestradores, que entraron cargando con un cuerpo.

En ese momento vio el rostro inerte de Mario, la sangre…

Y supo que todo estaba perdido.